Crónica 41, Luz

Crónica 41

Luz

Son días de creciente oscuridad. Halloween en este norte. Día de Muertos en mi añorado sur. Amanece tarde, anochece temprano y por varios días el sol se esconde entre las nubes, tan densas que es difícil creer que no sean ellas el verdadero cielo, que ese azul perenne es tan sólo un fragmento de mi imaginación.

Tres viajes a Montreal, dos a Hamilton. El trabajo parece siempre llegar en esta época, concentrado en pocos días y después se esfuma. Audiciones de voz para videojuegos donde la mayoría de los parlamentos son amenazas de asesinato y “por favor dame seis opciones de muerte por atropellamiento y otras seis por mordida de perro y otras seis por herida de bala”, y por más imaginativa que me ponga, me doy cuenta que lo que me piden son los mismos ruidos que llevamos escuchando por siglos en la televisión y que no hay manera alguna de saber si son reales ante esas circunstancias tan espantosas, pues es imposible predecir las verdaderas reacciones de nuestros cuerpos.

Las luces dentro de la casa permanecen encendidas casi todo el día. Prefiero que llegue la noche para que verdaderamente iluminen, pues en contraste con el gris no añaden ningún tipo de atmósfera. Cuando menos en la oscuridad, la luz crea un efecto de alegría. Siempre me ha gustado la iluminación indirecta, lámparas posicionadas en lugares clave que crean la ilusión de lugares cálidos, exóticos, acogedores y románticos.

Las hojas de los árboles, que por semanas me han deleitado con su cambio de color, empiezan a caer de las ramas y a pavimentar las calles. Hay días en que la lluvia permanece todo el día y la humedad cala hasta los huesos. Es difícil encontrar ánimo para salir. La ciudad poco a poco se transforma en fantasma, los restaurantes pierden clientela, en las calles sólo se ven a los dueños de perros quienes tienen la obligación moral y física de pasear a sus cuadrúpedos. El reflejo intermitente e índigo de pantallas encendidas con programas deportivos o de noticas, se puede ver a través de las ventanas de la mayoría de las casas. Es fácil entender por qué es lugar común decir que se engorda en estas épocas casi invernales, pues lo más divertido es pensar cuál será la siguiente comida, dulce, tentempié, golosina, pastelito, galletita. Las tiendas se saturan con dulces y chocolates de pésima calidad, que acabarán en las panzas de los niños este 31 de octubre y a los pocos días, con productos navideños que garantizan la época de consumo sin respiro hasta el día de San Valentín.

Extraño a mi país, la fantasía que mi memoria ha creado de los festejos tradicionales mexicanos, sobre todo Día de Muertos. Recuerdo en especial un noviembre en Coyoacán, cuando era estudiante de la Prepa 6, y junto con una amiga que en ese entonces era cercana, nos compramos cada una un pan de muerto en Sanborns, un café en El Jarocho, y nos sentamos en una de las jardineras de la plaza, dando enormes mordidas al pan que bajaba por nuestras gargantas con largos tragos de café, sin importarnos por un momento ni las clases, ni el cuidado de nuestras figuras. Gozo y satisfacción totales.

Esta época parece ser de nostalgias, de miedo, de encogimiento corporal ante la inminente llegada del invierno. Es la época que para mí define lo que es Canadá y mi vida aquí, no los calurosos e iluminados días de los meses pasados.

P. cronica-41

P. Rivera

 

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