Crónica 27

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El otro día se me ocurrió una teoría sobre lo que es Canadá. Estaba cenando con un amigo canadiense en la Ciudad de México. Por pura casualidad caímos en un restaurante fantástico, dentro de un hotel en la Avenida Constituyentes. Estábamos buscando un lugar donde tomar una copa y platicar. En la recepción del hotel nos dijeron que el bar se encontraba en el piso R. Tomamos el ascensor que abrió hacia una especie de set cinematográfico de película Fellinesca, maravilloso. No era un bar, sino un restaurante de lujo, decorado tipo Versalles, que además tenía una terraza techada con una fuente de pared sin agua, pero con un festín de luces que daban el efecto de una cascada. Las sillas de la terraza eran de plástico, espantosas, pero todo en conjunto, con la combinación del mal gusto y la tradicional estética francesa, resultaba encantador.

No es la primera vez que mi amigo visita la Ciudad de México y por lo tanto se sabe ya algunas diferencias entre los dos países, como por ejemplo, pedir un martini, pues casi siempre que salimos juntos nos encanta tomarnos algunos. En Toronto se especifica el tipo de vodka o ginebra, así como si se sirve con una rajadura de limón verde o con aceitunas. En México generalmente el martini se sirve con el vodka o ginebra de la casa, o “de trabajo”, como le escuché a un mesero decir una vez, y siempre con aceitunas. Esa noche él lo ordenó al estilo mexicano, pero el mesero preguntó elegante y educadamente con qué vodka debería hacerlo. Mi amigo se quedó encantado aunque, eso sí, se lo trajeron con aceitunas a pesar de su preferencia por la rajadura cítrica verde claro.

La plática se centró en una especie de comparación entre Canadá y México. Los dos coincidimos en la opinión de que un lugar tan absolutamente surrealista como el restaurante en el que estábamos, jamás podría encontrarse en su país: el residuo sesentero de la atmósfera, la atención impecable de los meseros, la calidad de la comida, el menú francés e inglés, pero con platos yucatecos, en fin… la mezcla tradicional, viva y latente que es México no existe en Canadá.

Fue en medio de esta conversación cuando se me ocurrió la teoría, la cual narro ahora con el más auténtico respeto por los canadienses porque, por supuesto, es simplista y poco educada pero la creo divertida:

 

-Me parece que lo que le pasa a los canadienses es que están todos enjabonados.

Mi amigo se echó a reír a carcajadas y fijó su mirada en mí como haciéndome sentir un genio, lo cual me estimuló para abundar:

-Viven temerosos a ensuciarse por lo cual no se enjuagan. Están desnudos en la regadera, llenos de espuma y pasmados. Es como un deseo eterno por permanecer avergonzados y desinfectados. Avergonzados por no ser ingleses y desinfectados pues nunca han querido una guerra.

Mi amigo continúo riéndose y de modo pensativo dijo: -Quizá tengas razón.

Después de la exposición de mi teoría bárbara también le platiqué cómo, con mis ojos de extranjera, podía encontrar una similitud entre las ciudades canadienses que había visitado, a pesar de que ellos generalmente no ven absolutamente nada en común entre éstas. Para mí, ciudades tan aparentemente distintas como Vancouver y Montreal, comparten esa esterilidad clínica entre nórdica y gringa, que las hace pertenecer a Canadá. Al igual que Tijuana y Mérida, por ejemplo, pues a pesar de sus enormes diferencias sabemos que son parte de México, y al cruzar las fronteras tanto estadounidenses como centroamericanas, esas similitudes de pertenencia incuestionable dejan de ser. Lo mismo pasa en Canadá con su única frontera que es Estados Unidos. Un ejemplo son las Cataratas del Niágara, pues a pesar de que a los ojos de la naturaleza es el mismo paisaje, no tiene nada que ver la sensación de estar viéndolas desde el lado canadiense, con la de observarlas desde el lado americano. En el primero hay un grado menor de saturación corporativa, cuyo propósito es obligar al turista a comprar souvenirs, beber Coca Cola y comer hamburguesas con donas. No es que en Canadá la experiencia sea sofisticada, pero sí se respira un aire de más humildad y orden.

Mi amigo, quien siempre me ha tenido una paciencia y respeto inigualables, me escuchó con atención. Cuando fue el turno de platicar sobre México, en realidad él no tenía una teoría tan bárbara como la mía, simplemente me comentó que veía un deterioro notable en la ciudad, que jamás en su vida manejaría un coche aquí, que le parecía increíble cómo el gobierno no hacía nada para multar a tanta gente que se pasa los altos, daba vueltas prohibidas, etcétera. Opinó que cómo era posible que las autoridades no impusieran castigos, cuando menos como una oportunidad de hacerse de dinero. Aquí intervine, comenté que quizá es por el grado tan grande de corrupción, que dejar hacer a los ciudadanos lo que se les antoje, es una forma de sentir menos culpabilidad moral por el robo prolongado e infinito que ha ocurrido desde hace tanto tiempo en mi país.

Al final brindamos por los dos países y reconocimos que platicar, teorizar y quejarse tomando martinis es fantástico, pero que se necesita más que eso para componer al mundo, el cual parece estar encerrándose en una estupidez cotidiana. Le reconocimos a Canadá que en estos tiempos de descomposición universal, es el único país cuyas políticas de inclusión parecen caer en la decencia y en el amor al prójimo y no en el racismo y en el joderse al otro por una especie de codicia ciega y sin dirección. Y a México le reconocimos su surrealista naturaleza, la amabilidad contradictoria de sus habitantes y su inigualable e inspiradora belleza.

Quiero pensar que mi muy pequeño grano de sal es seguir intentando aportar a ambos países: no perder contacto con México a pesar de que mi vida sea fuera de aquí y seguir conociendo más de Canadá a pesar de mi eterna nostalgia por México.

P. Rivera.

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