Crónica 30

cronica 30.jpgEl día que conocí a Guillermo del Toro

Fue un viernes a las cinco de la tarde cuando conocí a uno de los directores más famosos de los últimos años. Resulta que esta personalidad vive en Toronto desde hace algún tiempo y realiza casi todos sus proyectos en los estudios Pinewood, de hecho, dicen que esos estudios son su segundo hogar. Su residencia en esta ciudad no significa que contrate actores canadienses, pues dada su fama, su repertorio de talento viene directamente desde los United States of America, para variar. Sin embargo, milagrosamente, me llegó una audición para su última película. El papel, también para variar pues últimamente ando encasillada en el estereotipo de las trabajadoras domésticas latinas, era para interpretar una conserje enojona. Casi como por suerte kármica, dije que sí a la audición antes de darme cuenta que era nada más ni nada menos que para Guillermo del Toro y que además estaría él presente en la prueba. Digo por suerte kármica porque hace apenas una semana lloré alrededor de cinco horas por haber accedido a audicionar para otro estereotipo. La desesperación de mi ego y de no ver hacia dónde va mi carrera se apoderó de mí, pero después de quedar en estado catatónico comprendí que es mejor reírse de esta situación, no tomarlo de manera personal y pensar que cuando menos estoy activa audicionando. Quiero aclarar, como lo he hecho en crónicas anteriores, que mi frustración no es por representar a esta indiscutiblemente admirable gente, sino por lo mal escritos que están los papeles, ya que no hacen más que propagar el cliché de que los latinos somos una bola de ignorantes y que los “blancos” son seres capaces de salvar al mundo siempre.

La mañana del viernes estuve ocupadísima, tuve que ir a sacarme sangre a las 6:30 de la mañana, hacer ejercicio de nueve a diez y posteriormente meditar 45 minutos como parte de una tarea, pues me metí a un programa de Conciencia Plena para aprender a lidiar con el estrés creciente que traigo. La audición estaba programada para las 4:45 de la tarde, por lo que, en realidad, tenía una larga mañana para pensar en ella, preocuparme, rezar, invocar a la Virgen de Guadalupe, a mi luz interior, en fin, ni el cansancio de mis actividades concentradas y físicas de la mañana pudieron impedir la ansiedad causada por el contraste entre la emoción de conocerlo y hacerlo con diálogos tan abundantes y elaborados como éste:

—Hey! you do this, I kill you (¡Oye!, haces esto, te mato).

—Hey! (¡Oye!).

Y… fin del diálogo.

Qué ironía de la vida.

Procuré respirar profunda y constantemente todo ese tiempo y evitar pensar en lo que le iba a decir a Del Toro: ¿lo saludaría en español? ¿En inglés? ¿Sería mejor no decir nada? Me lavé el pelo mucho antes de la hora pues con la ola de calor en Toronto los efectos húmedos de bañarse son iguales a los que ocurren en ciudades como Mérida, es decir, uno empieza a sudar dentro de la regadera. Me puse un par de tubos para darle volumen al cabello a pesar de que en mi lectura del personaje éste era una mujer de aspecto austero, sin maquillaje ni tocado, y busqué en Google imágenes de conserjes. Decidí vestirme con un pantalón gris de algodón, una camiseta también gris y mis tenis Panam decorados con imágenes de la cerveza Indio que compré en una tienda de la Condesa el pasado enero. Pensé sinceramente que ese toque chilango me conectaría inmediatamente a él, nos reconoceríamos como “México Club” y seríamos instantáneamente amigos. Finalmente me amarré una cinta en el cabello y llamé a Uber.

Llegué al lugar de la prueba con 20 minutos de antelación. El corazón se me salía por las orejas. Había alrededor de cinco actores esperando su turno, dos eran actrices que también audicionaban para mi papel. Una de ellas era muy atractiva y la otra era una veterana prolífica en el mundo del teatro y la televisión canadienses. Guillermo venía retrasado por lo que la tensión de la espera y la competencia se hizo aún más tortuosa. Yo con los nervios no podía emitir sonido, estaba más bien concentrada en no desmayarme, la actriz veterana saludaba a todo el que pasaba y la atractiva repetía las dos líneas antes mencionadas una y otra y otra vez caminando de un lado a otro de la sala. Finalmente Guillermo llegó; para poder ingresar al cuarto de la audición tenía que pasar por la sala de espera, donde, me imagino, observó a cinco humanos con ojos de súplica pretender ser dueños de su pertenencia en el mundo.

Fui la segunda en pasar, en cuanto entré al cuarto dije en español:

—¡Hola Guillermo, es un placer conocerte!

Me ignoró intencional y completamente. La sangre se me fue del cuerpo, sentí una humillación tan grande, como si alguien hubiera removido el piso sobre el que estaba parada. Me reclamé ser tan ceremoniosa, tan necesitada. Todo esto en una fracción de

segundo. A Dios gracias y quizá por ese karma de aceptación, el hombre que estaba sentado al lado de él, uno de los productores, me saludó respetuosamente, dijo que sabía de mí por un proyecto en el cual llevo años involucrada y cuyo director conoce a Guillermo, le recordó a Guillermo del proyecto, del director y Del Toro cambiando de tono inmediatamente, me dijo:

—Ah sí, he escuchado de ti.

Afortunadamente mi carisma profesional me sacó a flote, continué mi trato con admiración y cordialidad. Guillermo me dirigió en español, actué, lo hice reír, se burló de la “longitud” de los parlamentos y me despidió amablemente.

Al partir me perdí dentro del edificio, no encontraba el elevador, pues mi mente estaba hecha un lío. ¿Qué había pasado? Al lograr por fin salir decidí regresar caminando a mi casa sin darle importancia a los 43 grados centígrados, ya que en lo único que podía pensar era en justificar la actitud de Del Toro; era obvio que alguien tan famoso evitara a gente que, como yo, lo había abordado de manera tan familiar. No sé qué pensé que ocurriría con mis Panam de cerveza Indio y mi “México Club”.

Me falló el colmillo pero a pesar de todo puedo ahora decir que fui dirigida por Guillermo del Toro.

P. Rivera

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