Navidades congeladas

Crónica 51

Navidades congeladas

«Descubrí que a pesar de que el invierno es una época poco atractiva, es quizá la mejor para hacer turismo pues los lugares se pueden ver sin la multitud típica de los meses de verano y dan una idea clara de lo que es realmente Canadá, país de clima inclemente, con gente trabajadora y repleto, pero repleto de reglas de civismo.»

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Renté un jeep negro chingón, bueno… de hecho el dependiente de Budget me lo sugirió, ya que 5 personas metidas diariamente en un coche atravesando paisajes helados, deberían estar cómodas. El muchacho, por ser época navideña, me dejó el carrazo por el mismo precio que el Nissan March que originalmente había yo apartado. Esa misma noche pasé al aeropuerto por mi familia que llegaba de la Ciudad de México a visitar por primera vez Toronto, valiente decisión de ellos y mía pues esta ciudad, que en primavera, verano u otoño es facilísima de entender y de recorrer, en invierno se convierte en una especie de laberinto grisáceo imposible de descifrar.

En el comité familiar venían mis dos sobrinos, de 10 y de 9 años, quiénes definitivamente nunca habían experimentado temperaturas así. Después de recibirlos con abrazos efusivos sugerí que se abrigaran mejor, pues la búsqueda del auto en el estacionamiento implicaría para ellos enfrentar por primera vez el frío canadiense. Claro que después de varias horas de espera y de vuelo la temperatura del cuerpo está elevada por lo que siempre es muy difícil darse cuenta de la verdadera situación climatológica del país que se visita. Al salir del aeropuerto, el primer comentario de mis sobrinos fue que les estaba costando trabajo respirar y pues sí, el aire helado sofoca; sin embargo rápidamente nos metimos al auto y pudieron pasar sus primeras horas en Toronto de manera más o menos cómoda. A mi familia le gustó mi casa, me esforcé por poder darles a cada uno un espacio cómodo y más o menos independiente, se hizo lo que se pudo.

Esa primera noche pedimos una pizza a Pizzaville, lugar que a pesar de ser una cadena tipo Domino´s, tiene unas pizzas buenísimas con ingredientes frescos y distintos. Hay opciones sin gluten y con cosas exóticas pero mi sobrino, carnívoro por excelencia, así como su padre, querían pizza de pepperonni, que por lo que me di cuenta, en Canadá no es tan común como el salami o la salchicha italiana, que fue de lo que trajeron la pizza, así como una con anchoas, espinaca, aceitunas negras y hongos. Cenamos rico y a las pocas horas después nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente, mis obligaciones para con Jamones y Manchego, mis perros, desafortunadamente continuaban a pesar del invierno y de la visita familiar y pues había que llevarlos a su caminata diaria de baño. Mis sobrinos, junto con su padre, se animaron ante la idea de acompañarme, volví a sugerirles que se abrigaran bien, que a pesar de ser un día soleado el frío era intenso, un poco a regañadientes y acusándome de exagerada los tres accedieron a vestirse con ropa térmica, sweaters y chamarras. Salimos los seis, humanos y animales, con la idea de dar la vuelta a la manzana para acabar en el parque y jugar con la nieve. Mi hermano salió sin guantes, inmediatamente le sugerí que se pusiera unos, —no traigo, me dijo; —te presto unos, le dije; —en verdad no puedes estar así. Volví a la casa por sus guantes y por fin emprendimos el paseo. No habíamos llegado ni a la media cuadra cuando los tres me miraron con ojos incrédulos repitiendo frases como ¡me duele la cara! ¡No siento las manos! ¿Cuánto nos falta para volver? Mi hermano, quien por cinco segundos se hizo el valiente se puso los guantes inmediatamente y estimuló a sus hijos a que disfrutaran de la nieve que se había acumulado en el piso. Y por la maravilla de ser niños, los dos lograron extasiarse y emocionarse con ella, tocándola, haciendo bolas y aventándoselas entre ellos. Así logramos casi completar la vuelta a la manzana y una vez dentro de casa, los tres con la piel casi azul, se echaron en el sofá en estado catatónico y se quedaron pasmados por casi una hora. Este frío es cosa seria, por fin admitieron, y además de hambre.

Los demás días los pasamos en el jeep, yendo a lugares que gracias a su visita conocí por primera vez, como la CN Tower, a la cual subimos para observar la ciudad y sus alrededores y sentimos cómo se movía debido a los fuertes vientos que azotaban por esas fechas. Fuimos al Acuario, lugar en verdad hermoso y mágico; a las Cataratas del Niágara, las cuales no estaban completamente congeladas, pero casi a punto; a los viñedos pelones de Niágara on the Lake; al Museo de Ciencias de Ontario; a patinar en hielo en un centro comunitario en el oeste de la ciudad y a que mis sobrinos se echaran en tablas por pendientes profundas cubiertas de nieve. Los días pasaron con rapidez pero creo que los logramos disfrutar, con su visita aprendí más sobre mi ciudad y descubrí que a pesar de que el invierno es una época poco atractiva, es quizá la mejor para hacer turismo pues los lugares se pueden ver sin la multitud típica de los meses de verano y dan una idea clara de lo que es realmente Canadá, país de clima inclemente, con gente trabajadora y repleto, pero repleto de reglas de civismo.

P. Rivera.

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