Atascón de nieve, Mini Coopers y tortas San Cosme

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Crónica 48

Manejo un coche destartalado y feo pero me mueve, no me puedo quejar. Sin embargo me duele el codo cuando se trata de comprar llantas para la nieve, pues en mis cálculos financieros, no vale invertir casi ochocientos dólares canadienses (precio de las ruedas y del costo por cambiarlas) en un coche por el que dudo que me den más de 20 dólares. Eso si es que no tengo yo que pagar porque alguien se lo quede cuando llegue el esperadísimo momento de poder adquirir uno más ad hoc a mi estilo.

Muchas de las decisiones —casi todas en realidad— que tomo día a día se las consulto a la moneda, es decir, tiro volados, y dependiendo de si cae cara o cruz, hago o no algo. Generalmente cara significa sí y cruz, no. En realidad tengo una moneda especial que no sé de dónde es, ni cómo dio conmigo, pero una cara es un pájaro (sí) y la otra es una especie de personaje invernal (no). Es mi moneda más preciada. Si no está conmigo generalmente uso una de un dólar canadiense, a la cual le dicen “loonie”, o una de cinco pesos mexicanos, o de diez, pero esta última sólo en momentos especiales.

El viernes de la semana pasada cuando nos cayó la primera nevada y las temperaturas descendieron por debajo de los cero grados centígrados, eché la moneda para preguntar si era necesario comprar las llantas para la nieve. La moneda dijo una y mil veces que sí, y por más que la echaba y la echaba para obtener la respuesta coherente con mi idea ahorradora, la moneda me contradecía. Ni modo —pensé— tendré que endeudarme. Así pues, salí de mi casa esa mañana a hacer varios pendientes antes de llevar el coche a la tienda conocida como Canadian Tire, lugar donde venden desde llantas hasta botas de hule, colchones, estufas y decoraciones navideñas, además de contar con un garage mecánico donde arreglan autos. Todas mis actividades previas eran en la parte Este de la ciudad, donde está la agencia de ventas de los Mini Cooper, mi coche favorito y el cuál llevo años fantaseando con poderlo tener. Ya que estaba tan cerca del sitio, pensé: ¿por qué no ir a preguntar en cuánto están los Minis y de paso manejar uno de prueba antes de ir a comprar mis llantas de nieve?

Llegué a la agencia y fui atendida inmediata y maravillosamente por una chica muy joven, ya se me había olvidado la energía ultra positiva que emana de un buen vendedor, el cual te hace sentir que todo, absolutamente todo lo que desees puede ocurrir. En cuanto le dije que estaba interesada en adquirir un carro me preguntó que si quería conducirlo, le dije que sí y en seguida me hizo firmar una carta en donde, en caso de obtener una multa por exceso de velocidad, me haría responsable de su pago. Firmé y a los pocos segundos estábamos montadas en un Mini de color azul cielo, listas para la aventura. Me dio las opciones de probar el coche en la ciudad o en la highway, opté por la segunda por lo que ella actuó de GPS hasta adentrarnos en el Don Valley Parkway, una vía bastante rápida dentro de la ciudad. El coche, sinceramente, operaba de maravilla y a pesar de su tamaño se sentía sólido. Ella me animaba a pisar el acelerador hasta el fondo para que viera que el coche me respondería, que estaba de mi lado protegiendo mi seguridad.

Amé la experiencia y afortunadamente a pesar de violar como quince reglas de tránsito, no nos cachó ningún policía. Una vez de vuelta en la agencia, me dio precios, opciones de pago, etc. Salí de ahí casi convencida que el Mini sería mi coche en un futuro no tan lejano, por lo que decidí contradecir a la moneda y no invertir en las llantas de nieve para mi carcacha.

Hoy domingo, a un poco más de una semana de aquél día, se me ocurrió ir de compras a Kensigton Market y a tomar el almuerzo con un amigo. La última caída de nieve fuerte había sido dos noches atrás, por lo que las calles parecían no estar tan nevadas. Al sacar mi auto del garage, el cual da a un callejón que el gobierno de la ciudad nunca se ocupa de despejar de nieve, por supuesto que se me atascó. Maldije el momento en el que contradije a la moneda, me culpé por ser tan poco precavida, por mi codería e irresponsabilidad, por mis fantasías idiotas de creer que tendría mi Mini ya. Afortunadamente un vecino que salía también de su garage en un súper camionetón con ruedas gigantes, pudo ayudarme a desatascar el coche empujándolo mientras yo aceleraba y nos llenaba de nieve con gasolina. Logré salir y dirigirme hasta el mercado maldiciéndome todo el trayecto y echando humo por las orejas. Una vez estacionada logré tranquilizar los nervios y me dirigí caminando a las Tortas San Cosme, lugar que hasta este verano era la meca de los canado-hipsters, descubridores recientes de la comida mexicana callejera. Yo me había negado una y mil veces a ir, pues para mí, un lugar en Toronto que trata de verse como si estuviera en el mercado de Coyoacán y cuyos precios son desorbitantes, no me parece atractivo. A mi amigo, sin embargo, le encantaron las tortas por lo que me convenció. No sé si fue la aventura del atascón, la paz química que le viene al cuerpo después de la tormenta, o el piche frío, pero la torta de milanesa que me comí ha sido una de las mejores que he probado en mi vida y la de cochinita pibil que pidió mi amigo, no se quedaba atrás.

Sigo sin querer invertir en las famosas llantas para la nieve, tendré que echar la moneda una vez más y espero obtener la respuesta que quiero. En cuanto a mi Mini, pues ya veré qué nuevos trabajos bien pagados me llegan el próximo año, y en cuanto a las tortas, pues si a pesar de mi batalla contra los hipsters, es un lugar que recomiendo.

P. Rivera

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