Crónica 40, Una más con mezcal

 

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Tomé un taxi en la colonia Florida. Eran las doce del día de un domingo otoñal. Llegué a la colonia Roma para asistir a una de esas fiestas hispters cuyo tema era pozole blanco o verde y todo el mezcal que uno quisiera. Había sido organizada por el dueño de varios restaurantes que, por aquellos tiempos, era parte de mi grupo de conocidos en la ciudad. Mi vulnerabilidad emocional me aconsejaba no ir sola, pero a pesar de estar en mis treinta, una ansiedad adolescente invadía mi toma de decisiones, por lo que fui. Esos días anunciaban ya el desastre de lo que fue el retorno a México, la descomposición total de una fantasía, su putrefacción. Viviendo de vuelta con mi madre, habiendo perdido mi espacio en la aún entonces privilegiada Condesa e infatuada con un personaje cuyo mal trato no hacía más que alimentar la terquedad de insistir en ser parte de su vida, era lo que formaba la atmósfera de mis circunstancias.

En la fiesta no conocía a nadie, ni siquiera quien me había invitado estaba ahí, por lo que daba igual donde me sentara. El tipo de asistentes era similar: extranjeros o veinteañeros con sus varios hijos, disfrazados con looks inspirados por una mezcla de todas las culturas habidas y por haber, tatuajes del peor gusto posible y una actitud de sabiduría y superioridad. Noté que a pesar de no haber tanta diferencia de edad, mi generación ya era otra, quizá incluso mucho más cercana a la de mis padres que a la de estos experimentos urbanos dizque a tono orgánico y total con vidas pasadas, presentes y futuras. Pedí me sirvieran un plato de pozole blanco, el cual estaba delicioso, pues como buenos hipsters, los organizadores de la fiesta habían traído desde Guerrero a unas cocineras maravillosas que, además de servir el pozole, eran una especie de atracción museográfica del lugar.

El bar, sin embargo, no era atendido por alguien de Oaxaca, sino por un bartender de moda con cabello alborotado, que servía brebajes mortales hechos con frutas, especias, troncos, insectos y, por supuesto, mezcal. Yo opté por una versión simple, es decir, mezcal derecho.

Después de un rato de plática superficial, noté que al tercer mezcal me empecé a poner emocional y mi conversación se tornó en otorgar juicios de altísimo valor a mis compañeros de mesa, llamándolos valientes por ser padres a temprana edad, por vivir en la Ciudad de México, por ser algo: diseñadores, británicos… en resumen: todo lo que a mi juicio yo no era ni había hecho. Afortunadamente antes de sucumbir ante la total melcocha del llanto borracho, tuve a bien irme.

Tomé el Metrobús desde la calle Álvaro Obregón hasta el Teatro de los Insurgentes, el transporte estaba increíblemente vacío. Durante todo el trayecto pensaba en lo jodida que me sentía y con una especie de altruismo sanador recordaba también mi capacidad imaginativa para salir de este tipo de momentos, que aunque nunca vividos de igual forma y con tal intensidad, tenían algo similar con otras etapas de mi vida. Me vino la idea de darme un regalo, el regalo de crear virtualmente a una persona, quizá un enamorado, que me acompañara y me cuidara. Al bajar del Metrobús y cruzar Insurgentes hacía la calle Hermes, de pronto apareció claramente y a mi lado la imagen de ese ser. Era un hombre alto, delgado, con barba negra, ojos grandes, cabello negro abundante y ondulado, vestido —lo admito— de manera absolutamente hipster. Recuerdo que lo tomé de su mano virtual y dejé que juntos camináramos hacia la casa de mi madre. Recuerdo también voltear a verlo, elevar mi mirada hasta sus ojos virtuales y darle las gracias. Una vez salva en casa, su imagen desapareció y en lugar de encerrarme, escribir en mi diario, darme un baño de agua fría o comer, decidí tomar a mi perro, subirnos al coche y manejar hasta la Nápoles en donde está la casa de mi abuela, mujer hermosa y de carácter fuerte quien en ese entonces vivía su último año en este mundo. Su calidez y amor me hicieron recordar mi pertenencia, mi valor y mi júbilo. Logré sobrevivir el día, la mala borrachera y hoy, muchos años después, de vuelta en el norte obscuro, húmedo y frío, con una vida productiva y distinta, me acuerdo de la imagen de ese “hombre salvador” y me pregunto ¿qué carajos había en ese mezcal?

P. Rivera

 

 

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