AGENDA URBANA/ AVENIDA REVOLUCIÓN, Fernando Curiel

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Sigo teniendo a Nueva grandeza mexicana (1946), del siempre novedoso Salvador Novo, como la máxima, sabia, chispeante, chismosa, reporteril, golosa, caminada Guía de la Ciudad de México (ahora amenazada, además de por la inepcia gubernamental, la delincuencia y una especulación inmobiliaria de plano salvaje, por una Constitución que, en técnica jurídica, no lo es y que está resultando un papasal).

La amorosa guía de don Salvador entra naturalmente en el Top Ten de las letras mexicanas del siglo XX que revisamos en mi curso de posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras  (su Auditorio Justo Sierra todavía en malas manos, pero con un pie dentro de CU).

Un Novo nos falta para dar cuenta de las positivas transformaciones restauranteras de la zona comprendida, en el Sur, entre Avenida San Jerónimo y Altavista. “Bar Jerónimo”, “Alaia”,  la “Fonda San Ángel” por supuesto (supuestísimo), “El Cardenal” (donde estuviera “La Tasca Manolo”), “Cluny”, “Los Primos” (o los “Tíos” o “Los Sobrinos”, me hago bolas).

Un verdadero boom restaurantero que, más abajo, acaba de remansarse en Oasis, que para ser Centro Comercial, más parece Plaza Cívica, de las de antes.

En Avenida Revolución (por la que yo bajaba en tranvía a CU, en los 60’s; su moroso trayecto desde Chapultepec me daba tiempo para preparar el más “perro” de los exámenes de Derecho), entre otros sitios dignos de nota, “Eloise” y (¡oh hallazgo¡) “Fishmart”.

En “Fishmart” asistí, la noche del 27 de noviembre, a un cumpleaños sorpresa con toda la barba y todas las de la ley. Vi a la festejada abrir aún más tamaños ojos al irrumpir, escalera arriba, en un salón pleno de globos, arreglo lounge, bártulos marineros, familia, amigos y amigos, mejor amiga (¡hola mejor amiga!).

Formidable ocasión.

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Zona de encuentros, reencuentros; esos lazos afectivos hondos contra los que esta ciudad, caótica, padroteada por la política, electorera ad nauseam, nada puede. Ni podrá.

Mis “montepianos”, tropa ya de larga data si sabemos hacer cuentas y sumamos bien cada 24 horas. Los que estaban y los que, no pudiendo concurrir, de cualquier manera asistieron. Ale, novio, madre; Toño, Karla, Leo, Pepe, Chema, Vivienne, Paco. Presidiendo, donde se colocaran, la festejada (mi tocaya) y Lalo.

Tiempo festivo que discurre a contracorriente del tiempo farragoso, cotidiano, rutinario. El de las malas noticias y abusos impunes. En un país aletargado pero dueño en el pasado de episodios de gesta. En una ciudad cuya Gran Tenochtitlán pasó (pocos lo saben) por prodigio urbano y que, hasta la década (y dos más) que Novo la consigna, hacía coincidir habitante y paisaje citadino.

Tiempo conversado.

“Fishmart”, su carta, su escenografía costera, ingresan de manera natural en mi lista de “lugares”, no de la Memoria (como gusta decir la historiografía francesa) sino de la vida “a raiz”. La que cuenta y se cuenta en comunión.

 

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