KIOSCO MORISCO de Fernando Curiel

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KIOSCO MORISCO

Fernando Curiel

 

Hoy por hoy, la “densificación” (de lujo, Torres Ghetto de Varsovia con Gym y Spa) le está dando el tiro de gracia a la Ciudad de México (que así se ha llamado, y se llamará, dictado de su Historia y no de un Constituyente balín).

Lo cierto es que la capital de la República está creciendo “á la Diable”.

Años atrás, creo que en la época del regente Manuel Camacho y sus colaboradores pos-graduados, escuché una tesis escalofriante: que la capirucha se volviera tan pero tan cara que sólo quedaran en ella los que pudieran pagarla. Los que no, la mayoría supongo, que migraran. Donde pudieran. Suerte les diera el PRD, la Asamblea de Barrios y, últimamente, MORENA.

Pero si usted, querido “follower”, es de los que creen que hay salidas al desastre urbano; obra no de los gobiernos inexistentes (o en eterna campaña electoral), sino de la ciudadanía, sobre todo la de “a pie”; le sugiero empezar por el redescubrimiento de los hitos urbanos de la Ciudad de México.

Los que han sobrevivido a invasiones de ejércitos extranjeros, reyertas armadas internas, terremotos, priistas y perredistas y en los últimos tiempos morenistas, inundaciones y demás calamidades. Redescubrimiento que, como el Amor, requiere preparación.

Me asomo a la Columna de la Independencia, de acuerdo, pero ¿cuál es su historia, por quién se construyó, cómo? (vea usted en este blog “Puño electrónico”, la increíble fotografía de la colocación, con la tecnología de la época, del “Ángel”, hacia 1909, 1910). Para las preguntas podemos acudir al método de los periodistas: ¿Qué? ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por qué? y ¿Para qué?

Vamos ahora, lo invito, al Kiosco Morisco, en Santa María la Ribera.

Morisco por el estilacho mudéjar, islámico. En el entendido de que no sólo “El Caballito” ha tenido que viajar. Del “Zócalo” a la esquina de las avenidas Juárez y Reforma (donde lo visitaban, en la madrugada, borrachines ansiosos de conversación). Y de aquí a la Plaza Tolsá, donde además de observar a cientos de danzantes de “la mexicanidad”, concheros y concheras, cayó el pobre en manos de caballerangos burócratas ineptos que casi lo matan.

Desplacémonos, pues, a Santa María la Ribera, por la calle Salvador Díaz Mirón.

Al Kiosco Morisco lo diseñó, y ejecutó, en el siglo XIX, el ingeniero Juan Ramón Ibarrola.

Usted está para saberlo y yo para contarlo, pero tiempos hubo en que las Exposiciones Universales excitaban el ánimo de las Naciones (como las Copas Mundiales de Fútbol o las Olimpiadas). El Kiosco Morisco tuvo su origen en la participación de México en la Exposición Universal de Nueva Orleans, en 1884.

Fundido en Estados Unidos, de Nueva Orleans viajó a Chicago, y de Chicago a San Luis Missouri, y de aquí al costado de la Alameda de la Ciudad de México, que después sería destinado al Hemiciclo a Juárez.

Expulsado de la Alameda, el Kiosco Morisco fue a dar a donde está, Santa María la Ribera.

Después de años de incuria, en 1972 fue declarado, al fin, Monumento Artístico.

Visítelo. Siéntase en Arabia.

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