Crónica 39 Raíces y apellidos

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Persiste una idea que me angustia sobre manera: perder todo contacto con mi país de origen, con mi idioma, con mi cultura, con mi historia familiar, con mis apellidos. Me doy cuenta que en Canadá, país en el que he escogido vivir desde hace ya algún tiempo, este tipo de preocupaciones nostálgicas no existen entre muchas de las personas que, aunque provienen de otras culturas, nacieron aquí o llegaron desde muy niños. Conozco demasiados ejemplos de gente cuyos padres inmigraron sin hablar gota de inglés; sin embargo criaron a sus hijos sin conexión alguna con su idioma materno o con la enseñanza de la historia y cultura de sus orígenes. Las vidas neocanadienses parecen comenzar su aventura de manera experimental e individual, mas no con nostalgia histórica. Es también común que la gente se cambie el nombre y borre completamente su origen. Es de los trámites más fáciles de hacer, cuando menos en la provincia de Ontario. Esta es una práctica que parece liberar a muchísima gente de preconcepciones sobre su origen o su profesión, o algunas veces, justificadamente, de su trágico pasado.

Hace poco leí un artículo sobre personas que han hecho de todo para adquirir una identidad que, según ellos, les da más seguridad en la vida, y así juntan apellidos paternos con maternos, se ponen nombres de Avatares o nombres absurdos como Pastel Omega. Todo esto es quizá un concepto avanzado pero a mí me deja con dudas, sobre todo eso de perder los apellidos.

Una conversación que recién tuve con un actor con el que estoy trabajando, me hizo recordar estos temas. Como en un set de televisión hay mucho tiempo de espera, es lógico que uno se ponga a platicar de las cosas más personales de manera inmediata con gente que apenas conoce. En realidad esto es algo a lo que los actores estamos habituados: establecer intimidad inmediata con extraños y saber que es temporal. Este actor con el cual he trabajado en un par de ocasiones, es de origen español. La primera vez interpretamos terroristas chilenos, y ahora somos una pareja de clase media argentina viviendo en Montreal. Entre él y yo siempre nos hemos comunicado en español, lo cual me encanta pues siento relajación inmediata cuando soy yo, en mi versión más primaria. Le pregunté de su vida en general, de su familia, de dónde viene, cuántos hijos tiene, etc., pero lo que me dejó pensativa fue su respuesta ante la pregunta de si visitaba frecuentemente España, pues me dijo que no, que hacía más o menos dieciséis años que no iba, que ninguno de sus hijos conocía España o hablaba español, y que él francamente no sentía ninguna conexión particular con ese país, que su padre, quien se regresó a vivir a Valencia después de la experiencia canadiense, viaja a Canadá una vez por año para visitarlos, por lo que existe cierta conexión con su familia inmediata.

Su poca curiosidad por transmitir a sus hijos su cultura, su comida, su idioma, me desconcertó. No me pude imaginar perdiendo con tanta calma todo interés por México. Claro que yo no nací aquí y por lo que entiendo, él tampoco, pero se vino desde muy niño.

No tengo hijos, pero son temas que me rondan cuando pienso en la posibilidad de hacerlo. ¿Cómo asegurarme que esa nueva persona se sentirá tan mexicana como yo? ¿En realidad importa? ¿Cómo disciplinarme para hablarle siempre en español? Y no caer en el hábito, que he visto tantas veces, de optar por lo más fácil, que es sólo hablar en inglés y escupir un par de palabras del idioma materno por aquí y por allá. ¿Cómo será la vida con un hijo que habla español con acento, si bien me va, o en puro inglés conmigo? Me da miedo que mi ya de por sí India Marianerismo existente se encrudezca y me dé una verdadera crisis de identidad. Me estoy haciendo grande y mi vida aquí ya tiene muchas raíces, pero cuya planta parece seguir sintiéndose tropical, así como una bugambilia o un árbol de laurel, queriendo crecer en el frío.

 

P. Rivera.

 

 

 

 

 

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