Crónica 38 Montreal

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Es sábado, ha llovido todo el día, contraste fuerte después de un viernes no sólo soleado sino caluroso. Estamos a principios de octubre, por lo que lo inusual fue el brillo de ayer, no el agua de hoy, la cual es en realidad señal de un típico día de otoño canadiense. Estoy con un amigo dentro de un Uber camino al Musée de Beaux Arts para ver las exposiciones de Toulouse-Lautrec y de Robert Mapplethorpe, artista éste último al cual conocí gracias al libro Éramos unos niños de Patti Smith. Mi amigo lleva un mes en Montreal trabajando y me cuenta que aunque la aplicación de Uber funciona normalmente, la compañía está en tal disputa reguladora que el uso de este sistema de transporte es considerado ilegal. ¿Cómo es posible que estemos dentro de uno? Porque los conductores de Uber de manera simple e inteligente le piden al cliente que se siente adelante, no atrás; así, lo que parece ocurrir es que un amigo le está dando un aventón a otro, y no un chofer desconocido con una persona sentada atrás intercambiando dinero por servicio.

Todo Montreal está en construcción y digo EN CONSTRUCCIÓN. Es como si el gobierno hubiera decidido arreglar absolutamente todos los problemas de la ciudad al mismo tiempo, en lugar de haberlo empezado a hacer décadas atrás, planeando que en el 2017 se celebrarían los 375 años de la ciudad. Están haciendo de todo: segundos y terceros pisos, nuevos drenajes, adoquinados, condominios, hospitales, hoteles. Hay tal cantidad de conos de construcción adornando las calles que un taxista me contó que en las tiendas de souvernirs del centro, ahora te venden llaveros de conos junto con hojas de maple y alces. Asimismo, otro taxista me dijo que en realidad esos conos están literalmente de adorno estorboso debido a que el gobierno no tiene dónde almacenarlos. Puede ser que esta historia sea cierta, pues para tal cantidad de conos no se ve la misma cantidad de trabajadores, más bien hay maquinaria pesada estacionada en calles rotas, pero sin que se vea un alma trabajando, así sea lunes, martes o domingo.

Por lo que me doy cuenta, Montreal es en verdad un pedazo latino en Canadá y aunque esto suene obvio, no es un lugar tan simple de entender. Desde que vivo en Toronto he tenido la oportunidad de venir varias veces, algunas por trabajo, como ahora, y otras por diversión, y cada vez que estoy aquí descubro cosas nuevas, comportamientos nuevos, tensiones nuevas. Recuerdo que en mi primera visita me quedé enamorada de la parte vieja, me pareció fascinante que a pocas horas en tren me encontrara en un lugar tan europeo, tan diferente a Toronto; con calles estrechas y laberínticas, adoquinadas y repletas de lugarcitos románticos para tomar vino y comer quesos. Sin embargo, en mis otras visitas, esa idea un poco de novela se ha ido dispersando y poco a poco me he dado cuenta de la actitud un tanto agresiva y malhumorada de sus habitantes, quizá como resultado de la enorme e incómoda tensión que existe entre los anglos y los francos. Hay una especie de complejo resentido de los primeros contra los segundos porque a pesar de vivir en una provincia cuya lengua oficial es la gala, están implícitamente obligados a comunicarse en inglés si la situación lo requiere, más no viceversa. Es decir, en la parte inglesa de Canadá, muy pocos son los que hablan francés, por lo que si, por ejemplo, un quebecois visita Toronto tendrá que masticar un poco de inglés si quiere sobrevivir, mientras que aquí, después de marcar territorio con un hello, se asegura que la conversación se desarrollará en inglés. Todo esto, creo, es un problema de rivalidades tan viejo como la colonización de Canadá, acentuado con la total pérdida del control económico de Montreal en los años ochenta, cuando en Quebec se hizo el primer referéndum sobre la separación de la provincia y todos los bancos y empresarios ricos decidieron trasladarse a Toronto ante la amenaza de la turbulencia política. Como dice mi amigo, esta etapa realmente marcó el fin de una ciudad (Montreal) y el principio de otra (Toronto).

Y sí, Montreal es una ciudad que se ve fue poderosa, su arquitectura es interesante, tiene un diseño mucho más europeo, es estéticamente bonita, con atracciones maravillosas como sus museos, su calidad en la comida; tiene mucho más sentido común y cálido para resolver la vida cotidiana.

He escuchado a varios montrealinos decir que Toronto les gusta pero que a pesar de su multiculturalismo todos parecen estar uniformados y siguiendo la mismas ambiciones de éxito y dinero, mientras que el arte es la fuerza propulsora de esta ciudad. Montreal en mucho me recuerda a México, por su caos y por la existencia de una burocracia dedicada a la administración de las artes, que por más que critiquemos su ineptitud, cuando menos parece prolongar las identidades artísticas de nuestras culturas.

Montreal da muchísimo para hablar; estamos llegando al museo, el Uber nos dejará enfrente después de una hora a vuelta de rueda esquivando conos, hoyos y baches. La cola de gente para entrar es larga. Ni modo, habrá que hacerla, se me olvida que en Montreal la gente sí va a sus museos…

 

P. Rivera.

 

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