Por qué conocí a Julio Scherer Fernando Curiel Defossé

10-por-ciento

 

Aclaro: periodista (reportero, entrevistador, directivo, político, empresario) de mi mayor y sostenida admiración. Leído y releído con atención nunca defraudada, la atención al rojo vivo. Dueño de tal autonomía que salía sobrando lo del Alzate o el Altamirano del siglo XX. Y enfrascado, contra la opinión de Miguel Ángel Granados Chapa, otro periodista de cepa, desde la conducción de Excélsior, en una Guerra de Medios. Fue en este marco que tuve el privilegio de conocerlo, hombro con hombro según explicaré.

Dirigía yo Radio Universidad. Mi jefe, Diego Valadés, me indicó concertar una cita con don Julio, en su reducto de Paseo de la Reforma. Vaga la información del propósito, lo intuí. Arribo razonablemente puntual, ni anticipado en exceso ni en la raya. Había colaborado, intermitente, en Diorama de la cultura, bajo el terso mando de Pedro del Villar (me introdujo Luis Guillermo Piazza, amigo, cómplice). Compartíamos la amistad de un legendario: Carlos Quijano, el creador de la uruguaya Marcha.

Disposición, ambiente, los de la oficina del director de Excélsior, hombre poderoso y del poder, que reencontraré en Los periodistas de Vicente Leñero y otras crónicas de los años 1967-1976. La secretaria legendaria, Elenita Guerra. Nadie más en la antesala. Calculo una espera asimismo razonable respecto a la hora fijada para el encuentro. Sale, apenas impuntual, Julio Scherer de su privado. Carismático, un tanto cargado de espaldas, dueño de informaciones abisales, despidiendo bonhomía. Nos saludamos de mano, me presento.  Me toma del brazo y me conduce al balcón, con su vista incomparable a Reforma. ¿Cálculo? ¿Ritual? Los supongo en un contexto sistema de señales. No lejos, trotando inmóvil (aunque se había desplazado desde el patio de la Real y Pontificia de la Universidad de México), del todo ajeno al vejamen que le esperaba, “El Caballito”.

Al grano. Excélsior pretendía el manejo del noticiario universitario. Rehúso y le explico la razón. De tiempo atrás, en la pobreza de recursos de producción residía la riqueza, y éxito de audiencia, del noticiario matutino de Radio Universidad (inmediatamente después de los cursos de idiomas, francés, inglés, italiano; añadimos el ruso). Consistía en un resumen de la prensa capitalina, distribuido, básicamente, en dos planos: nacional e internacional (leves el metropolitano y el cultural, el universitario correspondía a la Gaceta, ese visionario invento de Henrique González Casanova). Ejemplo de criterio, objetividad. Más por exactitud que por sorna, a los miembros del reducido y temprano equipo formador,  los llamábamos “recorteros” en vez de “reporteros”. Lejanos, todavía, el teléfono abierto en cabina, las transmisiones in situ. La exclusividad de un solo periódico cancelaría la pluralidad informativa. Me escuchó atento, midiéndome. Sin contrariar ni argumentar en contra. Nos despedimos.

De esta suerte nació si no una amistad, sí una simpatía mutua remarcada por encuentros ocasionales y mis llamadas telefónicas, que siempre atendía, para comentarle alguno de sus libros recientes. El entusiasmo por Los presidentes me llevó a calificarlo como inaugural de una disciplina: la “antropología presidencial”. Ocurrencia que no  hizo mella en mi interlocutor.

En lo personal, sumamente complejo me resultó el golpe de 1977 al periódico, a su director, a su equipo, a su proyecto. Cortejo de causas, entre ellas la mudanza de un diario obsequioso con el sistema, hecho por reporteros avezados y columnistas al mejor postor, en un espacio doctrinal en ejercicio incorruptible de la crítica social y política. Complejidad que no me descifró el formidable reportaje, pero también hagiografía, de Leñero. Y cada día aparecen más hilos zafios del artero golpe armado por el presidente Echeverría.

Concluyo. De regreso a Ciudad Universitaria, informo a Diego Valadés detalles y resultado de la misión; aprueba de pe a pa.

Don Julio no contraatacó ni alzó la mira: el rector Guillermo Soberón.

Mi respeto y reconocimiento de Scherer calaron hondo. Cimientos.

 

Foto: Barry Domínguez, Julio Scherer.

 

 

Deja un comentario