Crónica 43, La semana del 8 de noviembre

Crónica 43

La semana del 8 de noviembre

Es un lugar distinto, este mundo, despuésdel 8 de noviembre. Muchos, pero tristemente no todos, esperábamos que la ficción de la candidatura de ese ser despreciable no pudiera convertirse en una victoria irrefutable. Lo más jodido del asunto es que tanto mi país de origen como mi país adoptado son los panes que encapsulan ese gran pedazo de jamón, que aspira a ser aún más insípido, que es USA. Ver a un hombre como Obama, que quizá no sea el mejor presidente del mundo pero cuando menos es un ser educado, al lado de esa masa anaranjada, ha sido una de las imágenes que más me han dejado en estado de shock. No puedo imaginar el grado de perplejidad que el primer presidente negro de Estados Unidos sentirá, el 20 de enero del 2017, al dejar el poder al primer presidente originario del mundo de las zanahorias.

Durante estos días he visto algunos noticieros mexicanos y he escuchado constantemente la CBC (Canadian Broadcasting Centre) de Canadá; la sensación de incredulidad parece ser la misma en los dos países, la diferencia es que a México nos han demonizado aún más y a Canadá lo han santificado, convirtiéndolo en el país al que todos los gringos decepcionados de los resultados electorales aspiran ahora a migrar. Aparentemente la noche de las elecciones, la página web de Inmigration Canada colapsó por tanta búsqueda simultánea de los requisitos para poder mudarse a este extremo norte. También estos días y de manera casual, di con un artículo en la página de Internet de la CBC, donde algunas voces canadienses comienzan a “apanicarse” sobre el retiro de visas a los mexicanos que entrará supuestamente en vigor a partir del primero de diciembre de este año. Maldicen el momento en el que al guapo Justin Trudeau se le ocurrió firmar ese pacto con “Pena Nietou”, piensan que el Primer Ministro debió haber sido más precavido y esperarse hasta después de las elecciones gringas para tomar una decisión así. Urgen que se reinstauren las visas o que se les prometa que si de pronto todos los mexicanos corridos de EUA quieren venirse a congelar aquí, se vuelva a vetar la entrada de manera inmediata.

Al leer el artículo no sólo me enfurecí a ese grado reptiliano que soy capaz, sino que después me entró una gran tristeza por el estado de odio simplón en el que llevamos viviendo toda nuestra existencia humana pero que, gracias a la elección de Trump, ahora está fuera de la caja de lo que era políticamente correcto decir. Leyendo un artículo en el suplemento de hoy domingo del New York Times, David Brooks remarca que lo más perturbador de todo es la moral adormecida con que los gringos han reaccionado al discurso de Trump. Recuerda que algo que la masa naranja repitió varias veces en su campaña fue la manera en que podría matar a alguien en la Quinta Avenida y no perder ni un solo voto. Brooks dice que si algo aprendimos este año fue que los americanos son incapaces de sentirse moralmente ofendidos. Doug Saunders, un gringo que reporta para el periódico Globe and Mail de Canadá, escribe en su artículo sabatino sobre cuál es el perfil de los electores de Trump y concluye, como varios autores lo han hecho, que no son los pobres, sino la clase blanca de clase media, no educada, que vive en ciudades de menos de 50,000 habitantes y que siente que su mundo de privilegio hasta hace poco incuestionable está cambiando rápidamente. Es un descontento no tanto por ser blanco en el color de piel sino por “sentirse” blanco, pues hay otras minorías como la italiana y la judía que lleva años perteneciendo al grupo de los  “blancos”, es decir, grupos que por generaciones tenían asegurada una vida de privilegio en la toma de decisiones, así como la experiencia de ser una especie de ejemplo deseable de vida para el resto del mundo. Eran a lo que todos aspiraban. Y muchos de los que aspiraban pues lo están logrando.

Por lo que respecta a Canadá, afortunadamente el discurso de odio parece estar todavía educadamente escondido, pero existe y se vive día a día. La actitud amable de los privilegiados hacia los inmigrantes parece sólo ocurrir con la condición de que estos nuevos habitantes, con distinto color de piel e ingredientes culturales, no empiecen a ser parte de la constitución legal del país. Siempre he sentido que los canadienses, en cierta forma, se sienten orgullosos de ayudar porque asumen que los nuevos habitantes nunca dejarán de ser los taxistas, electricistas, plomeros, albañiles, limpiadores de vidrios, etc. Es un país mucho más joven que EUA, pero si las cosas siguen así, no dudo que muy pronto empecemos también a escuchar aquí el discurso desatado de los ardidos blancos, que según muchos autores han sido los verdaderos olvidados del discurso político de los últimos años.

P. Rivera.cronica-43

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