Navidades

Crónica 47

Mi primera Navidad en Canadá fue la del cambio de milenio, a cuatro meses de haberme mudado a la ciudad de Vancouver. Nunca entendí muy bien por qué no regresé a la ciudad de México a pasarla con mis padres, pues a pesar de que desde los nueve años de edad mis celebraciones decembrinas han sido poco convencionales y más bien divididas gracias a su divorcio, la Navidad de 1999 fue la primera que festejé en soledad. Y recuerdo que no me gustó pues lo sentí como un castigo autoimpuesto. Simbólicamente ese año marcó no sólo el principio de mi vida canadiense, sino también el del trayecto nada fácil de convertirme en adulto, en el cual han habido bastantes momentos que me encantaría haberme podido ahorrar, horas pasmada ante el terror de mi futuro totalmente incierto, ambición sin objetivo claro y, por supuesto, una buena dosis de malas compañías. Por eso es que odio tanto a la ciudad de Vancouver, pues fue ahí donde no pude esconderme ya más bajo el manto de las expectativas familiares, ni el idioma, ni de las amistades conocidas. Ahí salió a la luz la desubicación total hacia mi potencial, mis deseos y mis posibilidades reales. Pero mal que bien sobreviví gracias a cierto hábito de escape.

 

         Diciembre es un mes pesado para todos, medio obligado y, creo, repleto de expectativas nostálgicas que no hacen más que generar la posibilidad de experimentar una dicha natural casi imposible

 

De niña recuerdo que coleccionaba todos los catálogos de moda y me pasaba horas viendo revistas con mundos que según yo, me iban a llegar como por arte de magia. Me asomaba por la ventana enrejada de mi cuarto y veía hacia la calle con determinación, los ojos húmedos de rabia, amenazando a la vida con que iba a lograr ser alguien, y después de ese juramento me sentaba en el piso recargando la espalda sobre mi cama y me quedaba horas pasmada como esperando que el mundo a mi alrededor de pronto se convirtiera en una especie de película de James Bond. Pero quizá fue gracias a esta manera de pensar y de actuar, que puede emprender la aventura a Canadá y no me quedé eternamente en mi cuarto mirando al horizonte, haciendo juramentos vacíos y enardecidos. Al llegar a este país no tenía una razón o plan concreto, pero sí una dosis importante de resistencia, de fe y de mucha, pero muchísima ignorancia.

Siete años en Vancouver y diez en Toronto. Mudarme a esta última ciudad fue realmente entender la Navidad de los cuentos de hadas, pues hay tal oscuridad, frío y hasta a veces nieve, que las luces decorativas, las golosinas navideñas, las celebraciones con amigos, se vuelven en verdad bálsamo del alma.

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Desde que vivo aquí horneo galletitas, pongo arbolito, escucho villancicos y me he vuelto adicta a las lucecitas blancas que adornan el mundo haciéndolo parecer mejor. Esta tarde, por ejemplo, hornee tres tipos de galletas, a pesar de que en medio del proceso me atacó una ola de mal humor y de hartazgo debido en parte a la oscuridad y el frío intenso que han invadido a la ciudad durante la última semana, y en parte también porque a pesar de que cocinar es un buen medio de escape, el mundo sigue sin cambiar como por arte de magia.

Y es que no sé desde cuándo añoro navidades como las que quizá tuve una o tres veces de niña, en casa de mis abuelas, tanto materna como paterna, con toda la familia reunida, un gran árbol, cenas majestuosas con varios platillos, dulces y, por supuesto, regalos. Ese deseo de pertenecer, de alegría total, de estar rodeada por tanta gente que celebra de buen humor, lleva en realidad años sin existir.

Por una u otra razón diciembre es un mes pesado para todos, medio obligado y, creo, repleto de expectativas nostálgicas que no hacen más que generar la posibilidad de experimentar una dicha natural casi imposible. Generalmente hay un exceso de gasto económico en comida y alcohol y un abuso en la ingesta de éstos, por lo que, al llegar la Nochebuena, todo el mundo está saturado y de malas, con ganas más bien de irse a dormir y de comer pan tostado con mantequilla y té de manzanilla.

Los últimos diecisiete años he vivido mis navidades entre Canadá y México, siempre esperanzada a que sean fechas memorables y acogedoras. Este año es el primero en que cocinaré en Toronto la famosa receta de pavo relleno con castañas de mi madre. Será también la primera vez que tendré a miembros de mi familia visitándome y el panorama de este escenario me pone feliz. Quizá uno de los mejores escapes sea la Navidad misma.

P. Rivera.

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