Crónica 42, Toronto el sano, el cálido, el alegre

Crónica 42

Toronto el sano, el cálido, el alegre

Admito que mi percepción de Toronto hasta ahora ha estado equivocada. Creo que llevo tiempo viendo a esta ciudad desde una perspectiva limitada, confinada a mi barrio, Little Italy, a mis rutinas, a mis perros y a mi nostalgia estancada de casi cuarentona. ¡Uf, qué duro admitir mi edad! Una amiga, podría decirse ya vieja, —la amistad, no ella— que vino desde Vancouver a quedarse unos días conmigo fue quien, en estos últimos días, me ha sacado de mis murallas y me ha ayudado a ver que mi ciudad está viva, que hay habitantes activos y sonrientes, jóvenes consumidores de todo, en una economía que parece vivir la euforia antes del inminente colapso. Durante la última semana, he visitado zonas pululantes de actividad, locales de comida rápida saturados con gente de todas las edades comiendo unos encima de otros y, además de todo, ha hecho un clima tan agradable que toda descripción apocalíptica del otoño y del cercano invierno parece absurda. Es como si en estos últimos días hubiera despertado de un sopor autoimpuesto por crisis personales y obsesiones egocéntricas.

A esta persona mágica la conozco desde hace catorce años cuando las dos vivíamos en Vancouver y estábamos inscritas en Lyric School of Acting, una escuela pequeña pero bastante buena, donde se nos entrenaba para actuar, básicamente, en televisión, pero utilizando métodos más ad hoc con el teatro. No nos hicimos inmediatamente amigas, ella siendo originaria de Vancouver, portaba, como todos los habitantes de este lugar, la bandera de “no me interesa conocer a nadie ni a nada, mi mundo y mi círculo de amigos son suficientes y sonreiré al extraño pero nada más”. Para mí era el tercer año viviendo ahí y, efectivamente, hasta ese momento, no tenía un sólo amigo nativo, mis conocidos eran o de Montreal, o de Toronto, o de Winnipeg, Tailandia, Korea o de cualquier otra parte del mundo.

La relación comenzó por cierta admiración mutua hacia nuestro trabajo actoral. Recuerdo que una noche se me acercó y me dijo “vamos a tomar algo después de clase, ¿quieres venir?” Acepté con escepticismo pero lo hice, a fin de cuentas, mi soledad era considerable pero mi sano orgullo por mi talento también, por lo que me pareció interesante platicar con alguien a quién yo también consideraba talentosa. Después de este primer encuentro se fue desarrollando paulatinamente una amistad, que al poco tiempo se convirtió en hermandad. Del plano “profesional” pronto pasamos al personal y yo era invitada a los roasts domingueros de su casa (su madre es inglesa y su padre canadiense), a fiestas de sus amigas de secundaria y a sus partidos de futbol (mi amiga es jugadora y entrenadora buenísima de este deporte). Mi oferta de amistad no era un mundo rico en familia y relaciones consolidadas pero sí en el de ser una escucha permanente, porrista de sus proyectos e ideas y compañía cotidiana.

Aunque las dos actrices, mi amiga pronto reveló su verdadera pasión, la de ser comediante, stand up comedy para ser exactos. Profesión difícil, mal pagada y demandante que implica vivir en un mundo nocturno, rodeada de alcohol, borrachos y colegas misóginos, envidiosos y con altos índices depresivos. En corto, una profesión que requiere de pies de plomo para no sucumbir al alcoholismo o a la amargura total. La primera vez que la vi hacer stand up fue como parte de un ejercicio actoral inspirado en métodos del Actor´s Studio de Nueva York, donde el actor tenía que presentar ante el público un momento íntimo, algo que nunca hubiera hecho en frente de nadie y que revelara la vulnerabilidad del individuo. Sólo había dos cosas prohibidas: defecar y masturbarse. Para cuando las dos participamos en este ejercicio, que era medio obligatorio, ya llevábamos un buen tiempo en la escuela y de hecho era como nuestro proyecto de graduación. Mi ejercicio consistió en aparecer vestida con un tutú y una camiseta blancos, prender, en ese entonces todavía, la grabadora portátil, con Cucurrucucú Paloma, versión de Caetano Veloso y desnudarme lentamente. Una vez en cueros, girar de manera pausada mostrando todos los defectos de mi hechura y de ahí proceder a vestirme de nuevo con mi disfraz de Lago de los Cisnes, hacer unos cuantos pasos de ballet y terminar con la conocida pose de la muerte del cisne. El ejercicio de mi amiga consistió en, por primera vez ante un público, dar un show de stand up comedy. Recuerdo verla y pensar con inmenso orgullo, éste es su verdadero llamado: la confianza que emanaba de su postura, su valentía, el brillo de sus ojos, la sonrisa de oreja a oreja y, sobre todo, el efecto de risa desternillada que provocaba en sus espectadores, confirmaban mi intuición.

Desde ese día hasta la fecha no ha mirado atrás y ha dedicado todo su esfuerzo en convertirse en una buena comediante, profesional y con creciente éxito. Este reciente viaje a Toronto fue para dar una serie de presentaciones como comediante estelar en el club más prestigioso y respetado de Canadá: el Yuk Yuk’s. Sospecho, sin embargo, que en realidad vino a despertarme de mi ácida nostalgia, a recordarme la valentía con la que hemos enfrentado nuestra pasión y a ver que la sangre de Toronto circula sana, cálida y alegremente.

P. Rivera.

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