Crónica 29

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A mediados de junio abrió en el ROM (Ontario Royal Museum) una exposición de Chihuly, artista y empresario del vidrio. Es un hombre de 74 años que tiene piezas gigantescas exhibidas en casi todas partes del mundo o cuando menos en ciudades emblemáticas como Venecia y Jerusalém.  La primera vez que vi un Chihuly fue en Vancouver en un condominio me imagino para millonarios (pues una pieza tamaño cenicero de este hombre cuesta alrededor de $10,000 dólares), cuyo exterior presumía una escultura del artista. Me gustó mucho, me pareció que la calidad de la manufactura era impresionante, los colores hermosos y como elemento decortativo era casi mágico. Es precisamente la escala gigante de sus creaciones lo que lo ha llevado a la fama.

Chihuly nació en Tacoma, Washington, estudió Arte y Diseño de Interiores en Seattle, y fue después de la universidad cuando descubrió el vidrio, en especial el de Murano, lugar donde aprendió a soplarlo y lugar que, me imagino, definió su vocación. En mi opinión, sus piezas no son especialmente originales, nada más basta ver uno de esos platos ondulados de vidrio multicolor residuos de los años setenta que aun sobreviven en casi todas las casas como ceniceros o cacahuateros, y la similitud es impresionante. Lo original es el efecto mágico que el vidrio soplado exhibido a gran escala produce cuando es situado en lugares como lagos, ríos, edificios ultra modernos o de arquitectura clásica.

La transición a la magna escala y por lo tanto a su fama ocurrió gracias a un par de accidentes: uno de auto en 1976 donde perdió un ojo y otro de surf años después, donde se dislocó un hombro. Estas incapacidades lo forzaron a contratar ayudantes y a convertirse en el coreógrafo de sus ideas más que en el ejectuante. Y realmente contrató a los mejores pues la complicación de fabricar y unir elementos tan frágiles sin aparentes quebraduras es impresionante.

En el video que se muestra al final de la exposición, el cual por cierto está musicalizado con sonidos de elevador espantosos, se puede apreciar la dimensión del taller de Chihuly, el cual más bien parece una fábrica que en lugar de dedicarse a hacer botellas de Coca Cola, produce arte para ciudades e indiviudos que ansían sellar el estatus de “cool” por tener un Chihuly, un Frank Ghery o un Santiago Calatrava. A ese nivel son sus ventas y su fama. Chihuly nos cuenta en el video, cómo un día se despertó y decidió que quería adornar los canales de Venecia con candelabros creados por él, así de fácil, como si fuera algo súper común que a cualquier artista con esa visión le pudiera ocurrir de manera natural. A él obviamente el deseo se le concedió, aunque no de manera inmediata, tuvo que antes convencer a otros países de menor glamour que exhibieran sus esculturas en espacios públicos o en museos para poder convencer a Ialia y concluir su proyecto. El primer país interesado fue Finlandia, el segundo Irlanda y el terecero México, por ser páises con tradición en la manufactura de vidrio. Yo no tenía la menor idea de que México conociera a Chihuly pero me enteré que sí, que fue en la ciudad de Monterrrey donde Chihuly expuso una especie de cascada de globos color verde bandera brotando de un muro de adobe. La escultura, mostrada en el video, en verdad se veía hermosa y totalmente mexicana, por el color y por el tipo de trabajo que era reminiscente de la artesanía en vidrio de nuestro país. Deduzco que la inteligencia e Chihuly radica también en la curiosidad que le producen las ciudades en las que exhibe, intendando hacer homenaje a sus tradiciones artesanales, colores y naturaleza.

El arte de Chihuly es maravillosamente antipolítico, a pesar de que exponerlo y comprarlo debe ser una decisión de políticos y empresarios de los países interesados; pero de ahí su fácil digestión, pues está dedicado a honrar las naturalezas tanto marina como terrestre sin involucrar los líos humanos.

Chihuly es en realidad un artista para exteriores por lo que la exposición en el ROM fue ligeramente decepcionante, sus mejores piezas están en parques, lagos, edificios públicos, Venecia, Jerusalém, Montreal, Las Vegas. La exposición trató de maquillar esta realidad exhibiendo piezas más conceptuales que a mi me parecieron horrorosas. Una serie estaba dedicada a los minerales de Jerusalém y las piezas eran floreros transparentes de cuya cara exterior brotaban bloques enormes de minerales de colores azúl, rosa, verde y dorado, fundidos en el vidrio. La verdad muy feos. Otra serie era dedicada a su obsesión por las canastas de los pueblos indígenas norteamericanos y mostraba piezas de vidrio que imitaban el deterioro de los años en el mimbre de las cestas. El concepto me resultó más interesante en teoría que en práctica pues las piezas de vidrio, aunque impecablemente manufacturadas, no transmitían ninguna idea de tiempo, tradición o cultura. Sin embargo ir fue un acierto, el día era precioso, soleado con cielo azúl y nubes de algodón;  el museo estaba vacío pues son vacaciones y la oportunidad de aprender algo nuevo o viejo siempre se agradece. En el ROM había también una exposición dedicada a la historia, arte y contemporaneidad de los tatuajes. Esta exhibición sí me pareció mucho menos digerible y menos fácil de entender, por lo que tendré que volver con calma para poder hacer la crónica.

De Chihuly he tenido la oprtunidad de ver tres cosas, en Vancouver, en Montreal y en Las Vegas, las tres esculturas me gustaron pero aunque esta exposición no es lo máximo , si se está en Toronto por estas fechas, es una actividad que vale la pena hacer.

 

P. Rivera.

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