Petunia, la nueva cachorra canadiense

 

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Crónica 44

Petunia, la nueva cachorra canadiense

Dos meses de levantarme al alba, esté o no esté cansada, que generalmente lo estoy. Tuve la maravillosa idea de comprarle a mi madre una perrita de igual raza a la de los míos. Ya se me había olvidado lo que era tener un cachorro, el entrenamiento del baño, las pocas horas de dormir, la actividad atómica seguida por un sopor casi mortal, las mordiditas filosas que en realidad lo ponen a uno de mal humor porque duelen, la obsesión del perrito por destruir todo (especialmente zapatos), robarse calcetines, y lo peor, la propensión a enfermarse debido a su larga espera para poder tener todas las vacunas necesarias para vivir una vida callejera de perro como Dios manda.

En uno de esos tantos libros que leo para lidiar con mi cada día más crónico estrés, leí que tener una mascota es una ayuda inmensa para gente que sufre de hipertensión, de depresión, o que simplemente se siente un poco desentendida de la vida, ya que el mero movimiento de la cola de un perro al ver a su dueño, manda energías positivas. Su amor incondicional se traduce en felicidad para el humano. Se me prendió el foco, de hecho era una idea que varios de mi familia habíamos tenido desde diciembre, que mi madre necesitaba esta medicina animal. Contacté inmediatamente a la persona que me vendió a mis dos perros y milagrosamente tenía una camada de cachorros que acababan de nacer y que estaría lista para ir a sus nuevos hogares pronto. Y así fue como Petunia llegó a nuestras vidas. Mi plan era tenerla conmigo unos días y pronto venir a México a entregársela de manera sorpresiva a mi madre, pues intuíamos  que si le avisábamos de su regalo, diría que no.

Desde el momento que recogí a la cachorrita en un estacionamiento público en Toronto, pues la criadora vive en Hermon, Ontario, un pueblo a cinco horas hacia el este, y me hizo el favor de traérmela, mis hombros se solidificaron con angustia; no sólo para ese entonces mi agenda de trabajo de pronto se había llenado con filmaciones fuera y dentro de Toronto, lo cual implicaba no poder venir a México, sino que también mis dos perros, Jamones y Manchego, la detestaron al instante. Ella, por su parte, los amó, así como a su nuevo hogar transicional.

Los dos meses consecutivos después de su llegada fueron literalmente un infierno, pues no sólo había que comenzar a entrenarla y limpiar sus accidentes tres mil veces al día, sino que la depresión sufrida por mis perros hacía que mi angustia y culpa me tuvieran con ataques de furia contra todos y luego, con autoregaños de: ¿cómo era posible que mi vida se hubiera convertido en sólo pensar en perros? ¿Cómo poder explicarle a Jamones y a Manchego que la estancia de Petunia era temporal?, que no había venido a hacerles la vida miserable, sino a alegrar la de su abuela humana. ¿Cómo evitar que Jamones dejara de comer, se la pasara tumbado en su camita con la carita enterrada y se le empezara a caer el pelo de estrés? ¿Cómo decirle a Manchego que Petunia no era una amenaza mortal?, que podía entrar a la cocina a tomar agua y dejar de tomarse la de la regadera y a dejarme el baño lleno de lodo.

Por momentos en verdad pensé que iba a perder la cordura, me reproché una y mil veces la estupidez de mi idea, ¿qué tal si mi madre decía un rotundo no? ¿Cuál sería la suerte de Petunia? Ante tanta locura opté por decirle la verdad a mi madre, pues si su respuesta era negativa, era mejor encontrarle un hogar a Petunia de inmediato. Sorpresivamente, con cierta reticencia, pero en general con alegría, dijo que sí. Había una luz al final del camino que se convertiría en realidad una vez que mis actividades laborales y las vacunas de Petunia se hubieran concretado.

Llegué a México hace unos días, traje al invierno conmigo. Esta ciudad capital ya no es lo que mi memoria quiere atesorar y no cambiar nunca: un lugar caótico sí, pero soleado, luminoso, nunca caluroso, sino maravillosamente templado. El verde y la existencia de los colores vivos de las bugambilias y las llamaradas afortunadamente siguen ahí, y es lo que me recuerda que estoy mucho más al sur.

Petunia y mi mamá se cayeron de diez, todavía estoy a cargo del cuidado de la perrita, sigo sin dormir, pero cuando menos sé que pronto ya no será más mi responsabilidad. Mis perros se quedaron en Canadá. Por lo que sé son otros: Jamones ahora no sólo se come su plato, sino también el de Manchego; el pelo le ha vuelto a crecer y ha recuperado su estatus de Rey. Manchego toma agua de su platito en la cocina y ha dejado de enlodar el baño. Ahora a la única que le falta sacudirse el estrés es a mí, pero me temo que esa será una larga batalla.

P. Rivera

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