Crónica 35 – TIFF

35

La primera vez que fui al Festival de Cine de Toronto (TIFF) fue en 2006, justo en el mes de mi cumpleaños —septiembre— y justo fue el año en que me mudé a esta ciudad. Uno de mis regalos fue un pase conocido como el “Industry Pass”, que me daba acceso a todas las películas que se exhibían en funciones especiales para los compradores, vendedores y críticos, así como a discusiones, páneles y ciertas fiestas, las no glamourosas.

Recuerdo ese año como especialmente estresante, pues a pesar de haberme mudado a Canadá (Vancouver) 7 años antes, en mi imaginación Toronto era como estar en Hollywood y, por mi particular personalidad, esa fantasía, en lugar de darme ilusión, me llenaba de miedo.

En ese entonces TIFF no era lo que es hoy, es decir, todavía se sentía como un evento local donde la comunidad del cine canadiense era tomada en cuenta y donde la aparición regurgitante de estrellas del cine gringo todavía no era lo más interesante del evento. Las películas programadas eran en verdad rarezas y no una lista interminable de productos comerciales que evidentemente terminarán por ser exhibidas en todas las salas del mundo, pues son de venta fácil. Las cosas ya empezaban a cambiar, así como el mundo, pero aún me tocó ver un festival mucho más sensible comparado con el borreguil que es ahora.

En ese entonces, una actriz más o menos amiga, a la cual conocí en Vancouver, estaba participando en una película canadiense seleccionada y me invitó a tomar café un mediodía. Me encontré con ella en el Hotel Intercontinental, yo venía de la sala de cine, donde vi películas de todas partes del mundo desde las nueve de la mañana (confieso que es mi hora favorita para ir al cine, no hay nada como ver una película con un café y un croissant a primera hora del día); mientras que ella venía de varios compromisos para promocionar su película.

La idea de ser una mujer libre e independiente fue para mí, por mucho tiempo, el viajar sola, el ir a bares sola y tomar cerveza o whisky mientras escribía en mi diario; comportamientos —creo— más bien ad hoc para personas que ambicionan ser más como Hemingway, y no tanto para los que, a pesar de mis críticas anteriores, queremos ser estrellas de cine. Estaba viviendo los últimos momentos de esa filosofía cuando ocurrió el encuentro con mi amiga actriz. Llegué unos minutos antes de la hora de la cita al bar del hotel. Pedí una copa de vino tinto pues mi idea era relajarme, comerme una hamburguesa, pasármela bien. Estaba vestida de lo más informal, pero adecuada con mi enfoque bohemio del momento. Mi amiga llegó con pose de estrella y con todas las circunstancias alrededor respaldando su actitud. El contraste de

nuestras realidades fue duro para mí. Lo interpreté —para variar— sin mucha mesura, poniéndome a mí en la basura y a ella en el cielo; sintiéndome gorda y fofa, y percibiéndola a ella como una sílfide musculosa. Recuerdo que pidió una taza de agua caliente con limón, mientras yo iba en mi segunda copa. No me animé a pedir la hamburguesa. Durante nuestra extraña plática: su éxito (¿hace cuánto que yo no trabajo? y no te preocupes que ya vendrá) me comentó que esa noche tenía que usar un vestido exclusivo para promocionar no tanto la película sino al diseñador, que su prueba era en unos cuantos minutos y que, por lo tanto, no tenía mucho tiempo para estar conmigo. ¿Para qué me buscó? —pensé.

Después de pagar por nuestras muy diferentes bebidas, por supuesto que yo invité —no faltaba más—, la acompañé a su hotel. Estaba hospedada en lo que todavía era el Four Seasons en la calle de Avenue Road (el nuevo hotel está ahora en la calle Bay), y a pesar de que estaba repleto de guaruras, pues Penélope Cruz también se hospedaba ahí, me invitó a su habitación por unos segundos en lo que se preparaba para salir a su prueba. No sé muy bien por qué acepté, pero subí. Al entrar a su aposento percibí una oscuridad y un desarreglo nada apreciables. Había platos sucios y restos de pan tostado, huevos cocidos y manzanas a medio morder por todo el cuarto. Mi amiga se disculpó por su desorden y me dijo que nunca dejaba que limpiaran su habitación cuando estaba en hoteles, que así sentía que su espacio era realmente suyo. Ésa es una actitud de estrella, pensé inmediatamente, al mismo tiempo que me pregunté si yo podría hacer lo mismo. Después de unos minutos me despedí afectuosamente, le deseé todo el éxito del mundo y regresé al cine Varsity (antigua sede del festival, antes de que construyeran el TIFF Lightbox Theatre) a ver más películas, no sin antes comprarme un sandwich enorme de carnes frías y quesos, que de manera casi compulsiva y auto compasiva, me comí.

Años han pasado desde ese primer festival, me han ocurrido cosas buenas en mi carrera, y otras muy decepcionantes. Mi filosofía de beber cerveza y whisky en la soledad es cosa del pasado, entiendo un poco mejor el por qué del agua caliente con limón horas antes de modelar un vestido y aunque nunca me ha pedido un diseñador que vista sus creaciones, sí he usado un Gucci original para interpretar a un personaje. He vivido momentos donde me he sentido estrella, donde mi cuerpo ha estado en súper forma y donde, por supuesto, he perdido piso y sentido de la realidad.

Durante todos estos años he sido invitada a fiestas de TIFF, algunas más glamourosas que otras. He ido, al principio con la ilusión adolescente de ser descubierta por productores y directores; después con la amargura de no haberlo sido; este año ni siquiera me he preocupado por ello. Sin embargo, si lo pienso unos segundos, no niego que me encantaría, por una vez en mi vida, estar en una posición similar a la de mi amiga, sabiendo pertenecer, promoviendo mi película, codeándome, si no con los personajes más interesantes, cuando menos con los más comerciales de la industria cinematográfica…

Y tal vez no dejaría que limpiaran mi cuarto.

P. Rivera.

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