AGENDA URBANA NO MÁS CUITADO AMOR

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México, D. F., 26 de septiembre de 2016

1

Ra(ra) de mi alma:

Éramos, hasta el momento que nos sorprendimos contemplando la misma pintura de Edward Hopper, “Room in Nueva York”, una pareja condenada a desconocerse. Pero nos encontramos. Ni siquiera en el Museo de Arte Moderno, por Reforma, o en Bellas Artes, a un paso de donde la Avenida Juárez se adelgaza en Madero (me fascinó ser tu guía de turismo en una zona para ti extraña). Ni en el Carrillo Gil, ni menos aún en el MUAC. Nos citó uno de esos brochazos de cultura que acostumbra Perisur.

Condenados, sí, a desconocernos.

Tú procedías del último año del gris, grisáceo irredento, Miguel de la Madrid; yo del cuarto de Adolfo Ruiz Cortines, gran jugador de dominó. Tendrías que haber sido una de las amigas de mi hija, o hija de una de las mías. Niña que florece a ojos vistas; cobra turgencias, primero velada, después rotundamente; inquieta a su derredor; turba el deseo; pasa de los ocho a los once, a los quince, a los diecisiete; ingresa, fruta madura, a los veinte.

Paralelas que Hopper hizo el milagro de que se tocaran en el tráfago de un Centro Comercial, pasaditas las doce, mediodía. ¿Lo sospechábamos cuando, con minutos de diferencia, estacionamos nuestros vehículos? Me embriaga suponerlo. El Destino, tan huidizo, en flagrancia. Tú venías de un edificio corporativo próximo a Televisión Azteca (iba a escribir Canal I3, en el que colaboré minutos que se me hicieron eternos, creo que con Miguel Barbachano); yo, de la Colonia Florida.

Un día más. Otra jornada.

Una brillante ejecutiva de relaciones institucionales. Un escritor rentista.

Tú ibas a Body Shop, el de la planta baja; yo, cerca, a Mixup. Entraste a la plaza del lado de El Palacio de Hierro; yo, incauto, descendí por la escalinata eléctrica frente a Sears. La muestra, ocho reproducciones pasadas por fotoshop, había sido colocada frente al estrado de conciertos tutti frutti, desfiles de moda o espectáculos Globetrotters.

Bajo una luz escénica, la fría, artificial, que borra los claroscuros, una pareja representa sin dramatismo su cotidiana incomunicación. Él lee el periódico, sólo para sí; ella, para sí, un libro. La pequeña mesa del centro que los separa podría medirse a escala astronómica. Planetas de galaxias distintas. Sin percatarme, dije una bobada, en voz baja pero audible. Una paparrucha.

—Sólo les faltan los Iphones.

—Pero uno puede imaginarlos.

Te escuché decir, modulada la voz mimada. Imaginé, te lo puedo decir ahora, una voz al despertar, tibios aún el cobertor y los sueños, río que nace. Nos sumimos de nueva cuenta en la contemplación del cuadro, como espectadores atados a las butacas de un teatro, efecto muy de Hoppe. El color negro de él, en mangas de camisa; el color rojo de ella, los brazos desnudos. Tres cuadros de utilería, en la pared del fondo. Una puerta, enorme para el tamaño del “room”, también de utilería; si escaparan, los conduciría a la parte posterior del escenario; igualmente del attrezzo, una lámpara roja. Todo subraya el estar sin estar de la pareja. Sensación que, supongo, nos impele a vernos de frente.

Examen aprobatorio, más que aprobatorio. Lo digo por mí.

Me solazo, envanécete si quieres, contigo. Ojos vivaces, ojazos, oscuros. Nariz, pómulos y mentón dibujados para contemplarse. Cabello alas de cuervo, partido por dos tirabuzones cuyas puntas tocaban los senos, breves, brevas. Saco negro, ajustado, corto; camisa blanca, satinada, las mangas arremangadas por encima de los codos (no como el hombre del cuadro, arremangado, sin gracia, a medio antebrazo). La camisa por fuera, alados faldones. Y unos ni shorts ni bermudas, a rayas blancas y negras, estrictamente a la moda. Las piernas desnudas, tostadas por el sol, preciosas, largas, proporcionados los muslos y las pantorrillas; los tobillos, discúlpame, de yegua fina. Tenis negros, abotinados, plataforma blanca elevada en los tacones. Agujetas blancas.

Temí que te agraviara la veloz exploración. De haberme topado contigo en cualquier otro punto de Perisur, esa mañana, idéntico hubiera sido mi deleitoso asombro. No, no intento adularte. Pero mi contemplación te halagó. Por el contrario, nunca lo hablamos, ignoro la impresión que te causé; pero por algo desperté ese día, del habitual entrecortado sueño, jubiloso, y esmeré mi elegancia un tanto pachuca. Traduzco tu impresión en los hechos que siguieron. Me pongo 9.

Y nos apetecía hablar del misterioso pintor norteamericano, del cuadro que plasmaba a una pareja criminal. Asociación delictuosa de dos contra el amor. Rápido acuerdo. Tenías tiempo (a mí me sobraba) para tomar un café, té chai en realidad para ti. En vez de los destinos originales, sobre los que comentamos, el Starbucks, por fortuna a esa hora sin colas que se extiendan al estacionamiento frente a Sanborns. Resultó que, en efecto, salvo los casos de Picasso, cuya producción industrial me abruma, y de Alex Katz, para mí más ilustrador que pintor, compartíamos fervores plásticos. De aquí mero, José Guadalupe Posada, Orozco, Lilia Carrillo, Fernando García Ponce, Cuevas escultor. De Inglaterra, rabiosamente Turner y en la otra punta, Bacon. De Francia, la tropa Impresionista, el migrado italiano Modigliani, el ruso francés Chagall, no todo Toulouse-Lautrec. De Estados Unidos, nuestro celestino Hopper y la O’Kefeer y Pollock y Andy Warhol. Todo este repaso en minutos. Sólo nos faltó chocar deportivamente los puños.

Yo, no me cuesta confesarlo, editaba y reeditaba tu voz en la caracola de mis oídos, subrayando el perfecto inglés contraído, brotó natural mi pregunta, en el Mexico City School de Campos Elíseos, colegio y calle de mis recuerdos hondos. Otra historia. Mis señas de identidad no te inquietaron en ese momento. Obtuve el dato de tu licenciatura en comunicación en la IB —así llamaste a la Universidad Iberoamericana.

Miras, ostensiblemente, el reloj; tosco, masculino, a la moda también. Apenas a tiempo para una junta de trabajo. Te acompaño al estacionamiento.

—¿Y el Body Shop? —Inquirí, mañoso.

—Pasado mañana. Mañana tengo que estar en Toluca.

—¿Misma hora? —Pregunté, decidido.

—Misma hora. —Contestaste. Y sonreíste, por primera vez coqueta, la boca fresca (fresa) abierta en dos.

—Te buscaré. —Afirmé sin separar las palabras, no te fueras a arrepentir. Así comenzaron, dime si algo invento, los encuentros de dos conciudadanos condenados a desconocerse. Te llamé Ra, por, a mi vida, rara.

curiel-rara

2

Pasaron dos, cuatro semanas, dos meses pasaron. Tiempo que robabas, exacta, a la hora de la comida en el Corporativo; algunas mañanas de sábado, si tu familia no se trasladaba a la casa de Tequesquitengo; alimentadas por museos del sur de la ciudad y, dos o tres veces, por los del centro. Mañana de la noche en que te escribo, “sin espina y sin corazón”, dijera Machado.

Media mañana, mejor dicho.

Otro Starbucks, el de Gandhi, en Miguel Ángel de Quevedo. Si a la segunda cita intercambiamos los correos electrónicos, hoy lo hicimos con los celulares. ¿Entonces? Déjame, Rara mía, que me explique:

¿Qué sucedió? Bien, desenfundo la daga que apunto contra mí yugular. No me decidía a escribirte (describirte) porque sabía que, tarde o temprano, estallaría la granada que, quitados de la pena, deslumbrados, presas de lo inesperado, nos acompaña en nuestras correrías. Únicamente nos ha faltado compartir silencios. Y besarnos. Sin espoleta ya, estallaría la granada, dejándonos a ti indemne, camino en algún momento no muy lejano a tu boda y vida de casada: joven por lustros, décadas; más bella aún por la maternidad, causa que precede al afecto. Y a mí donde me hallaba, sin tenerte, pero habiéndote conocido, y compartido la ciudad, y olido, y oído, y deseado tocarte más allá de los besos en la mejilla, y los inocentes contactos de cadera al caminar, y el abrazo porque sí, y mi mano detenida en la tuya segundos más de lo debido, compartida plegaria…

Al grano.

La mañana de ayer, mientras intercambiábamos celulares por vez primera, se produjo la deflagración, me acribillaron los fragmentos metálicos. Estábamos en el patio descubierto de Gandhi, donde en el pasado, en diciembre, se ponían a la venta cerros de remates, y hoy sirve a la cafetería Starbucks. Por correo electrónico, la víspera, me fijaste el lugar de la cita.

Te urgía comprar unos libros sobre arte mexicano, de la mini, atinada y desaparecida colección de CONACULTA (de hecho, la conociste por el que te regalé, el dedicado a Rivera, no el muralista, sino el de la Belleza colgada en ganchos de carnicería). Para obsequiarlos a la misión rusa. Era Vladimir Putin, que los visitaría en breve. Paquete aleatorio, de chile y de manteca, medio tómbola. Tu propuesta mereció general aprobación, de no ser por el mequetrefe ejecutivo de mercadotecnia con aires de intelectual que exigía Frida Kahlo para todos y cada uno de los posibles clientes o nada. Tu secretaria ya había confirmado por teléfono las existencias. Quedamos a las once de la mañana; pero cuando llegué ya tenías, envueltos para regalo y todo, los libros. Y uno de esos espantosos brebajes, pastel líquido, que acostumbras sin arriesgar un palmo el palmito. ¿Cómo le haces? Me recibiste sonriente, feliz, al igual que yo de reencontrarnos. ¿Falto a la verdad? La compra anticipada de los libros, me regaló mayor tiempo contigo, robado al Corporativo. Me senté frente ti, rendido.

Cuando llegué, pues, unos minutos adelantado, ya tenías los pequeños libros envueltos para regalo, una veintena, sobre el mostrador de cemento. Regalo para mis ojos, tú. Y siempre sorprendiéndome, sacando trapos de un armario histórico que suponía devoraba tu recámara en la casa de la Calle de Viena, en Coyoacán, escenario de la niñez, de la adolescencia luminosa que aún te nimbaba. Para la ocasión: vestido camisero floreado, al aire las pantorrillas doradas, unos botines de gruesas suelas y agujetas, collares y pulseras gitanos, un sombrero para lucirse en las riveras del Sena sembradas de caballetes impresionistas. Se me humedecieron los ojos, lo reconozco. Belleza tanta a centímetros escasos.

Me ponías al tanto del desencuentro en la junta de trabajo, el berrinche del ejecutivo al quedarse con la Kahlo entre las piernas, tu escarnio en el sentido de que, neocapitalistas, los rusos gozarían de lo lindo la baza de libros, tentando la suerte, intercambiando títulos, otorgándoles valor agregado. Te habías ganado un enemigo mortal de por vida, los llevara por donde los llevara la salvaje vida corporativa. Pero conciliaste. De haber tiempo, valdría la pena llevar a la misión eslava a la Casa Azul que, a tiro de piedra de la tuya, conocías al dedillo. Te ofreciste a hacerla de guía. De nada sirvió. El mequetrefe lo tomó tan a mal que abandonó la junta.

Te escuchaba alelado cuando, de súbito, rabié por la prohibición inapelable de ponerte las manos encima. Con lo que me fascinas e iluminas, a destellos, mi vida de tan hecha, deshecha. Quintaesenciado presente, Rara de mis deliquios. Con lo que me fascinaste nomás reparar en ti aquella ocasión hopperiana que tú también recuerdas jubilosa. ¿Y si me atrevo y en su reposo te cojo la mano posada en el regazo que insinúa entre flores formas cálidas, delicias fragantes, los bordes de la trusa que adivino diminuta pero de encajes trasparentes? La mano tuya prendida a la mía, me sumergiría en tu regazo palpitante, fuente para mi sed, velo el vestido que con la mano libre develaría. ¡Ay, imposiblemente mía! Tan próxima cuando te encuentro, pero desvaneciéndote, como te desvanecerás tarde o temprano en el horizonte en el que él, que aún no lo sabe pero yo sí, te espera.

¿De qué me servía haber vuelto a la vida sobria, tragaños, gentil y encantador como me lo exigiera en colectiva terapia mi hija? En los 60 y pico y basta. Tú en los 23 y basta. Paso en falso, no de los Dioses, sino mío, ofuscado por la evidencia que eras tú en tu turgencia prohibida. Paso en falso: te propuse que nos viéramos para cenar, en Eloise, ya no mañoso como el primer día, sino avieso. Intimidad propiciatoria. Una pareja de enamorados que se sustraen al pavoroso mundo, fementido, en manos de carteles de la droga y la política. Mostraste asombro, lo vi en la opacidad inyectada en tus ojazos. ¡BRRRRROOOOOOOOOAAAAAAAAAMMM! Estalló el proyectil, la granada que nos acompañaba invisible letal. ¡BRRRRRROOOOOOAM! Al sol, en su cenit, lo ensombreció el espeso humo de la conflagración. No, tajante; no podías. Mostré, ¡guay de mí!, disgusto, coraje, de plano despecho. Tu incomodidad se hizo manifiesta. Conocí tu entrecejo.

—Me retiro. —Dijiste, poniéndote de pie y metiendo los paquetes en la bolsa de plástico.

—Te ayudo. —Dije, poniéndome a mi vez de pie. ¡Dioses, incómodo, nervioso, insoportable, huraño, agraviado, contrariado y desolado al aparejo! ¿Qué diablos pasaba conmigo?

—Gracias. Yo puedo. —Seca, decente, triste, lo sé.

Sin ser invitado, te acompañé al estacionamiento. Cuando llegó tu diminuto Morris, sufriste para colocar la bolsa de libros en la parte trasera. Luctuoso “valet parking” te auxilié. Subiste al volante. Arrancaste.

—Te escribiré. —Alcance a decir para mí, para nadie.

Lo hago.

 

3

No te diré que la franca desolación, Cartago después de rendirse presta para ser cubierta de sal, Troya humillada, Tenochtitlán de rodillas, pero sí el desasosiego, me acompañó el resto del día. Mientras, ya en mi casa, la muchacha me ponía al corriente de las reparaciones eléctricas que urgían; mientras comía, de encargo, un sándwich de atún, y una insípida ensalada de lechugas y jitomate cuyo aliño mejoré con una receta antigua que me gustaría presumirte; mientras preparaba para mi periódico el enésimo S.O.S del desastre nacional; mientras ordenaba el caos de mi biblioteca, suma de capas temporales; mientras pasaba la tarde leyendo a mi modo, saltando libros y temas y viejas revistas; mientras escuchaba a Zoe y, vaya salto, a Tommy Dorsey, orquesta inmortal y a Sinatra crooner (tentado estuve por Los Ángeles Azules, listón de tu pelo, rosa deslizada por tu cuerpo provocando el amor); mientras revisando material sobre la Moda y su vigoroso injerto, el Surrealismo, me enteraba que en los veinte del siglo pasado, Lee Miller, supermodelo de Vogue con sarampión artístico, viajó a París y buscó a Man Ray —ya sabes, el de la metamorfosis de Kiki de Montparnasse en “Violín de Ingres”— se toparon en la puerta del departamento. Ray salía de vacaciones, solo. Miller se apuntó. Tres años vivieron juntos.

Me entona Zoe.

Nubes negras vienen y se van

     Traficando soledad

     Besos, risas y cenizas

     Flagelando oscuridad

     Nubes negras vienen y se van

     Laberintos de papel, maché

    Se rinden las olas a tus pies

    Convulsionan y se van

    Quiero un fin de semana en el cielo

    Quiero volver a verte otra vez

      Al final del infinito

      Entre ríos púrpura

 

Salto de la cuerda floja y me disculpo contrito:

¿A qué voy? ¿A dónde enfilo la proa? Me pudriría un malentendido, agobiarte. Sólo aspiro, si aspiro, al momento; a este presente, singular sin duda, extravagante incluso, que nos une, reúne. Promesa sin futuro. Verte de nuevo, arca del día. No, no, no, no te rajes todavía Ra. El nubarrón sólo a mí me compete. A pulso —¡so pendejo!— me gané un día borrascoso que únicamente me regalaba luz.

Tuyo, expectante.

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