HOMENAJE A TERESA ORIGINAL por Fernando Curiel

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HOMENAJE A TERESA ORIGINAL

Fernando Curiel

Para mis hermanas Diana y Guadalupe

Según registro municipal (dato que debo a Christian Berger), el abuelo materno, minero francés, se avecina en Taxco, Guerrero, el 7 de noviembre de 1897 (William Spratling lo hará el 23 de abril de 1929).

¿Por qué México? Campo de especulaciones. Lo incuestionable es que jamás regresa a su país y que, en la vida familiar, arría la bandera gala.

Llegué a conocerlo. Hombrón, señorón, seco, introvertido.

Para 1897, Porfirio Díaz cumplía sus primeros diez años como Jefe Máximo de la Nación, incluido el cuatrienio de su compadre Manuel González (tan falto aún hoy de justiprecio histórico). Al año siguiente, se consumaría la última emancipación, la literaria, del siglo XIX mexicano. Revista Moderna, y Modernismo, de José Juan Tablada y pandilla (antes, Manuel Gutiérrez Nájera, El Duque Job).

El XIX, en nuestro país, siglo más de Emancipaciones que de Caudillos. La colonial de España, la social de la Reforma, la mental del Positivismo, la de las letras.

Supongo a don François, mexicanizado don Pancho, buscando vetas argentinas en otros Reales de Minas. Mi madre, Teresa (a veces me sonaba a tristeza), la penúltima de cinco niñas preciosas, nace en Zacatecas.

De nuevo la familia en Taxco, Teresa vive una infancia y una primera adolescencia míticas. Lee poesía. Dibuja. En las flores (geranios, gardenias, sus favoritas orquídeas), se reconoce floral. Habla con las plantas. Pero lo que fuera un proyecto familiar de traslado a la Ciudad de México, de escuelas femeninas exclusivas, se va al diablo por una mala inversión de lo atesorado (albo engañoso algodón, que así como subía de precio, se desplomaba). Lección: no, nunca, jamás todos los huevos en la misma canasta.

La hermosa, romántica Teresa, encuentra trabajo como secretaria en una notaría, Edificio París, Calle Cinco de Mayo; y, en la colonia Roma, todavía con tufos porfirianos, donde se instala la familia Defossé-Torres, a mi padre, Fernando Curiel Espinosa de los Monteros. Pasada una fiebre toreril, actor de cine, galán en la línea, si no de Pedro Armendáriz, sí de Roberto Cañedo. Se tenga o no talento.

Además, la vida imitaba a la cinta de plata. Los productores descubrían “Estrellas” por doquier (recuérdese el caso de María Félix, sorprendida frente a un aparador de la Avenida Juárez, ¿viendo su propio reflejo?). Cine de géneros precisos, como los clasificara Ayala Blanco en su primer libro, definitivo (insuperable para él mismo). Mis padres alimentaban el género Melodrama, extremo, tipo Salón México, con Teresa en el papel de anónima abnegada sufrida esposa y Fernando Curiel en el papel de Rodolfo Acosta.

Imposible un día más de conyugal infierno, la hija en una mano, el hijo (yo) en la otra, Teresa migra al lugar de la infancia maravillosa, maravillada. Día de los Muertos (como en la novela Bajo el volcán de Malcolm Lowry, que no renació de entre los muertos de sed insaciable).

En 1947 nace la casa de Modas Teresa Original. Se despliegan los primeros diseños. ¿Tendencia? Fusión. Mi madre: gusto exquisito, cortadora fuera de serie, talento empresarial irrefrenable. Proliferan en el pueblo, y rancherías y cuadrillas, los talleres familiares que proveían a “la tienda de doña Tere”, prendas envueltas con delicadeza, cuál dádivas. Mi madre vestía sus propios diseños. Ráfagas rojas en mi memoria: los labios, las uñas de pies y manos. Rojos en piel porcelana.

Memoria. Lo que elige es el esplendor. Casa Borda, de los tiempos novohispanos de Don José Midas, “Fénix de los mineros de América”. En el fuste de la alpina subida al Zócalo y su tesoro a ojos vistas, el prodigio barroco de Santa Prisca.

Primera sala: racks rebosantes de telas, telar que teje lanas sedosas, muebles exhibidores, en lo alto la gran fotografía de mi padre junto a María Félix, escena de Doña Bárbara, película dirigida en 1942 por Roberto Gavaldón.

Segunda sala: descomunal probador con un espejo casi de piso a techo, un sofá de descanso, la caja registradora.

Tercera sala: el reducto de la dueña, su estudio, taller de composturas al momento y de invenciones al punto materializadas. Tijeras, agujas, alfileres en sus alfileteros, dedales, cintas de medir, patrones (se adquirían en México, en el Sears Robuck de Insurgentes). Privilegio de pocos verla trabajar.

Fernando, en los Estudios Clasa, en los Churubusco, en la farándula, deshaciendo su carrera. Reaparecía en Taxco, canalla y vividor. Dos hijas más.

Visitante nocturno a mansalva, me aleja para siempre del sueño continuado, seis, siete horas, a cambio de un sueño sin profundidad, alerta (el de las trincheras en la Primera Guerra Mundial).

Temporada hubo en que, por la tercera sala se accedía al patio colonial del último nivel de Casa Borda, con su fuente fresca, sustraída a la mirada del sol. Aquí instaló mi madre su oficina.

Esplendor dentro del esplendor. Cuarentas, cincuentas, sesentas. Edad comercial de oro. Tres emporios en la Plazuela de Bernal. Talleres Los Castillo, Toño Castillo, el más Spratling de los discípulos de Don Guillermo, y “El Chato” y “Coco”. Teresa Original, por supuesto y, frontera, la negociación rival de también la diseñadora Tachi Castillo, no menos talentosa.

En la alberca del Hotel Misión, el mural de Juan O’Gorman de fondo (“Nuestro Señor Cuauhtémoc”), desfile de modas de la casa de modas Teresa Original. Mi hermana mayor, adolescente, y primas adolescentes, y empleadas de buen ver, muestran diseños fabricados con manta, algodón, popelina, lana, botones de hueso y plata, encajes espumando escotes tipo Golondrina. Uso audaz de estambres, estampados, lentejuelas de uno y mil colores. ¡Ay, vestidos de una sola pieza, muy cincuentas, y sacos chinos, espejeantes, que no he vuelto a ver! (pero que imagino en un cuerpo joven de mi rendida predilección).

Gringos, el travel chek a flor de firma, pero manifiesta, estudiosa curiosidad mexicana, y no todo era entonces Frida Khalo, invento del feminismo alemán. Gringos pero también europeos. Cenaban en terrazas con mesas iluminadas por velas, estrenando ufanos las compras del día, escuchando dulces marimbas, tríos discretos, “Taxco de mis amores” (ahí enfrente, pesebre iluminado), “Por los caminos del Sur” (vámonos para Guerrero, porque le falta un lucero, y ese lucero eres tú).

La Reina Fabiola de Bélgica, maniquí de Teresa Original.

El voto bravucón, tercermundista, del presidente Luis Echeverría, en la ONU, pro-palestino, hostil a Israel, provoca un boicot turístico al que se suman otras debacles. Alza del precio de la plata, plaga de los “mayoristas”, decadencia del arte platero, ausencia de agresivas políticas promocionales.

Taxco, pálida sombra de lo que fue.

 

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