RECUERDO DE J.J. ARREOLA

RECUERDO DE J.J. ARREOLA

Fernando Curiel Defossé

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Fotos de Ricardo salazar, tomadas del «Calendario2014», del Instituto de Investigaciones Sobre la Universidad y la Educación-UNAM

Vital, privilegiado aprendizaje, el cuatrienio (límite autoimpuesto) que dirigí la revista Universidad de México. Nada de Nueva Época, promesa rara vez cumplida (¿por qué no, en vez de nueva época, una nueva revista?). Más bien: Vieja Nueva Época. Dos sucesivos secretarios de redacción, en plena forma: Vicente Quirarte y Armando Pereira. Un probado equipo de colaboradores, del que conservo la constancia de Héctor Orestes Aguilar. Un Comité Editorial —no son palabras ociosas— de lujo: Beatriz de la Fuente, Miguel José Yacamán, León Olivé, Ruy Pérez Tamayo, Sergio Pitol, Margo Glantz. Norte: con la literatura como brújula, revista de la cultura humanista, científica y artística intra-muros y extra-muros. Y una astucia del director frente a las iniciativas del docto areópago: el Editor Invitado por número. Si narrativa actual, Sergio, si ciencia, Ruy…

Reconozco que no tenía yo entonces presente la radiografía formidable que Beatriz Sarlo hace de la revista literaria y/o cultural (tampoco conocía a la sazón su autopsia, el vestuario incluido, de Evita Perón, también formidable). Banco de pruebas, disparadero de nuevas textualidades, ring de polémicas, mesa de novedades, etcétera (no confundirla con la revista académica strictu sensu). Pero como si la hubiera tenido.

Un número se dedicó al inmenso, aunque secreto y de breve producción (al igual que Rulfo), Julio Torri; junto con Alfonso Reyes, los casi niños del Ateneo de la Juventud. Resolvimos que aunque ya delicado de salud, no podía faltar Juan José Arreola, uno de los más creativos lectores y publicistas del erotómano saltillense. En lo personal, el autor de Confabulario, mi profesor de declamación en la Escuela de Arte Teatral del INBA, me había lanzado, desde su Taller Mester, al Mar de fondo de la escritura. Indeleble la memoria que guardo de mis “condiscípulos”: Elsa Cross, Jorge Arturo Ojeda, Esther Seligson, Roberto Páramo… De tarde en tarde se asomaban los “históricos”: José Agustín (Arreola le había publicado La tumba), José Carlos Becerra… Ahí conocí a Tita Valencia, amistad entrañable que me reservaba Cronos.

La Ciudad de México de entonces, míticos 60’s, aún no degradada a la marca (con escasa demanda) CDMX (que yo corrijo a EX-DFCDMX), casi avecindaba a Torri y a Arreola. Julio, en la Plaza Carlos Finley, Ceca de alumnas atrevidas; Juan José, en Río de la Plata, Meca de ajedrecistas. Admito que lo presioné a Juan José (¿y qué director de revista, si lo es, no juega fuerte?). Lo presioné, sí, en vivo y por teléfono (los fijos de antaño). Acoso, claro, estrictamente legal. Pero prometió y cumplió. En dos partes. Texto preliminar y texto definitivo.

El primero, dos cuartillas a máquina, se acompañó de una nota manuscrita que rezaba: “Mira Fernando, de veras me ha faltado salud y humor para escribir y redondear el texto de Torri. Falta un párrafo sobre su prosa: ‘trabajada con instrumentos de precisión, y que nos da la hora exacta de belleza, con mecanismos de mágica relojería’”. Juicio deslumbrante.

Asimismo, me adelantaba el título, arreolano: “Torri en su torre de Marfil”, y me informaba que el martes siguiente, a las 5 de la tarde (hora lorqueana, reparé), su hermano Antonio (inseparable compañero, reparé también), me llevaría a la revista el “texto definitivo”. Y añadía: “Te mando estas páginas de borrador en prenda de que cumpliré mi palabra junto con un abrazo. Por favor, rómpelas en cuanto llegue el original. Juan José”.

Tal cual. Hombre de palabra, Arreola. Hijo mayor de la palabra.

Me felicité de no haber obedecido su instrucción de romper su carta.

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La versión original se publicó en el suplemento Campus de Milenio, número 690, 26 de enero del presente año.

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