Crónica 28

cronica 28

 

Desde siempre me ha tocado la decadencia total de la Ciudad de México. Nunca disfruté las historias maravillosas que mis padres cuentan de lo que era vivir en esta “urbe con esteroides” que ahora es el ex D. F. Desde niña escuché relatos de inseguridad y, quizá por ser mujer, éstos parecían aplicarse siempre a mí, por lo que a diferencia de mi madre, nunca gocé de la ciudad callejera, la bicicleta, los renacuajos, el futbol. Mis pasatiempos eran, generalmente, entre muros, como jugar con las muñecas,  hacer marionetas de cartón, grabar mi voz como si fuera locutora de un programa de radio entrevistando a mi madre justo después de salir de bañarse y practicar ballet.

Sin embargo, recuerdo claramente que transitar en auto por la ciudad era posible, que ir a visitar a la tía que vivía en Echegaray (para nosotros entonces Colonia del Vallesinos, equivalente a ir tan lejos como a China) era definitivamente una aventura, pero no porque involucrara estar estacionados en el tránsito cuatro horas, sino porque circularíamos por vías rápidas y veríamos algo tan exótico como las Torres de Satélite, las cuales siempre me impresionaban y me parecían como de primer mundo. Recuerdo también que cuando empecé a manejar a los 15 años recién cumplidos, mi gran necesidad de poder moverme, ir, venir, ser independiente, gozar de la adrenalina de la velocidad, la idea de escape, el poder de autonomía y libertad, era cumplida. Había tráfico, por supuesto, pues siempre ha sido una ciudad sobre poblada, pero no al grado que he visto paulatinamente salirse de toda proporción desde el año 2000 y, peor aún, a partir de 2015, cuando se decidió que todos los autos pudieran volver a circular, evidenciando, que los centros de verificación no son más que un nido de corrupción disfrazados de responsabilidad social.

En la adolescencia y mis tempranos veinte no existía la preocupación por no encontrar donde estacionarse si alguien me invitaba a cenar a su casa, no existía tampoco la opción de decir no a tal invitación, debido al tránsito vehicular. Reitero que moverse por la ciudad era quizá peligroso pero posible.

Me empecé a dar cuenta de las limitaciones que la circulación estaba ocasionando en la psique de los capitalinos cuando comencé a hospedarme en la Condesa y no en los barrios sureños en los que crecí y en los cuales mis padres aún viven. Recuerdo que para ellos venir a visitarme a esta zona, tan dizque europea e “in”, y que en realidad no es tan lejana de la Florida o de Coyoacán, realmente significaba un esfuerzo, era algo que quizá sólo se aventuraban y aventuran a hacer los domingos, pues entre semana les resulta imposible comer conmigo y regresar a sus labores.

La ciudad se ha convertido en un lugar que sólo permite hacer una o dos actividades al día, si es que éstas implican trasladarse de un punto a otro. De la única manera como se podría hacer más es si se viviera y trabajara en un mismo barrio, y el uso del transporte público o del auto privado fuera completamente innecesario. Situación que en realidad es gozada por una muy pequeña y privilegiada proporción de personas. Al principio, la actitud de mis padres me parecía exagerada y juzgaba sus protestas ante el traslado como un signo de depresión o vejez, pero ahora que he pasado épocas largas en la ciudad, estoy completamente de acuerdo con ellos: es imposible, en la dinámica cotidiana, tener días improvisados o con actividades fuera de las simplemente requeridas para ganarse la vida.

La semana pasada hubo dos ocasiones que solidificaron mi perspectiva. En la primera, una amiga muy querida que acaba de mudarse de la Condesa a donde “Dios perdió sus zapatos”, como se dice en Canadá, me invitó a cenar para conocer su nueva casa. Tenía la impresión de que su nuevo hogar estaba lejísimos, a hora y media de dónde me estaba quedando y que sería una labor titánica el llegar. Al buscar su dirección en el maravilloso Waze, me di cuenta que en realidad estaba a 25 minutos, lo cual me entusiasmó sobre manera; sin embargo, gracias al estacionamiento de coches con el que me topé, calle por calle y hacia cualquier dirección, acabó siendo el viaje titánico que tanto temía. Mentadas de madre, pasadas de alto, bloqueos absurdos, claxonazos, marchistas, tormentas eléctricas, inundaciones, construcciones interminables e inconclusas, angustias que, al llegar a mi destino me hicieron pensar que el esfuerzo de ver a los seres queridos sólo se hace por eso, porque se les quiere y desde hace tiempo.

En la segunda, invité a una tía a cenar a la San Miguel Chapultepec. Ella venía de La Guadalupe Inn. La cita era a las 8:30, y a las 8:45 recibí una llamada de mi amada pariente desesperada porque llevaba una hora y media en el coche sin haber ni siquiera llegado a Viaducto. Cuando heroicamente apareció una hora después de la cita, volví a entender que la única razón por la cual estábamos cenando juntas era por el inmenso y añejo amor que nos tenemos y que al yo no vivir en la ciudad, ese esfuerzo era hecho por la ocasión especial de vernos.

La calidad de vida en la Ciudad de México es nula para muchísimas personas. Quizá para la mayoría; es increíble pensar que antes y después de una jornada laboral la gente tenga que esperar un promedio de tres horas para poder llegar al trabajo y después regresar a casa, ya sea por esperar al transporte público o por estar encerrados en sus autos. Con razón la dinámica de insultos es la que gobierna la calle, con razón la gente maneja “tan mal”. Los capitalinos estamos todos cansados de esperar. Estoy casi segura que hasta en el tema del amor la saturación de coches interviene, pues es imposible pensar en enamorarse de alguien que vive en Tlalpan si hay que transportarse desde La Nápoles.

P. Rivera

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