Pesimismo que da la gripe

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Crónica 54

Pesimismo que da la gripe

Desde mis años en la primaria y secundaria por ahí de principios de los años noventa, en donde por razones de contingencia ambiental, de cada cinco días de recreo teníamos que quedarnos cuatro dentro de las aulas, que no recuerdo ver ni oler a la Ciudad de México tan asquerosa. La contaminación es verdaderamente angustiante e insoportable, y lo es más cuando se ve claramente que no hay ninguna intención por parte de nadie, ni gobierno ni ciudadanos, de tomar medidas reales para cambiar el rumbo de este nido de mugre y enfermedad.

Hay momentos en los que me es difícil llevar a caminar tan sólo a mis perros, porque la concentración de gases emitidos por camiones, coches, fábricas, es en verdad dañina, no es por nada que haya tantos casos de influenza y de gripes espantosas. Mis perros, a unos días de haber sido bañados parece como si se hubieran metido a nadar en polvo negro, y yo, que llevo ya varios días enferma de gripe, aunado a mi embarazo, estoy de un humor que ni yo me aguanto. Además de que mi ropa huele a pura mugre cada que se me ocurre ir a dar “un paseo”.

El contraste en este país no es sólo económico y social sino también visual, es en verdad una ciudad tan hermosa pero a la vez un muladar; miro hacia arriba y hay un cielo azul claro único; un poco más abajo, el brillo de los laureles, las buganvilias y otros árboles con flores exóticas emanan una paz y una alegría al igual únicas; pero hacia el suelo, en la calle, sólo se ven heces de perros por doquier, pájaros muertos, basura acumulada y ríos de agua putrefacta que por alguna razón siempre está enjabonada. Incluso en colonias disque cosmopolitas y civilizadas es enervante que no exista la cultura de recoger las heces de los perros. ¿Por qué? Si hay botes de basura, ¿por qué anticipar que los pobres basureros sean los que se encarguen de tu responsabilidad?

En la colonia en la que estoy, cada mañana al sacar a mis perros veo una alfombra de mierda canina siempre en los mismos lugares, y se nota que es legado de perros grandes, cuyos dueños, en mi opinión, son los más prepotentes. Por alguna razón los que tenemos perros pequeños somos millones de veces más responsables, siempre los traemos con correa y limpiamos sus necesidades con muchísima más disciplina y frecuencia. Los que tienen perros grandes jamás los llevan con correa y, por lo que veo, nunca limpian nada. Es como si manifestaran una actitud personal a través de sus perros: “soy muy chingón, ando libre por el mundo y cago donde me dé la gana”. Además de que siempre critican a los que como yo, tenemos perros chicos. Nos clasifican de cursis, y a nuestros canes de ladradores y chillones. ¡Nada más fuera de la realidad! Pero lo más triste del asunto es que, efectivamente, alguien –y asumo que son los basureros independientes, que andan con su bote y su escoba– son los que recogen la mierda, pues cada tarde esa alfombra desaparece para dar paso a  otra que invariablemente aparecerá a la mañana siguiente.

Hacía mucho tiempo que no veía a mi ciudad tan mal y sé que no soy la única, todos los capitalinos con los que he platicado piensan lo mismo. “Estamos tristes” me dijo mi doctora a quien fui a ver hace un par de semanas, “los mexicanos estamos tristes” y creo que es verdad. Ojalá que en este momento tan difícil para México, no sólo dentro sino fuera, con el odio abierto de Trump hacia nosotros, despertemos de esta especie de enojo implosivo quejumbroso y rebelde y nos demos cuenta del país tan hermoso que tenemos y de que hay otras formas de conducirse por la vida. Ojalá que una ola de solidaridad nos inunde y en lugar de odiarnos nos apoyemos. Sé que mi visión es muy limitada, pues es sólo de una parte de la ciudad de México en la que vivo sólo una parte del año, no de todo el país durante doce meses; pero al ver las noticias y al leer los periódicos, sí siento que este país, tan increíblemente definido por su historia mítica y simbólica, ha perdido rumbo. Tantas matanzas, tanta sangre, tanto daño hecho entre y hacia nosotros no hace más que hablar de un momento dónde no hay ya más significado de nada, la vida ha perdido razón de ser, problema quizá que no es sólo de México sino de todo el mundo. Es como si sólo existiera el placer de lo inmediato, no hay ya más fe en el futuro. Si es verdad que la vida es el “Ahora”, pues entonces la estamos viviendo de manera autodestructiva y superficial y el resultado es la depresión generalizada del humano. Creo que habrá que reencontrarse con los mitos y símbolos que otorgan significado a nuestra existencia.

Nota aparte. Ayer que tuve que quedarme todo el día en casa por mi gripe pude darme cuenta de la decadencia gradual de esta ciudad gracias al maratón de películas del Santo. A pesar de todas ser inverosímiles y maravillosamente surrealistas, se nota cómo las primeras, tienen mejor estilo, historias inocentes pero divertidas, y cómo las últimas, sobre todo las de los años setenta, tienen actores malos, guiones más vacíos, vestuarios y maquillajes más vulgares y en general una identidad mucho menos universal y mucho más limitada a unos cuantos. Hasta el Santo parece aburrirse. Descubrí que tristemente desde que nací, a mí sólo me ha tocado vivir una Ciudad de México conflictiva, contaminada, desconectada y explotada; a diferencia de mis padres que vivieron una ciudad de tamaño aún posible, segura y sin tanta ambición corrompida y desatada. En fin, esperemos que varios momentos luminosos nos lleguen pronto y que a mí se me quite esta gripe.

P. Rivera.

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