Cosas de la vida

Crónica 53

Cosas de la vida

 

c53

Cuando le ocurren tragedias emocionales a los seres que amo, me pasan cosas curiosas que me atormentan. Cuando se me concede la confianza de que me cuenten sus cosas, reacciono con un apasionamiento primario que quizá se confunda con juicios, pero no lo son, son amor preocupado que no sabe expresarse de una manera tranquila y coherente. Es como si quisiera agarrar a esa persona y jalarla hacia tierras seguras y no hacia el abismo al que, con certeza, acabarán. Se me olvida que los aprendizajes son absolutamente individuales y que la vida no se puede diseñar ni vivir con sólo la mente, sino que se hace físicamente, y las “estrelladas de cabeza” son golpes y “guamazos” literales que lastiman al cuerpo, lo dejan herido con moretones, sangrados y aperturas que, con suerte, el tiempo convertirá en cicatrices.

Otra de las cosas que me ocurren es que empiezo a comparar mis errores con los del otro y a remover historias que no están completamente procesadas y perdonadas por mi psique, la cual parece ser siempre más lenta y conservadora que mi alma, que tiene un entendimiento mil veces más amplio de lo que es el ser humano. Me pregunto ¿por qué las historias son siempre las mismas?, cuando somos perfectamente capaces de deducir que de una acción A, siempre habrá consecuencias tipo B. Me angustia que gracias a la educación occidental católica con que la mayoría de la gente que conozco creció y vivió, sigamos cometiendo los mismos errores, que cuando los cometemos queremos cambiar el orden de las cosas, pero que por ignorancia y falta de práctica volvemos después de un tiempo a exigirnos una especie de buen comportamiento torturado, en realidad imposible de seguir.

En el par de años que han pasado desde que decidí retomar la responsabilidad de guiar mi vida y de enfrentar la realidad de las cosas que sí tenía y que no podía simplemente tirar a la basura, muchas logros han ocurrido, y creo que se debe en parte por el esfuerzo de renunciar a la terquedad de vivir una vida que en realidad nunca me construí. Cosas tan maravillosas como lograr tener un espacio propio en mi amada y odiada CDMX finalmente ocurrió, gran parteaguas en mi vida que marca el inicio de una nueva relación con la ciudad que me vio nacer. Escribir, otro inmenso descubrimiento que me ha relajado de manera considerable y que me hace ver con mas optimismo y perspectiva la ambición por mi carrera actoral, a la cual nunca renunciaré pero a la que ahora veo con ojos hasta quizá más amorosos. Y lo más importante, el estar en espera de mi primer chilpayate, maravilla infinita que me llena tanto de inmensa felicidad, tanto como de un miedo paralizante y que pronostico, será el cambio real y definitivo de prioridades.

Pero me doy cuenta también que muy pero muy dentro soy la misma persona que se obsesiona con las mismas historias que, a pesar del tiempo, hay cosas que vuelven como en loop y que no encuentro el antídoto ideal para eliminarlas. Que el camino más fácil y adictivo es el de juzgarse y sentirse mal con uno mismo, que ese hábito es dificilísimo de romper porque es cómodo y conocido, que la angustia que emerge de tener malos pensamientos es una adicción y que el berrinche de que las cosas no sean tal y como quiero, continúa en plena actividad.

Espero algún día dejar de jugar con los logros propios de mi crecimiento, que mi dinámica de construir para después destruir se debilite y, sobre todo, que deje de juzgarme por comparación a la desgracia inevitable de los otros. La vida sí cambia y a pesar de las similitudes no hay en realidad dos historias iguales, por eso no me queda más que rezar por el bienestar de los míos, reconocer mi infinito amor por ellos, mi real preocupación por su alegría y ponerme a vivir y a escribir el inmenso cambio que me viene.

P. Rivera.

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