¿PARA QUÉ CARAJOS SIRVE LA LITERATURA? ÚLTIMO CORTE

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¿PARA QUÉ CARAJOS SIRVE LA LITERATURA?

ÚLTIMO CORTE

Navaja de Fernando Curiel

 

El personaje

Alcibíades Altolaguirre

Alias “Alto” —por el apellido, no la estatura, magra.

Alias “Alci” —por la contracción de su nombre.

Alias “Biades” —por lo mismo.

Alias “Cardomomo” —por agrio.

Alias “Gruñe” —por gruñón.

Alias “Cacomixtle” —por la cara redonda y la cortedad de las extremidades.

Alias “Totomix” —por el lugar de nacimiento.

Alias “Galope” —por los caballitos de tequila.

Alias “A.A.” —por, al parejo, las aes onomásticas de su nombre y las fracasadas mandas de sobriedad.

Alias “Bronx” —por la pinta y el pedo consuetudinarios.

 

Físico

Prieto, sotaco macizo pero barrigudo, de labios mulatos, de brazos y piernas breves, patizambo, carinalga y cuellicorto; calvo prematuro, no obstante la hirsuta mata que corre de la mollera a la nuca.

Físico desagraciado que disfraza con un “look” híbrido que un tiempo le dio por llamar “fusión”. De abajo para arriba: tenis de plataforma, pants holgadísimos, chamarrón deportivo a las rodillas con la leyenda  COW BOYS, gorra beisbolera — YANKEES de Nueva York—, larga trenza rebelde sujetada por una, dos, tres veces enrollada pulsera ambiental —I LOVE NATURE.

Más unos anteojos Ray-Ban, de fayuca, negros como la pez. Y una mini arracada de plástico rojo, en el lóbulo derecho.

Lo que gana en estatura con los coturnos de goma, y en disimulo de las arqueadas piernas con los pants casi faldones, lo pierde en el conjunto.

¿En sus treinta profundos, frisando los cuarenta? Lo sabría con exactitud, si el Huracán “Manuel” no hubiera arrasado la morada familiar, de por sí pa’llorar, y los escasos documentos atesorados en una fragante caja de Olinalá. Entre tales, su acta de nacimiento.

 

Ocupación u oficio

Reportero del suplemento cultural dominical, El Suple (vaya ingenio) de un periódico de oposición cuyo nombre me reservo.

Lo cierto es que debutó, caído del cielo, como entrevistador de novelistas, poetas, cuentistas, músicos, pintores, teatreros, cineastas, cabareteras de pro, editores progres, diseñadoras de ropa y joyas en los cuernos de la luna, marchantes de mercado bistró, torteros VIP. Inapelable requisito el de la Fama. “Star system” vernáculo. Los “Happy few” del mundillo artístico, cultural y empresarial alternativo capitalino. La Condesa y La Roma y San Ángel y Polanco por los rumbos de Masaryk, a falta inconsolable de la prístina Zona Rosa.

Pegó con tubo su chicle.

Solamente que a la postre la envidia y el resentimiento, a flor de piel campesina; el juzgar al entrevistado Enemigo de Clase —como gustaba perorar en La Lupita, en La Invencible, en el Bar de Sanborn’s de la antigua Tintorería Francesa, su lugar preferido a la hora de la trova y la algarabía; su permanente tufo a alcohol; su sacar, cada vez más atrevido, los trapitos de becas “conaculculeras” y “fonquistas”; sus denuncias, con pelos y señales es verdad, de padrinazgos con aroma a caciques burocráticos, y de líos de “futón”; acarrearon, más tupida que en la Costa Chica, una lluvia de indignadas protestas en la sección Vertedero del suplemento.

Hasta que un día de jarra con fondo pero insondable, el acabose.

En el cocktail de una pomposa editorial alternativa, una poetisa agraviada —él escribió navajero  que “a qué horas se inspiraba si se la pasaba comiéndose con los mocos las uñas” —, le arrojó, un vaso de vino, de por sí peleón, a la jeta azorada en su redondez; preámbulo de insultos procaces, bofetadas, arañazos con las yemas de los desuñados dedos que sembraron moretones graves. Qué oso.

Pero estoy comiendo yo también; sólo que ansias.

 

Antecedentes

Alias “Alto” alias “Alci” alias “Biades”, nace en la Montaña de Guerrero, en Totomixtlahuaca; población que borró de un plumazo del bíblico huracán “Manuel”, mientras el entonces gobernador cantaba se dice con buena voz “Pooor los caminos del Sur, vámoooonos para Guerrero, porque ahí falta un Lucero, y ese Lucero /”… Onomástico apoteósico, que los Dioses contemplaron torvos…

Hijo de un campesino viudo dedicado, en la miseria, al cultivo pobre de calabazas, ejotes y chayotes —el epazote se daba solo, aunque tristón.

Último —la madre muere como consecuencia del parto, ¡puta qué cabezota!— de siete hermanos, todos varones y con nombres griegos: Telamón, Polideuses, Anqueo, Teseo, Anfiao, Eumeto. Y, claro está, medio cacomixtle, el pequeñín Alcibíades.

Averiguado no está cómo va a dar a Chilpancingo, donde cursa la Prima y la Secu; y después a Taxco, donde cursa la Prepa, en la nocturna Vicente Guerrero —alguien, a pregunta mía, recuerda vagamente a un adolescente malhumorado, entrón y trácala, guía de turistas que podría tratarse de “Totomix” en persona. Por averiguarse.

Sí, en cambio, averiguado está que, en el cabús de un intransigente movimiento de rechazados, cruza la puerta de la UAM-Xochimilco, carrera de periodismo. Ahí empezó la revelaciónde su talento, luego fuente de tantos males. Cima y sima.

Se aplica en los primeros semestres; le encuentra el sabor a la redacción de sueltos, crónicas, entrevistas imaginarias y perfiles de figurones, reportajes de la región. El trabajo de campo en los canales, las chinampas, las riberas del lago decreciente, lo aficionan, además de al chupe, que frecuentaba a fondo desde chamaco, a los churritos de marihuana. Descubre los deleites del pulque curado –avena, carnitas, piña–, antes menospreciado. Pierde impulso. Pierde clases. Reprueba en cadena.

Pero enamorase perdidamente de una nueva alumna, también de baja estatura, pero escultural, de grandes tetas, ojazos hechiceros; cabellera que cae, bruna, parvada de cuervos, hasta la cintura de avispa. Atalanta Salgado, oriunda de Iguala para acabar de rematar.

—Yo Alcibíades, tu Atalanta. Tu Atalanta, yo Alcibíades.

Le espeta al abordarla por primera vez en uno de los patios. Le fascina por cuero y por paisana.

Lo incuestionable es que Atalanta, a quien también llama “La Atala”, le corresponde luego de mucho batallar y buenas calificaciones, mil pruebas de amor; el futuro “Galope”, “A.A.”, “Bronx”, le baja al pedo, a la mota, a las tachas, y aprieta el tranco. Pareja desigual aunque popularísima. A él le caga, a ella no, que los llamen, bola de culeros, la Bella y la Bestia.

Pero la embaraza.

 

Siguen antecedentes

Adiós a la UAM-Xochimilco. Y a un futuro en la Ciudad de México que, besuqueándose, manita sudada, les quedaba chiquito. Birria de condones.

Van a dar a un cuarto de azotea en un ruinoso edificio de la calle Caracci, en Mixcoac. La pareja sobrevive a duras penas. Atalanta, más estable, la hace de fámula en departamentos y casas cercanas; o, lo más lejos, en departamentos y casas, un madral, de la Nápoles y la del Valle. De entrada por salida. Pero sin hallarse. Patronas jijas más fijadas que un telescopio.

Alcibíades, por su parte, en la calle, a salto de mata. Mandadero, jardinero inhábil —a diferencia de los hermanos, ni de niño le entró a las labores del campo—, basurero hasta que la Mafia lo echó de mal modo y con amenazas, “cerillo” en los supermercados de la zona. Mil usos. Ingesta alcohólica las 24 horas. Un tiempo hace repartos en edificios próximos de “La Llenadera”, cocina económica regenteada por otra paisana, de Acapulco. Buena persona pero que a la quinta falta lo mandó a la calle, su verdadero reino.

Nace una niña, un primor, vivo retrato de la madre. Los padres, Alcibíades y Atalanta, chavos fanáticos de la vida y obra y milagros del doctor Guevara, “El Che” para el Olimpo Revolucionario, la llaman, sin bautizo, Tania. La creatura se acostumbra a “ésa mi guerrillera” desde la cuna. Petate, mejor dicho. No había para más.

Los visitan, un mal día, el padre y el tío de Atalanta; ambos luchadores semi profesionales, bajo el nombre de “Máscaras Lóbregas”, en las improvisadas arenas de Iguala y poblados vecinos. Ixcateopan, Minas Viejas, Tetipac. Y, aún, Alpuyeca y Puente de Ixtla, en Morelos.

Contemplan a la nieta con ternura y arrobo, con reprobación el cuartucho de azotea, compasivos a la madre y, al padre, con ojos estriados de odio —no se salva del sopapo en la cabeza, el trallazo en el hombro izquierdo, la media patada en el estómago que le saca el aire alcohólico. Lo responsabilizaron de que Tania viviera en pecado. Los padres prometen solemnemente bautizarla.

Se van como llegaron. Del solemne compromiso ni quién se acuerde.

Alcibíades se emplea, una temporada, en una cerrajería; de fijo, como guarda y limpia coches en un territorio que, de los costados —salvo el de Insurgentes— del Parque Hundido, se extiende poco a poco a las calles vecinas. Ducho en las cubetas y las jergas, buenazo para encontrar tomas de agua; áspero pero atento con la clientela. Se gana el remoquete de “Gru”, gruñón. Para enjabonar, bañar y secar meticuloso, casi obsesivo, los vehículos, se cambia los tenis por unas botas de hule. Lo demás, lo de siempre.

Antes de la franela y la jerga, lo emplearon en una ferretería y, luego, en una lonchería, ambas por el lado de Patriotismo. Pero le ganó la codicia. Ordeñaba la caja al primer descuido. Se hacía pendejo con el cambio. En la ferretería descubrió el “tiner” y demás solventes y se le ocurrió, al muy orate, subidones que agarraba, mercar “moñas” rebosantes casi a la puerta del negocio. La libró por un pelito. Pero a la calle.

En un tris estuvo el güey de volverse delincuente de tiempo completo. En calles y horas propicias, le dio por robar bolsas. Del mandado, a indefensas sirvientas, jovencitas, ancianas; de vestir, a ejecutivas de traje sastre y pañoleta, a señoras que se atrevían a la calle. Hasta que cambió la moda. En vez de bolsas sujetas al hombro, fáciles de jalar, con o sin ruptura de la cadena, asas ancladas ahí donde se juntan antebrazo y brazo. Como si las impensables víctimas esperaran el atraco.

Babeando de rabia, impotente, veía pasar las Louis Vuitton, las Gucci, las Coaches, las Daniel Espinoza. Inaccesibles, como las gringas que Tablada veía pasar por la Quinta Avenida. Cual en sueños, pesadillas mejor dicho, recordaba una bolsa en particular. La Louis Vuitton Water Color Speedy, número 35, de 1270 dólares, y sujeta a lista de espera. ¿Por qué distinguía, con ojo de experto, el bolserío, plaga incontenible? Porque parte del día lo pasaba en una banca del Parque Hundido, su preferida cerca del Reloj Monumental, leyendo periódicos y revistas abandonados. Así se enteró que, de la bolsa de sus pesadillas, era privilegiada poseedora la hija de un ex gobernador acusado de ladrón.

Lo cierto es que las cubetas de plástico, las jergas y las franelas, el agua de tomas públicas, las botas también de plástico, salvaron de chirona a Alcibíades Altolaguirre y su larga lista de alias (vid. El personaje). No así de la crisis matrimonial. Atalanta, harta de borracheras y derrumbes, se emplea cada vez menos y en parques aledaños se deja besar y toquetear por unos pesos. Tania crece salvaje.

 

Golpe de suerte

El merodeo por el rumbo, con el Parque Hundido cien veces remozado como base y siesta de resacas de los mil demonios, lo conduce a la calle donde construyó su edificio el periódico de oposición cuyo nombre me reservo. La gorra YANKIEES y el chamarrón COW BOYS se hacen familiares a quienes, todos los días, u ocasionalmente, trasponen puerta y estacionamiento enrejados. Singular fauna de reporteros, editorialistas, proveedores y visitantes, universitarios de las ciencias sociales, corre-ve-y-diles, políticos izquierdosos y uno que otro de la Imposición. A él, que cuida y lava los autos sin derecho de piso, estaciónate donde caiga, le llamó la atención en particular, quién resultó el todopoderoso director del Suple.

Y no era para menos. Siempre de blanco, el pantalón de lino, la camisola Mao medio túnica, el chaleco levemente bordado, las alpargatas baturras. Y haciendo juego, el largo cabello blanco y las barbas no menos blancas, la montadura de los anteojos fondo de botella. Collares de piedras, pulseras tejidas de mil colores.

Lo tenía camelado.

Lloviera o abrasara el sol de justicia del valle central, su Sentra, también blanco, aparecía al fondo de la calle, invariablemente, a las 3.45 p.m. Procedía, las más de las veces, de su Casa de Meditación, en un paraje sin asfaltar Ajusco arriba. A las cuatro en punto ya estaba sentado en su escritorio, revisando papeles, dictando a su secretaria que se caía de buena, hablando por teléfono con amigos y colaboradores. Empezaba el desfile, básicamente de debutantes y escritores algún día glorias y hoy en desgracia. Se distinguía una renovable parvada de niñas IB (Ibero), sus alumnas, no pocas acompañadas de chofer particular. Otra constante: si el Sentra procedía del Ajusco, daba asco de polvo, manchones de lodo, hojarasca sobre el parabrisas.

 

Primer contacto

Una tarde, tarde que cambiaría la vida de Alcibíades, por lo menos una temporada de brillos y reconocimientos, el lavacoches de planta, un vejete con el que “Alto”, “Alci”, “Biades”, solía intercambiar miradas asesinas a través de las rejas, había faltado, cosa rara. Y vaya que se necesitaba. Los rines blancos del Sentra parecían negros de tanto fango. ¿Dónde rayos se había metido?

El Dire, molesto, habló con uno de los dos policías de permanente guardia. Éste hizo una seña perdonavidas a Alcibíades, que corrió a su encuentro blandiendo cubeta y trapos. El poli le franqueó la diminuta puerta. Le pidió sus generales y una identificación. Por fortuna traía la credencial de estudiante de la UAM-Xochimilco.

—¡Chale con el bato!

Exclamó y acto seguido le mostró el Sentra como si fuera realmente necesario. A darle. El auto estaba abierto. Lo dejó reluciente, aunque decir como nuevo, con tantas abolladuras, sería mucho decir. Bajita la mano, se enteró quién era el espiritual Dire del Suple. Rogelio Sainz. Originalmente licenciado en Economía, acabó de profesor de cine en Políticas de la misma UNAM. Crítico feroz de la filmografía hollywoodense y del Nuevo Cine Mexicano, pero adorador de la Edad de Oro cuando llegamos a producir anualmente más de dos cientos de películas. Biógrafo lo mismo de Luis Buñuel que de Juan Orol, de Roberto Gavaldón que de Federico Curiel, de Bustillos Oro, de Lilia Prado… Neurótico, gran editor, caza-erratas, pornógrafo teórico. Blandiendo en la mano derecha el Stabilo, point 88, fine 0.4, color rojo que sangraba diálogos y párrafos, descripciones, ideas.

Así empezó la amistad, que la hubo, amistad desigual es cierto, pero la hubo, entre el Dire y nuestro personaje. El lavacoches de planta, el vejete jetón, ya no regresó. Además del auto del Dire le fueron encargando otros: el del impopular y agarrado Administrador y algunos reporteros de planta, los más para llorar, dados al catre. Al Director y al Sub los transportaban sus faetones en narcas camionetas polarizadas.

Pero no sólo lo supradicho. Le ganaron al guerrerense tareas adicionales. “Alci, vete por unas tortas”, “Biades, jálate por unos tacos de cabeza”. O chelas. O “yerba” para algún maduro sobreviviente de Avándaro, 1971. ¿Sabes dónde conseguirla, le preguntó nervioso? ¡Cómo diablos no iba a saberlo, al tanto de todo narco vendedor kilómetros a la redonda, con tanto pinche antro, bar, restaurante, disfrazado Table Dance! ¿No era él mismo un super cliente? También se ganó dos alias: “Galope” por los caballitos de Sauza con que jugaba a las carreras con sus nuevos cuates de chupe; “Bronx” por la catadura.

¿Cómo se produjo el encuentro cara a cara entre Alcibíades y Rogelio que le abrió al lavacoches el Suple? Está averiguado.

 

Cara a cara

Sería agosto. Alcibíades acaba sus labores en el Parque Hundido. Sin pasar por Caracci —la pareja ya no lo era, Atala andaría loqueando, Tania sepa Dios—, hace una escala en un OXXO, de camino al periódico se bebe una pachita y se zampa unos tacos de canasta bravos de salsa. Serían las tres y media de la tarde. ¡Oh sorpresa! En lugar de los dos vigilantes de la estrecha puerta de acceso, pancartas de los trabajadores de los talleres. Mejores salarios. Hasta aquí al trato inhumano, despótico, del pinche pagador —delicias de la nómina semanal a las que, sólo eso faltaba, “Bronx” aspiraba con toda su alma. Los trabajadores dentro, pegados a las rejas, dispuestos a todo. Las secretarias, los reporteros, los jefes de sección, los diseñadores, los de confianza, expulsados del edificio, arremolinándose en la calle. Con ese pinche sol. La huelga acababa de estallar.

Irrumpe, al comienzo de la calles, el Sentra polvoriento. Alcibíades corre a su encuentro. Pone al Dire al tanto:

—¡Súbete!

Le ordena. Obedece, no sin echar al asiento de atrás, librando el lugar del copiloto, los cerros de suplementos de la competencia. “Al enemigo, marcaje personal”, solía sentenciar el Dire a su tertulia abigarrada.

Lo escucha mascullar, bufar, maldecir, mentar madres. Lo escucha exclamar, furioso: “Pinche grilla irresponsable”; quejarse del subdirector, que no lo quiere; que está metida la mano masturbadora de quién sabe qué partido político agraviado por cabezas y editoriales recientes. Cuando “Alci”, “Biades”, “Gru” se da cuenta, están ambos, codo con codo, en la alta mesa-barra del bar de Sanborn’s de Plaza Loreto, con su parafernalia de máquinas de la industria papelera. El encabronamiento del Dire lo hace soplarse tres fuetazos al hilo de Johnnie Walker Noir. “¡Hijos de la gran puta!”, exclama a cada rato. El lavacoches y solícito cumple-pedidos, le sigue el trote con dos, tres, cuatro, cinco caballitos de Sauza. Se siente hijo de la fortuna. El Dire es otro, aunque se lo esté llevando la chingada; arrebatarle su oficina amniótica era una catástrofe. Sin embargo platica, amable, viejo parroquiano, con los cantineros, veteranos y jóvenes. A leguas se ve que lo aprecian, uno de los asiduos. Se le suelta la lengua.

—¿Por eso te dicen “Galope”?

Afirma de pronto señalando los caballitos que Alcibíades tiene formados sobre la barra y de los que va tomando diversas porciones.

—El que se vacía primero es el que gana la carrera.

Informa.

—Ingenioso.

Concede el Dire y en seguida, como si hablara con un par, le suelta que el periódico era fruto de la escisión de la escisión de la escisión primera. Llueven los nombres. Que tal, y tal, y tal por cual. Y se interna y enmaraña en su memoria. Testigo, actor, víctima, victimario según las circunstancias. Pero siempre, siempre, siempre en periodismo cultural, lo suyo.

Sin transición, la historia de la familia Lenz: —la historia de la fabricación de papel en tiempos de “Don Perfidio” —el empresario patriarca —el falansterio de bolsillo —todos juntitos,  para mejor control y productividad, patrones y trabajadores, casitas que sobreviven, capilla…

Corren las botanas, se prodigan las carnes frías, los tlacoyos, los pambazos, las fuentes con salchichitas endiabladas. Y los tragos. Mientras coloca los nuevos caballitos, “A.A.” escucha al Dire más monologar que hablar.

—Te invitaría a comer a La Taberna del León, pero no te dejarían entrar.

Explica de pronto. Picado en su orgullo, Altolaguirre suelta:

—Yo… Yo… Yo… Yo… Escribo.

A Rogelio los ojos acaban de salírsele por el armazón ghandiano. Se le baja, o sube, el pedo. Exclama:

—¡No mames! ¿Juat did you say? ¿Quesquevudit?

La sopa. Estuvo en la UAM, y si algo aprendió en la UAM-Xochimilco, División Comunicación, fue frecuentar, no importa si pasado de tequila o sobrio, o en los brazos verdes de “Juanita” los talleres de redacción qué teoría ni qué ocho cuartos. Y malo malo, lo que se dice malísimo no era; se lo dijo uno de los profesores. Déjeme recordar… ¿Ruiz?… Sí, Bernardo Ruiz. Y le seguía dando, ya de lavacoches. Pura afición. Croniquillas, estampas, diálogo, retratos descarnados, lo que veía en el Parque Hundido, en su diario fatigar estas calles de Dios.

—¿Y también te metes con los del periódico?

Sí, también: escenas, berrinches, charlas, confidencias, infamias, cuchilladas traperas. Para dar y para tomar.

—¿Salgo yo?

Inquiere, amostazado, el Dire.

—Yo a usted, señor director, jefe, amito, le debo la vida.

¿En qué estado terminaron? ¿A qué hora? ¿Alcanzó el Dire a llegar indemne a su casa montañesa?

Alcibíades no tenía más que caminar unas cuantas calles. Aunque Atala cerró con candado la puerta por dentro. Durmió la borrachera en su banca del parque.

 

El debut

A petición expresa del Dire, ya arriadas las banderas de huelga, que acarreó el despido fulminante de tres reporteros, Alcibíades le lleva sus textos. Limpios, impecables diría, en versión Word. El Dire, el cuchillero Stabile levantado cual daga, los lee, de asombro en asombro. Crónicas. Entrevistas imaginarias. La de Alejandra Guzmán, una joyita.

—¡Recórcholis! ¡Qué sorpresa! Eres bueno cabrón. ¿No los bajaste del internet? ¿Tienes computadora?

Responde en el mismo orden. No, no se los había plagiado; y sí, sí, con enormes sacrificios se había comprado una MAC usada, pues había aprendido a usarla en la UAM-Xochimilco, Dep. de periodismo de la División Comunicación, que contaba con computadoras a puñados. Lo que no le confesó a Sainz es que, en su época de robabolsas, había confiscado la MAC en el Starbuck de Pilares; ¡Zas!, un descuido de un relamido mamoncete anuevayorkinado; y ¡vámonos! Con todo e impresora de bolsillo, de las primeras en México.

—Eres bueno, Alci (o Biades, no estoy seguro).

—¿De verdacita lo cree patrón?

—HHHHHHHMMMMMMMM. Y no me digas patrón.

No había nadie más en la oficina del cuarto piso, en la que, sobre la parte libre del escritorio; sobre la mesa de juntas —cuando las hubo–; sobre dos sillones desvencijados; amenazaban irse al suelo cerros de suplementos, el del año del caldo, el hacía un lustro, el de la semana pasada. No archivo, historia muerta. Así fue como al Dire se le prendió el foco de inventar a Alcibíades Altolaguirre, cuida y lavacoches, borrachín irredento, como sorpresivo entrevistador de la fauna artística favorecida por los Dioses. ¿Por qué? Porque sí. Por sus tanates. Pour epatar a tirios y troyanos. Por joder. Porque ganaba un compinche de copas.

Y no obstante que el subdirector general —viejas rencillas por la dirección de la Facultad de Economía—, lo traía entre ojos.

¡Chinguen a su madre!

No sólo eso. Además, le obsequia, de sus viejos tiempos pre ghandianos, dos trajes de pana, uno negro y otro color ladrillo, auténticos de Barcelona, y un Harris Tweed, auténtico de la calle Saville Road de Londres. Que, la verdad, aunque les mete mano un sastre de por el rumbo, le quedan al flamante periodista retacados.

Nuestro personaje no daba crédito. ¡Quién lo viera en Totomixtlahuaca, en Chilpa, en Taxco, en Xochimilco!

Arranca con la primera entrevista de un cuarto de página y sube como la espuma en el Suple. Hasta dos páginas si se requería. Vacas gordas. Cambia los petates por camas. Aunque se burlan los reporteros de planta de su forzado atuendo, tiene derecho de paso franco a la “cueva” de Sainz. Vuelve a hacer el amor con Atalanta, que ya sólo acepta trabajar por las mañanas y declina el besuqueo y el toqueteo. Alci”, “Biades”, pugna sincero por desprenderse de los brazos de Baco pero no de “Juanita”. Inscribe a Tania, floreciente, tentadora, en una escuela chafona pero privada y a tiro de Caracci.

Pero se las cree, crecido. La fama inesperada le juega chueco. Envanecido, chupa mañana y tarde. Hace etílica mancuerna  con el Dire. Hasta que…

 

Hallazgo  funesto

Resulta que la poetisa befada, la del vasazo y las bofetadas y los arañados a yema limpia, era chava de uno de los amigos consentidos del Director General del diario; para colmo, alto funcionario del Gobierno del Distrito Federal. La entrevista y el incidente en el cocktail arman la gorda. El subdirector atiza, se ceba, clama por un código de ética periodística que sólo existe en su magín. Por un pelito, Rogelio Sainz pierde la chamba, su refugio, su vida después de fracasar en su intento de consolidarse como investigador universitario. ¡Pinche borracho “Bronx”! ¿Y a él, estúpido, estúpido, cómo centellas se le había pasado eso de que cómo se inspiraba la poetisa si se comía como loca las uñas y los mocos? Le echa toda la viga al entrevistador, que abusó de su confianza. Sólo por no darle satisfacción al subdirector general no lo devuelve a sus cubetas y franelas. Pero lo pone pinto y regado, a gritos, para que todos lo oyeran en el cuarto piso. Y lo suspende dos meses. Temporada en la que “Bronx” se tira al agua, la otra, y experimenta dormir en las bancas del Parque Hundido los segundos que le perdona la vida el delirium tremens. Atalanta se resuelve abandonarlo.

Cuando el suspendido, del trabajo dos meses, de la amistad con su jefe para la eternidad, la cola entre las patas, las manos sonajeras, a la pana reventándosele las costuras —bien que se cuidó de no ponerse los pants y el chamarrón—, regresó al Suple; el Dire, que lo hace esperar horas, que lo recibe todavía furioso, le inventa una nueva sección: Subculturas suburbanas. Que no tardó en ser llamada Subsub. Pero sin calcular ciego de enojo, vengativo irreflexivo, ¡que le daba en su mole!

 

Subsub

El suplemento ganó lectores a granel. La sección pasó de un cuarto de página, a media; de media, por indicación del Director General ya que Sainz le daba largas, a página entera. ¡Qué trancazo! Lo del lavacoches entrevistador de estrellas quedó en pálida sombra. ¡Qué bárbaro!

¡Así que los territorios del lumpen juvenil, las pandillas drogadictas, los jodidos de la faz de la tierra, se extendían por los cuatro puntos cardinales, y hacia el fondo de los sótanos y la altura de las azoteas! ¡Así que padecían de la misma fiebre consumista de los chavos Ib(ero), los juniors del Pedregal y Santa Fe, ropa y tenis de marca, música, videos, gadgets, celulares! Ciudad de las catacumbas y las fiestas multitudinarias clandestinas protegidas por policías en el ajo. “La que fundaron motos los aztecas, heredaron motos el extremeño Cortés y sus secuaces ceceadores, reventó Juárez Hank, avienizó Max de Habs, puteamos sin límite de tiempo todos los días. Anda putita, vete mucho al diablo”. Escribió Alcibíades inspirado.

Sin el registro sarcástico y antropológico —¿o antropofágico?— de Monsi y Jorge Ibargüengoitia, pero por sus rumbos estilísticos, el pinche “Bronx” exhibió curiosidad insaciable, docta frivolidad, memoria, mirada panóptica y un oído tal para los diálogos que no faltó el despistado que lo comparara con Ricardo Garibay o de perdis con Vicente Leñero. Alguien reclamó la comparación argumentando que su estirpe nacía y moría con el monero Hiper Urbano Popular Gabriel Vargas. Pero Vargas al revés, los hijos de los Burrón en el desmadre, “drogos y regatoneros.” Un fenómeno Subsub para estupefacción y entripado semanal de Rogelio Sainz, no más patrón, amito, jefezaso, compinche de la mesa-barra de Plaza Loreto. De hecho, “Totomix” se mudó al bar de Sanborn’s frontero al Gran Bife; comedero éste que empezaron a frecuentar, la tripa pronta,  el trío tragón Alcibíades-Atalanta-Tania la Guerrillera de padres guerrerenses. Si pagaba no importaba el atuendo.

Por ejemplo, tornando a las colaboraciones, tras las redes de narcortraficantes, y el hedonismo compulsivo más que desorbitado de la chaviza miserable y sin futuro pero de inquebrantable voluntad de vivir la moda, Altolaguirre levantó el mapa de las colonias y los Neohoyos. Describió el costumbrismo raspa; sus lenguas; sus tribus —los Darketos y los Emos lo declararon suyo, no así los Hipsters de los que se mofaba hiriente—; elaboró su correspondiente Top Ten.

Entérese el lector. Nueva Atzacualco. Peñón de los Baños. Santa Cruz Meyehualco. Renovación. Bordo Xochiaca. San Nicolás Totolapan. San Jerónimo Acualco. Pueblo Nuevo Alto. Las Caleras. La Gabriel Hernández, la Olivar del Conde… Miles, miles de chavitos y chavistas, la gran mayoría menores de edad. Al modo de su admirado Che Guevara, en un desplante verbal que resultó premonitorio, “Totomix” predijo, antes del infierno que montaría la policía: “¡Uno, dos, tres New Divines!”.

También verificó, digo porque probó todas, la taxonomía de las drogas al abuso: la marihuana, las tachas —que, además, descubrió que eran de origen chino y sustancia indefinible–y los solventes de sabores exóticos, la Piedra aporreacerebros, el enloquecedor Flopper.

Alcibíades Altolaguirre mutó en definitiva. De los vaqueros y las sudaderas y los botines charros de la UAM-Xochimilco, a las botas de hule y los pants y el chamarrón de la vigilancia y limpia de coches, a los traje de pana retacados, a los tenis coturnos y etcétera de nuez.

Y de “Cardomomo”, de “Totomix”, de “Alci” y/o “Biades”, de “Gru”, quedó en definitiva en “Bronx” y “A.A.” y ocasionalmente “Galope” porque el Sauza no sufrió desdén ante la avalancha de drogas sintéticas.

Volvió a descuidar a Atala y a Tania.

Aunque apoquinaba religiosamente lana mes con mes, pasaba semanas sin poner pie fijo en Caracci. Lo adoptaron comunas con un pie en la delincuencia o dormía de día en los antros, los más clandestinos. Reconozco que ganó la veracidad casi brutal de sus reportajes y entrevistas laceradas.

Envanecido otra vez, se la creyó. Insoportable, arrogante, hasta atrás, hediendo a trago; el Dire, su descubridor, su antes único amigo, cada día más reprochón viniera o no a cuento, acabó por odiarlo pese a su corazón Zen. Forúnculo en el anófeles.

 

El premio

Tal fue el rating de Subculturas Suburbanas que se le nominó, propuesta salida de quien sabe dónde pero no del Suple, para el Premio Periodismo Chilango, patrocinado con gran publicidad por el Instituto de Cultura de la Ciudad de México, el Fideicomiso Centro Histórico, la revista Chilango y la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Asumiendo el compromiso de editar en un libro los diez primeros lugares. Lo cierto es que, más que la bolsa de los primeros tres, 50, 30 y 10 mil pesares, pero sobre todo la promesa de la publicación, despertó frenética esperanza en la pareja; reunificada por tamaño acontecimiento. ¡Ay del sueño de tomar un departamento por la zona! ¡Ay del de inscribir a Tania en un colegio de verdad! Ya era hora.

¿Con qué trabajo concursaría?

Fácil decisión, el más mentado de sus reportajes: “Salivando: a perrear”.

Vívida crónica del último grito bailable, captado en los más sórdidos antros de Ixtapalapa. “Perreras” entre los iniciados. Los escuincles y sus vaqueros pastosos de semen. Las perras, a gatas, con sus pantimedias y untados  leggins sin nada debajo, nadita del culo a la vagina, zona de frotamiento, perreo salvaje. Nada de Hip, o Hop, o Rap, el Reggaeton, a todo volumen, te doy por el piso. ¡Frenesí! “¡Ah, venidas!”, consignó. Las estopas goteando invisible solvente de nariz en nariz; el maldito Flopper que ni Aristóteles hubiera resistido, caliente y descerebrado.

Días, para nuestro personaje, los previos de la premiación en la terraza engalanada del Hotel Majestic, de tirante sobriedad.

Llegó la noche.

Vistió, él, sin sacrificar los tenis, un smoking alquilado; sin que faltara la corbata de pajarita. Vistió, ella, un albo huipil blanco de su tierra que insinuaba pechos y caderas y, gran detalle, se cortó el pelo y tiño su negrura con rayos rojos. Vistió, preciosa, preciosísima, Tania, un vestido corto Zara Teaneagers Neo Ethnic. El Dire del Suple tiró al cesto de la basura su personalizada invitación. El Director General andaba por España, donde pasaba más tiempo que en México.

Pero nada de nada, lo que se dice nadita. Ni de perdis la cola, el décimo lugar. Y le sonó a afrenta que el primero fuera un zalamero disque reportaje sobre un día en la vida del director del Museo Jumex. Lo que vino fue tequila y mezcal, al parejo, en picada; Consul Firmin de Bajo el volcán. No quiero ni contar el regreso a Caracci desde el Hotel Majestic. Ni los días subsecuentes. En su delirio monomaníaco, Alcibíades veía al novio cacagrande de la poetisa zaherida buscando, uno a uno, para hacerlo mierda, a los integrantes del jurado. Podía repetir los diálogos que lo crucificaban, por IPhone, por IPad, por mensaje de texto, por teléfono fijo de una lujosa oficina con vista al zócalo. ¡Pártele la madre! ¡Húndelo! ¡Córtale los gúevos y con los güevos la pinche cola mugrienta! ¡Arráncale la arracada con todo y oreja!

No para, ni de chupar, ni de conmiserarse. La noche que gasta el último peso siembra el asiento de su banca preferida en Parque Hundido de toda una recua de “Caballitos”. Nocturno galopar a fuetazos a calacas.

“Alto” y “Atala” dejan de hablarse, palabra que también le retira, compungida, Tania. Reaparece en el suplemento dos semanas más tarde. ¿Qué le faltó a Rogelio Sainz para, amén de burlarse cruel de sus pretensiones, bajarle por si quedara alguno los humos, echarlo a patadas y cancelar de por vida Subsub? ¿Va en serio la pregunta? Un pelito. Un pelito faltó. Y todavía faltaba la más desgarradora, terrible, dolorosa de las pérdidas.

 

La madriza

Atalanta, harta de todo; de las patronas histéricas, codas y despóticas, y de sus maridos y retoños mano largas; de las borracheras, crudas, lamentaciones y malhumores de Alcibíades, sumido además en una depresión que rata le roía corazón y mente, el alma; del mal ejemplo para Tania; metió sus cosas y las de su hija en tres cajas de cartón compradas en Superama, se dio el lujo de tomar un taxi en la esquina y puso pies en polvorosa. Noqueado, fue la noche de la gran cabalgata, Alcibíades dormía fardo y babeante. No las escuchó escapar del Infierno.

Ya que reaccionó al amanecer del día siguiente, se afanó, el corazón en la boca, hasta dar con la última pista: Terminal del Sur, por Taxqueña.

Días miserables. Huídas sus mujeres, maldecido por el Dire, discriminado por los colegas del periódico que no le perdonaron ni caído sus 15 minutos de fama, se perdió por completo. Manojos de tachas, chinas o no, manadas fieras de caballitos, hectolitros de “rubia” –así apelaban, los Modernistas de fines del XIX y principios del XX a la cerveza clara. ¡Punta de mamones! Mejor: Helodias, Cerbatanas, Cebadillas, Cebalodias, Empréstame tu Corona…

Metido, quién sabe cómo, en un círculo de burguesitos viciosos, todos jugadores de Bolsa, se deja arponar el brazo con heroína. Creyó morir.

Adelgaza “Totomix”.

Se consume.

Nada en los pants y el chamarrón.

Se decide, hasta eso sobrio, al fin.

Viaja a Iguala. Da con la casa. Efecto de pollo rostizado bajo el chamarrón. Nunca había estado, pero da con la casa. Cerca de la Plaza de las Tres Garantías. Llama a la puerta. Lo encaran las “Máscaras Lóbregas”. Santa madriza, de padre y señor nuestro. Torcedura de brazos. Patadas en el plexus. Brutales jalones de la trenza. Lo tunden en silencio. Ya en el suelo, alcanza a oír entre zumbidos que le taladran el cerebro:

“¡Hijo e’ puta!”

“¡Muerto de hambre!”

“¡Ni se te ocurra volver!”

También alcanza a columbrar, tras el cristal de una ventana, el rostro doliente y resignado de Atalanta. La mirada de Tania lo hubiera matado al instante.

De regreso a chilangolandia, adolorido, fardo, malrespirando, amoratado, sin dos dientes fronteros superiores, sin su eterna cachucha YANKIEES –intentó regresar a recogerla pero una de las “Máscaras” la orinó en plena calle–, labios y nariz y orejas aflorados, mísero Canelo, sufre a morir. Por los golpes, por el vacío. Extrañaba a Atalanta; adoraba, como no se lo imaginó, a Tania.

 

El hundimiento

Solapas. Él y una depresión que se cebaba, ramalazos de fango y podre, alimañas viscosas en la espalda y salve sea la parte. Cumple a medio gas con Subculturas Suburbanas; que, orden de Sainz, entrega en Correspondencia, regresaron a su cuarto de página y salen una semana sí y dos no. Eternamente amenazado, lo sabía, lo escuchaba en los pasillos, de defenestración.

Decide que necesita un perro.

Va a Polanco, al parque del Reloj Italiano. Se roba un perro, un Terrier para mayores señas. Lo oculta, con todo y correa, bajo el chamarrón. Ya no se embriagaría solo, solitario. Lo bautiza Can-Can y le dice: “Yo A.A., tú C.C.”. En la placa de identificación del Terrier, que tiró a un bote de basura en su huída de Polanco, se leía ELEPHANT. ¿Elefante esa mirruña? Le habla mientras pasean, siempre en el Parque Hundido, siempre en las mismas calles cuidando no acercarse a la del periódico. Le lee las revistas abandonadas en las bancas. A gotas, aficiona a Can-Can al tequila.

¿Iban los dos hasta la madre, él y el perro, cuando cruzan el carril de confinamiento del Metrobús? “A.A.” la libra de milagro. Pero Can-Can, de súbito loco, recula y la Bestia Urbana lo aplasta.

Desesperación total.

Primero sus Atalanta y Tania. Ahora su perro y compinche.

Insano, adopta la costumbre de pasear la correa.

Y ahí va, tambaleándose, arrastrando la correa, dueño sin perro. Burla de mocosos insensibles al dolor humano, befa de paseantes que cuadran los ojos ante el espectáculo. Un pinche loco que pasea y le habla a un fantasma.

 

La conversión

No podía más. Decide cambiar. Sin consultarlo con el Dire —¿cómo si no lo recibía ni se ponía al teléfono?—, ya le daría la sorpresa, cubre, con la soltura de los viejos tiempos, la atención observadora, el oído despierto, el sarcasmo de los viejos tiempos, uno de los sucesos de la temporada cultural: “el corredor Roma-Condesa”. Pero no para Subsub sino como gran reportaje independiente, su regreso clamoroso a la cancha.

Apoteosis de las galerías y los museos de ambas colonias herederas de la Zona Rosa Belle Époque, ya no más separadas por el muro de la Avenida Insurgentes. Los espacios y los pinceles al alza. Daguerrotipo de dealers —éstos de postín y de otra clase de droga—, coleccionistas de vieja y nueva alcurnia, curadores, pintores y escultores, anticuarios colmilludos y críticos desdentados, villamelones, socialités, niños bien del Green Party azteca. Cocteles públicos y fiestas privadas sin límite. Se acordó que Fernando Benítez sostenía que, en las fiestas de Carlos Fuentes, en la calle Galeana de San Ángel, el semen chorreaba por las escaleras. Aquí galas, sombreros extravagantes, terciopelo, “rayas” de trajes de diplomático y de las otras, alcohol a mares, ingenio de cocktailes, “Noches Temáticas”, DJ’s de moda, prostitutas y prostitutos, snobs, narcos venidos a más, la cartera repleta, la “flor y nata de la “pictorería” —como gustaba decir la dueña de la Galerías Pool Pop.

Disfraces al por mayor. En una fiesta “Super-duper en un dúplex”, “A.A.” contó dos Óscar Wilde —hombre y mujer—, un Batman, un Andy Warhol, tres Ladies Gaga, una Lena del Rey, una Andrea Palma, diecisiete Madonas, un Messi sin que le faltara la bufanda del equipo Barcelona. Y una viejecita —crítica feroz en su tiempo, nacimiento del Muralismo— disfrazada de Miley Cirus. Y, toque latino, dos chavos, uno de Sarita Montiel, el otro de Lilia Prado.

¿Y cómo se colaba “Bronx” a tales exclusivos saraos, para pescar diálogos, chismes, comentarios envenenados, entre tanto Fifí, Lagartijas y Lagartonas, petimetres travestis? Muy fácil: descolgaba de los clavos del cuarto de azotea, hecho un mudalar, los dos trajes de pana y el Harris Tweed, que en tiempos de Oro, ¡ay si volverán!, le regaló Rogelio Sainz.

Cuando todo está a punto de cocción, teclea tarde y noche; su libreta de apuntes y las botellas de Sauza al canto; nada se le escapa en el reportaje, llave que espera milagrosa. Pero el amanecer que lo pilla dando los últimos toques no rasga la oscuridad. Llueve a mares, si hasta parece el huracán “Manuel”. Satisfecho, respalda el documento, y ordena imprimir, imprime el reportaje intitulado “La inauguración interminable”, y apaga la MAC. Sobra un chirris de tequila. Lo degusta y se deja caer en la cama yerta, al lado de aquella en que acabaron durmiendo madre e hija. Lo vencen el cansancio, el sopor. Pasa la mañana. Despierta a las 3.15 p.m. Oscuridad plena, lluvia torrencial. Rayos. Siente cómo el corazón se afana en saltar de su pecho al cuartucho. Encuentra un folder. Se alisa la greña y encasqueta la gorra sustituta de la original. Duda coger o no la correa del difunto Can-Can. Mejor no. Baja la escalera a todo escape. Protege el folder dentro del chamarrón. Empapado, encomendándose a los Dioses, no sin vencer resistencia para que lo dejaran pasar al cuarto piso, a las 4.10 se cuela en la oficina del Dire, siempre, siempre, con la puerta abierta.

Nomás verlo llegar, chorreando, Sainz tuerce la boca con todo y pipa —¿pipa? ¿Y eso?

—¿Qué haces maldito “Bronx”, y en ese estado? ¡Lárgate a Correspondencia! ¡Fuera, fuera o llamo a Seguridad!

No lo hizo. El semblante de su ex amigo exhibía tal desesperación, angustia, desencanto, que temió que cayera fulminado de un ataque al corazón.

—¿Qué carajos quieres? Estoy ocupado.

—¿Podrías, podría echarle un vistazo a esto? Se lo suplico.

Le duele pero no le importa su actitud, mezcla de servilismo y terror. Echa mano del folder, seco, íntegro. El Dire juega con la situación. Finalmente estira la mano, lento, cruel, coloca la pipa en  el cenicero, el folder sobre el atascado escritorio. Blande el criminal Stabilo.

—Veamos qué mierda.

Farfulla condescendiente. Tres correcciones a lo sumo. Se embebe. Sorpresa tras sorpresa, lo ganan ocasionales carcajadas. Alias “Bronx” alias “A.A.”, se distiende, expresión entre agradecida y bobalicona. Lo que, pobre güey, le esperaba.

—Me gusta, sobre todo la escena a lo Dolce Vita, en la fuente Cibeles. Pero no lo publicaré. Lo tuyo, lo tuyo, maldito traicionero, son los bajos fondos culturales. La hez. ¡No te me desclases! Busca a Vergara.

O sea: a la verga. Nanay.

No sin la fría satisfacción de la helada venganza, la pipa otra vez en la comisura, lo ve hundirse bajo el chamarrón y la gorra sebosa.

Secuencia: hecho  mierda, la temblorina incontrolable de las manos, las piernas de papel, sale de la oficina, se dirige al elevador, sale del periódico, regresa con dificultad al cuarto de azotea. Sube la escalera peldaño a peldaño, camino a la horca. Había dejado, en su prisa, la puerta abierta. Arroja el folder al suelo; se desparrama. Coge la correa. Sale. Desciende moribundo, loco de sed. Casi al llegar al final, se desploma, golpeándose gacho la cabeza. ¡Seco! La gorra, esta de los DODGERS —se me había pasado decirlo—, la que suplió la perdida en Iguala, se ladea. Consigue sentarse en el penúltimo escalón. Se lleva las diminutas manos a la cara. Un llanto, que empuja hondo, quedo, irrefrenable, sube a la garganta. Llora, gimotea, aúlla, se desliza fardo al gastado mosaico del piso y se ovilla. Cesa el llanto. Moquea. Deteniéndose en la pared, consigue ponerse de pie.

—Vamos.

Consigue decirle al espectro de Can-Can.

Y ahí va, bajo la lluvia pertinaz, la gorra ladeada, arrastrando la mostrenca correa. Un OXXO: dos pachas. Se agencia, ya sabe dónde, con quién, una “piedra”. Se bambolea, marinero en tierra. Llega al Parque Hundido, en cámara lenta; busca su banca de siempre cerca del reloj que marca las 5.14 p.m. Se deja caer. Llueve sobre mojado… Levanta los ojos al cielo mientras casi vacía la primera pachita. Seguiría la suerte de Can-Can. Le bastaba llegar a Insurgentes, cruzarlo, simular que la esperaba, lanzarse al paso de La Bestia… La segunda botella sería la del brindis del Adiós.

La vista se le oscurece.

Entonces (puntos suspensivos, tres)

 

El autor

En medio de las tinieblas, ábrese, en las alturas, por encima de la banca, del parque, a la altura de los edificios, un paisaje esplendoroso de Historia Sagrada. Sol glorioso que atraviesa, a gajos, el nuberío rosicler. Alucinado, “Bronx” ve dos figuras suspendidas en el aire entonado por el trinar de címbalos. Él, el hombre, mayor, de traje y sombrero pachucos —no falta la colorida pluma—, negrísimos ambos. Refulge la larga cadena que, campanuda, atorada por el cinturón a todas luces, devora una de las bolsas del pantalón ceñido a los talones, rasando los zapatos bicolor. Ella, jovencísima, la más hermosa creatura que había visto en su puta vida. Alta, espigada, el cuerpo maravilloso, el corto cabello azafranado, rojizo mejor dicho, coronando con una trenza la cabeza de camafeo; dejando despejadas las orejas perfectas de las que cuelgan dos zarcillos iridiscentes. Advierte unas pecas. ¿Y los ojos? Color miel, bajo pestañas y cejas delineadas con exactitud. Sonríe y de la dentadura surge una luz de perlas. Sí, perlas. Viste una túnica color salmón, corta, que transparenta los pechos duros, breves —brevas—, sin bra, y unas piernas perfectas que le cortan la respiración Bacardí.

¿Alucinaba? ¿Se había muerto sin sentirlo?

De las alturas baja una alfombra roja por la que ella, blanca cual la leche, aporcelanada, tacones altísimos, baja, rígidos el cuerpo y los hombros y los brazos delgados que descansan en su extensión. El derecho, tatuado, alcanza a leerlo, con la leyenda en rojo: FRÁGIL, MANEJESE CON CUIDADO. Una super modelo de Dior o, pongámonos pedantes, de los prerrafaelistas victorianos: ¿Burne Jones? ¿Alma-Tadema?

Desciende hacia él.

Dificultoso, pónese de pie. Suelta la cadena del arrollado Can-Can, que cae al suelo, Azogue, tiembla de los tenis a la gorra. Duda de plano de su razón, de su juicio.

Truena una voz en el cielo.

—¡Tómala zopenco, so pendejo Alcibíades Altolaguirre! ¡Es tuya! ¡Te la regalo!

—Hola, mi amor.

Le dice ella, sus labios frescos rosando la trompa boquiabierta.

Tonito regio, montano; inconfundible. Vence el plomo de sus cortos brazos de cacomixtle. La toma de la cintura, allí donde nace la dura, la sinuosa grupa. Siente bajo el chamarrón los pezones, enhiestos; el sexo, florecido.

Se decide.

Besa el Paraíso.

Para eso, conciudadanos, compatriotas, sirve la literatura.

ultimo

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