EL ORIGEN

 

Versión 2

CRÓNICA URBANA/ EL ORIGEN

Fernando Curiel

Pese a que el Astro Rey asciende por un firmamento límpido, arrojando cada vez con mayor acritud sus dardos cobrizos, un vientecillo helado atraviesa el lugar. Él abre los ojos, frota sus piernas y brazos desguarnecidos y acaricia torpemente su miembro, desplegado al máximo. Arrímase a la mujer, que duerme dándole la espalda. Al sentirlo, inconscientemente levanta la pierna para arropar, entre los muslos, el sexo de su friolento compañero. De esta suerte duermen hasta que, hacia el mediodía, el hambre los despierta.

Él se pone de pie, estira los brazos, gruñe, se pedorrea. Como todos los días desde el comienzo, cruza la línea de sombra que el Árbol, bajo el que habitan, traza sobre el mullido césped que ondula en todas direcciones, saltando arroyos cantarinos, despeñándose en hondonadas, alzándose en lomeríos torneados que evocan las formas de la mujer. Encuentra lo que busca: hoja de maguey que, a modo de charola, contiene manzanas, dátiles, mangos, uvas y jugosas naranjas; pitanza ésta que, también día con día desde el comienzo, deposita en ese sitio, a la misma hora, retirándose enseguida discreto, un Custodio de abundantes bucles azul cobalto.

Tendida como una bandera, ella registra, antes que la desnudez, la presencia o la ausencia del compañero. Nada le dicen los grandes ojos verdes, el cuerpo delgado pero fuerte, la rubia melena lacia que le oculta la nuca, las breves nalgas musculosas, el bulto de la entrepierna que salta; menos aún la terrible cicatriz que una operación practicada en el costillar le dejó bajo la tetilla. Tampoco él repara en ella, en el cabello tan distinto al suyo: mata negra y aborregada que trepa desde la nuca y los parietales configurando un alto copo afro. Le son indiferentes las sienes hundidas con suavidad, el color oscuro de la piel, los labios carnosos y la frente abombada, los ojos color azabache, los altos pómulos, la monumental cadera, los senos cargados como racimos, el vellón ensortijado y espeso. Animales asexuados, se limitan a dormir, comer y defecar en apego a la rutina impuesta en la jaula imaginaria que, todas las mañanas, atraviesa un vientecillo helado venido de las soledades inmensas de la tierra.

 

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Coloca la hoja de maguey frente a la mujer. Uno y otro se arrojan sobre la comida. Mastican furiosos las pulpas, mostrándose sin recato la dentadura, el bolo que luego degluten; chupan el líquido dorado de las naranjas; eructan; se golpean las manos arrebatándose las mejores piezas.

Anoto no sólo sus costumbres salvajes, sino esta jornada en especial, porque justo entonces…

Al disputar una manzana, enorme, lustrosa, ésta rueda hasta ella deteniéndose a la altura de su vellón negrísimo. Saeta, la mano da él, vuelo rapaz sobre el fruto que atrapa, no sin que su dedo índice alcance a rozar, introduciéndose un adarme al sexo de su compañera. Ésta, furiosa, le arroja una naranja que lo golpea en plena nariz, haciéndole sangrar. Él sorbe el líquido rojizo y se aplica a la manzana. Huele, empero, su dedo. El aroma, el sabor, que gusta perplejo, lo trastornan. Sin soltar la manzana, acércase a la mujer e introduce, esta vez hasta la primera falange, el dedo. Lo huele, lo chupa, lo vuelve a introducir, oler, chupar. La manzana ya no le interesa. Ella se la arrebata y lo deja hacer mientras la devora a grandes tascadas. Ahora son la boca, los labios, la lengua torpe. De aquella vasija él extrae una satisfacción que lo transfigura. Después de los dedos y la lengua, prueba a introducir otras partes del cuerpo. La nariz, una oreja, la rodilla, un pie. Sólo entonces descubre que su miembro se yergue como cuando lo azota el vientecillo matinal, obligándolo a juntarse, en procura de tibieza, al cuerpo echado al lado del suyo, bajo el Árbol. Le contagia su fiebre. Restriegan cara contra cara. Descubren el tacto de la lengua, de los labios no menos elásticos. Ella sabe a manzana. Jadean, braman. Un hilo de sangre corre por los muslos de la desvirgada. Un ruido invencible, gutural, trémulo, surge de sus gargantas. Suspiran, cantan. Se miran por vez primera a los ojos y bajo el fuego de la vista surge, en el par de hermosas bestias, la conciencia: son una pareja, están en un Edén.

Armado, terrible bajo los bucles azules, irrumpe el Custodio con la inapelable Orden de Expulsión.

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