Crónica 34 – Meditar con o sin Budha

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Este 2016 ha sido para mí y para mucha gente que conozco un año especialmente cargado, pesado, quizá hasta cansado. Se han presentado de manera inmediata a situaciones mágicas muchas trágicas y viceversa. La capacidad de predecir el funcionamiento de cosas que antes me parecían lógicas me ha abandonado, cuando planeo una cosa ocurre otra. Procurando cierta sabiduría me recuerdo que en realidad la vida es así, que lo único constante es el cambio y que tanto movimiento no hace más que hacer evidente la naturaleza caprichosa que es este negocio de andar vivo. La imposible certeza del comportamiento del tiempo y me refiero al calor, frío, viento, lluvia, sequía… es como un espejo de nuestra mente humana, a la cual la invaden pensamientos interminables todas horas del día. Algunos son importantes, la mayoría banales; otros nos hacen llorar, nos preocupan; otros son fantasías, o memorias; otros nos dan alegría, nos enojan, nos llenan de rabia y de un estrés tan fuerte, que creemos vamos a explotar y entonces nos llenamos de miedo y de parálisis. Las estaciones se comportan pues tan temperamentales como nosotros; pero la gran diferencia es que ellas sólo son, mientras que nosotros nacemos con la misión de aprender a ser y en este mundo tan lleno de información a medias, de insultos gratuitos, de juicios tarados, de injusticias inimaginables y del ya indiscutible calentamiento global, el trayecto para ser un humano estelar es más que nada un acto de fe que requiere de mucha, pero mucha paciencia.

Estas son las reflexiones que ocupan mucho de mi tiempo y que me angustian. Estoy a punto de entrar a una edad que a juicio del mundo anuncia el fin de la juventud, del potencial, de la experimentación. Me doy cuenta que muchas veces sigo escuchando opiniones familiares y sociales que nada tienen que ver con la realidad de mi intento de vida, de lo que día a día me propongo ser y es por esta realización que me animé a meterme mucho más profundamente en la práctica de la meditación.

Hace apenas unas semanas concluí un curso de Mindulfness-based Stress reduction Program (MBSR), el cual está basado en el programa creado por Jon Kabat Zinn en la Universidad de Massachusetts. El programa consiste básicamente en entender que gracias a la práctica diaria de la meditación, áreas del cerebro que generalmente andan en un vicio tarado de pensamiento, son capaces de hacer conexiones nuevas cuyo potencial es trascender de manera

práctica nuestra reacción a traumas, que aunque vividos dentro de los primeros nueve años de vida humana, siguen dirigiendo la manera como respondemos ante los estímulos externos e internos. Es decir, nuestro cerebro reptiliano deja de ser el único responsable de nuestras respuestas primitivas, que básicamente son tres: huir, atacar y paralizarnos, ya que al meditar ejercitamos la capacidad de observarnos y así darnos la oportunidad de decidir con más creatividad cómo resolver conflictos.

Es increíble pensar que casi todos andamos por la vida moviéndonos como trapeador porque estamos instalados en la amargura de la niñez y no hacemos más que saturarnos de alcohol, trabajo, comida, sexo, ejercicio, televisión o chismes para copar con nuestra existencia. Sé que no hay nada nuevo bajo el sol, que estos temas son de conocimiento común, que hay miles de prácticas, escuelas y medicinas dedicadas a lidiar con esto, pero para mí lo que sí es nuevo es el potencial que existe en el que como seres humanos seamos capaces de evolucionar al grado de finalmente usar todas las capacidades de nuestra mente para ver sin limitaciones, con creatividad e imaginación la vida. En una visión idealista, si todos practicáramos vivir de esta manera, sería imposible pensar en nuestra obsesión por lastimarnos los unos a los otros todo el maldito día, de todas las malditas imaginables formas.

Todo esto fue lo maravilloso que me quedó del curso, así como que por ocho semanas me discipliné en la práctica meditativa pues había que reunirse una vez por semana para entregar prueba de nuestro compromiso. El curso estaba cubierto por la Secretaría de Salud de Ontario, no había más que aplicar y después de una entrevista con la doctora que lo imparte, ella decidía quién era aceptado. Todo tipo de preguntas fueron hechas en el encuentro, desde historia de vida hasta un recuento de hábitos y enfermedades detalladas, pues por lo que entiendo el programa fue diseñado más que nada para pacientes con cuadros crónicos espantosos, con dolores y enfermedades tan fuertes que sólo una perspectiva mental distinta podría ofrecer una medicina efectiva. Nunca se habló de la parte espiritual de la meditación ni de las prácticas Budhistas, todo se explicó en términos científicos y con la ayuda de la lectura del libro base, Full Catastrophe Living, escrito también por Jon, ni me quedó ninguna duda de lo benéfico que es “dejar de hacer” (otra manera de llamarle a la meditación) de una manera intencional y concentrada.

A una cuadra de mi casa está un templo Budhista de la rama Kadampa. Está construido en lo que hasta hace algunos años era un Templo de la Iglesia Unida, muy típico en Canadá. La

remodelación les quedó linda, el interior es todo blanco y los altares están adornados con distintos Budhas dorados los cuales representan los distintos estados virtuosos de la mente.

Mi conocimiento de esta religión está en pañales pero la idea de que todos somos capaces de crear nuestra felicidad en el ahora me encanta. Empecé a ir al templo hace como cuatro años y aunque ha cambiado mucho, de un lugar humilde se ha convertido en un espacio bastante más negociante y corporativo, estoy entusiasmada por combinar lo que aprendí en el MBSR con las prácticas y enseñanzas Budhistas. A ver qué pasa, a ver cuánto duro con mi nueva disciplina. Espero que mucho.

P. Rivera

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