Crónica 32 – Verano

CRONICA 32

Todos los habitantes de esta ciudad coincidimos con la opinión de que cuando es verano Toronto es otro; de un lugar fantasma se convierte en un balneario, todos estamos fuera de nuestras casas y si estamos dentro es porque hemos organizado parrilladas con amigos donde la cerveza, la carne o hamburguesas, papas, cacahuates y totopos con guac (como espeluznantemente le dicen aquí al guacamole) son la orden del día. Vemos amigos que no habíamos visto durante el invierno y es imposible imaginar que de este calor pasemos, en unas cuantas semanas, a esos fríos que en realidad son lo que le dan identidad y fama mundial a Canadá.

Una de las cosas más notorias para mí durante este particularmente caluroso verano es la cantidad de encuentros improvisados que he tenido con mis conocidos, en especial con mi amado gremio femenino, o mejor dicho, amigas. Toronto y, quizá todo el mundo a partir de cierta edad, es un lugar donde el encontrarse requiere de planeación anticipada, es decir, si se quiere ir a cenar con un par de amigos, hay que organizarlo cuando menos una semana antes, un mes es todavía mejor. No existe el hábito de “caerle” a alguien, de hecho, aparecerse sin previa cita en casa de un conocido, puede ser interpretado como uno de los insultos más graves de civilidad. Afortunadamente tengo la suerte de que mis más cercanas amistades tienen una visión un poco más relajada de lo que son los horarios de visita canadienses.

Hace unos días, Vincenza me mandó un mensaje comunicándome que nuestra muy querida amiga en común, Nava, iba a pasar a tomar una copa a su casa, y de manera muy informal me invitaba a reunirme con ellas. Era uno de esos días tan calurosos que la intuitiva reacción de mi cuerpo y mente, criados en la Ciudad de México, era la de vacacionar, por lo que la batalla de no hacerlo, es decir, ponerme las pilas y producir, la iba a perder inevitablemente. Encantada acepté. Decidí que mis dos perros, Jamones y Manchego, me acompañarían a la visita ya que Vincenza vive muy cerca y la caminata por el pavimento ardiente no les resultaría tan infernal. Después de casi media hora en un trayecto que normalmente me tomaría diez minutos, jalando perros jadeantes, por fin logramos llegar. Vincenza, como lo he descrito otras veces, vive arriba de un restaurante del cual era dueña hace ya casi diez años y que ahora le renta a un chico coreano cuya ambición es abrir un bar de comida vietnamita francesa. Lleva más de seis meses en el proyecto, sin que se vea claro para cuando abrirá, pero la renta la paga, por lo que Vincenza

ha decido procurar no preocuparse por su espacio que sigue en remodelación destructora e interminable.

Tuve que cargar a mis perros hasta el departamento pues ambos le tienen fobia a las escaleras de metal y, a diferencia de mi sudado ser, mis amigas lucían frescas como lechugas tomando Aperol-Spritzers (bebida de moda de este verano, el pasado eran Negronis, cuya combinación es prosecco o cava, aperol, agua con gas y hielo) y botaneando con salmón ahumado, queso parmesano, aceitunas verdes y frituras de camote y betabel. Ver ese escenario me llenó de alegría; las dos celebraron mi llegada y la de los canes con efusivo entusiasmo y no había pasado más de un minuto cuando ya tenía un Aperol-Spritzer en mano. Platicamos de todo, pero especialmente de lo importante que era tener este tipo de días improvisados y de lo indispensable que era tener un grupo de amigas que en realidad tuvieran la función de ser familia, de brindar confianza total y apoyo absoluto. Estábamos en medio de esta conversación cuando Vincenza recibió la llamada de Antonia, quien le anunciaba que estaba abajo de su casa y que subiría un momento a decir hola. La noticia fue recibida con alegría y en unos segundos Antonia, más sudada que nosotras tres junto con los perros, apareció en las escaleras de metal sorprendida por vernos a todas reunidas. Su intención era una breve visita antes de continuar su trayecto productivo, pero al pasar las horas, las copas de vino y spritzers, decidió despreocuparse y ceder ante el ambiente de vacación que se había apoderado de nosotras.

Nos dio hambre y decidimos bajar a cenar al restaurante de la esquina, lugar que tiene el mejor patio de la ciudad y que en los años noventa debió haber sido centro de reunión de actores famosos y gente bonita. Todos los que vivimos en este barrio vamos con frecuencia, pues la comida es rica, sencilla y los precios accesibles, es pues, una trattoria pero con onda. Los dueños son una pareja increíblemente interesante y bien parecida, él es un hombre quizá cincuentón pero su belleza está todavía presente pues fue modelo y ella es una amazona italiana cuya vida previa a su prematuro retiro como restaurantera, fue ser parte de la policía secreta dedicada a infiltrarse en los mundos de la mafia torontoniana. Se rumoran muchas cosas de ella como policía, buenas y malas, pero lo cierto es que desde que está al cien por ciento a cargo del lugar, la comida ha mejorado y las cosas funcionan mejor.

El patio estaba repleto y gracias a la arbitrariedad de las reglas sanitarias en Toronto, los perros no pueden estar dentro de los patios sino amarrados a las rejas que los delimitan. Afortunadamente un chico al cual conocemos y que estaba cenando solo en una de las mesas

junto a las rejas, me dejó amarrar a Jamones y a Manchego y prometió cuidar de ellos. Nosotras encontramos una mesa en la parte de atrás del patio y lejos de mis perros, quienes afortunadamente ni se inmutaron al verme partir. A los pocos minutos de habernos instalado, una pareja joven sentada al lado empezó a hacernos plática cuya forma era una especie de confesión que informaba su naturaleza Poliamorosa. En resumen, ella le entraba a todo; el hombre no, pero comprendía a su mujer ya que para él, sexo, sólo era eso, sexo. Mis amigas y yo escuchábamos de manera educada y atenta y respondíamos con un tono un tanto consolador pues en realidad el chico tenía una cara de angustia que no podía con ella. ¡Fantástica actitud de comprensión!, celebró Vincenza, ¡yo quiero un amor así! Ante estas palabras, la mujer que estaba sentada en la mesa de enfrente gritó: “¡yo también!”, y la mujer sentada en la mesa al otro lado de la pareja reiteró: “¡yo igual!”. En un instante todos los comensales parecíamos estar del lado de esta pareja tan aparentemente abierta y sofisticada y al unísono, entre risas honestas más que nerviosas, alzamos una copa de vino festejando al amor.

La pareja terminó de cenar y se marchó, Antonia celebró el vivir en un país donde existe la libertad de tener cualquier tipo de conversación en público sin miedo a ser arrestados. Nuestra alegría por estar juntas continuó hasta ya entrada la noche. Los perros al cabo de un rato fueron discretamente introducidos a nuestra mesa y como son muy bien portados no hubo ni quien se enterara de su presencia.

P. Rivera

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