Psicótica y maravillosa Ciudad de México

Crónica 52

Psicótica y maravillosa Ciudad de México

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Hace un par de días iba con mi madre en el coche intentando cruzar Insurgentes a la altura de Barranca del Muerto, llevábamos ya un buen rato instaladas en el tráfico infame que se ha apoderado de la Ciudad de México y en especial de esa zona donde cada día hay una nueva construcción no anunciada. Salir de casa de mi madre se ha convertido en una aventura tipo Indiana Jones pues nunca se sabe qué calle estará cerrada y por la tanto qué tipo de viaje habrá que hacer para trasladarse a lugares que, normalmente, están a diez minutos de distancia.             Mientras yo refunfuñaba y ella pacientemente intentaba movernos, vimos que un joven de aspecto bastante dudoso se acercaba a cada auto haciéndole señas de que por una propina, él estaba dispuesto a parar el tráfico para que los que estábamos estancados en Barranca pudiéramos cruzar Insurgentes, dónde por una u otra razón, todos los vehículos, en especial el Metrobús, deciden siempre pasarse el alto y quedarse invariablemente bloqueando todas las calles de intersección.

Mi reacción fue de indignación, ¿cómo era posible que la extorsión existiera a tal grado? ¿Cómo era posible que una persona X de pronto decidiera hacer las labores que le tocan a la policía de tránsito y con la actitud amenazante de que se le pague por sus servicios?, ¿dónde estaba la presencia policiaca?, ¿por qué nadie lo arrestaba? La reacción de mi madre fue la opuesta, —se lo agradezco dijo, y sin chistar sacó de su cartera unas monedas, lista para colaborar con la “noble” petición del cuate, quien efectivamente como Cristo se puso en medio de Insurgentes parando el tráfico y haciéndonos señas para que los de Barranca por fin lográramos cruzar. Mientras pasábamos mi madre abrió la ventanilla y le dio al chavo su propina, pero me di cuenta que en realidad había sido la única que lo había hecho, todos los demás coches literalmente se hicieron guaje y pasaron rápidamente al lado del cuate dejándolo con cara de what? y, seguramente, con un enojo que en un futuro se traducirá en acciones criminales más fuertes, si no es que ya las practica y ese oficio significaba una nueva etapa en su vida que no pareció haber resultado.

El evento me dejó llena de pensamientos, por una parte, es imposible no reconocer el ingenio del mexicano para resolver las cosas que las supuestas instituciones gubernamentales responsables no pueden; pero por otro, este tipo de soluciones ya son demasiado frecuentes y el control ejercido por las mafias se está volviendo cada vez más obvio e incluso necesario, de ahí la agradecida reacción de una ciudadana común y corriente como mi madre que día a día tiene que sufrir el estado de las calles citadinas.

No me gusta sólo criticar, aunque es parte demasiado fácil de acceder en mi personalidad, porque después me entran unas culpas espantosas por no ofrecer soluciones prácticas a problemas tan arraigados en mi país, pero no sé qué hacer, más que vivir una cantidad de mini frustraciones y enojos diarios cada vez que estoy en las calles de la ciudad donde me la vivo mentando madres por la energía gandalla que se respira a cada momento, especialmente entre los conductores. Como extranjera, que ya más bien soy, me siento muy confundida cuando escucho  en las noticias o a mi familia decir que las autoridades se van a poner estrictas con el reglamento de tránsito y veo que todos se pasan los altos, dan vueltas prohibidas y circulan en sentido contrario. Cuando escucho que los tráileres ya no van a poder circular en horas pico del día y veo, que no importando ni la hora ni el día, hay millones de vehículos de triple remolque circulando por todos lados. Cuando escucho que los camiones urbanos de pasajeros no están permitidos en el periférico y a diario veo varios violando todos los supuestos límites de velocidad. Cuando me dicen que el gobierno se preocupa por el medio ambiente y veo que los camiones oficiales son los más destartalados, mugrosos y contaminantes de todos; ah pero eso sí: todo es rosa y la pista de patinaje invernal cada año ahí está firme, no importando el costo de mantenerla sin derretirse por el sol azteca.

En fin, creo que mi percepción pesimista es generalizada así como también mi hábito apático de “pos a vivir como se pueda disfrutando de lo bueno que esta ciudad también da”; como su maravillosa energía, su verde invernal, sus días soleados con un cielo azul único, sus atardeceres enrojecidos por la polución, su mezcla surreal e interesantísima de arquitecturas escamochadas una al lado de la otra, su magnífica comida mexicana e internacional, su a veces realmente amable y generosa población, su pan dulce callejero, y su energía quejumbrosa pero conchuda en el buen sentido, que es de las cosas que más extraño cuando ando por los ordenados, civilizados, medio aburridos y fríos nortes de Canadá.

P. Rivera.

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