ATRIBUIDO QUINCEAVO CORTE

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ATRIBUIDO

QUINCEAVO CORTE

Navaja de Fernando Curiel

Sé que me tiene Ud., mequetrefe jovenzuelo, por Señorito, criado en aire de invernadero, dilecto de la Diosa Fortuna, protegido de Presidentes de la República, de Porfirio Díaz a Adolfo Ruiz Cortines. Con López Mateos ya menos porque me da por morirme en 1959, el segundo año de su mandato. Que si no. ¡Y hasta se compadece —finge compadecerse— de que fallaran los pronósticos, primero de un amigo de toda la vida que se me alebrestaría al final, y luego de una pitonisa, de que llegaría a los ochenta! No me disculpo por la vulgaridad, ¿pero tiene Ud., granujilla,  una puta idea de lo que, en las profundidades que sólo el alma mora, fue mi vida?

¿Padecer de orfandad, aunque vivo mi padre, el general Bernardo Reyes, Torre, Atlas? ¿Sentir celos, lo admito cainitas, a causa de su preferencia por mi hermano mayor, Rodolfo? ¿Tener que taparme la boca para no revelar, que Julio Torri más basó en él que en Antonio Caso, para hacer escarnio del “temperamento oratorio”, fina estocada? ¿Soportar su paternalismo agudizado después del 9 de febrero, las fábulas dementes de sus Memorias? ¿Qué me cobraran culpas ajenas?

En vez de murmurar venenoso, aquí y allá, ¿se ha puesto Ud. a pensar en lo que para mí significó descubrir, junto a dones literarios de excepción que opongo a cualquier plumífero de mi patria, ya no digamos a Ud., pretencioso imberbe criticastro, una estatura irreparablemente escasa? ¿La propensión a la gordura que lo lleva a Ud., a llamarme “temprano Buda”? ¿La pronta devastación capilar de una cabeza mejor puesta en su lugar que la suya y de todos los de su calaña? ¿Qué tuve que inventar que a la única mujer que conocí en la preparatoria de San Ildefonso, y con la que me casaría por gusto pero obligado por las circunstancias, la elegí porque, alta que era, me alcanzaría los libros de los estantes más altos? ¿Puede su maledicencia imaginar la sorda, y en algunos no tan sorda, Rodolfo por ejemplo, reprobación de mi familia, en la cúspide porfiriana, ante mi elección de una muchacha hija de padres de condición modesta? ¡La mujer que fue, contra viento y marea, los giros caprichosos del destino, mi propio mariposeo, la compañera de mi vida tan de abrojos, refugio doméstico, soldadera fiel!

¿O que mi mentor, también elegido, Pedro Henríquez Ureña, me sojuzgó juzgándome sin piedad; metiéndome con calzador en la prosa cuando lo mío era la poesía; incordiándome, ya maduros los dos, porque según él, en lugar de profusamente escribir lo que se esperaba de mí —lo que él esperaba de mí— me perdiera en juegos y devaneos de salón?

¿Se ha detenido Ud. en todo lo que llevo dicho, antes de difamarme disque admirándome sin condición para devengar la beca que lleva mi nombre? ¡Quiá!

Yo también fui joven. ¿Ha pensado por caso cómo viví, adolescente, las contradictorias ambiciones presidenciales —mal de México, origen de la inmoralidad dirigente denunciada desde 1915 por Martín—, de mi padre? ¡Y no por faltas de méritos y luces que vaya si le sobraban al general! Ambiciones atizadas ciegamente por Rodolfo y esa caterva de seguidores a los que bauticé “Hermandad de la Última Gota de Sangre”. ¡Pero si lo dejaron cruzar la frontera solo y su alma, en pos de la quimera de un plan revolucionario fechado en La Soledad, Tamaulipas, justeza del lenguaje en la que nadie ha reparado! Soledad angustiosa la suya, febril, carcelaria, de la que únicamente saldría para morir. ¡Y con qué mendaz y pacata moral se escandaliza Ud., no crea que no lo sé, de que yo haya escrito que, de lo que murió mi padre, fue de “ametralladora”! ¡Pero si se trató de una gracejada sanadora, de una “curita” en una herida abierta que jamás cicatrizó! ¿A cuenta de qué, válido de qué penetración hace Ud. juicios velados de un muchacho abocado a los libros y no a los 30-30, firmes en la cabecera de su cama?

¡Sufrimiento de no encontrar las palabras ni la ocasión para decirle al general que Porfirio Díaz ni muerto lo consentiría de sucesor; que Limantour jugaba descarado con él; que León de la Barra era un doble cara; que no podría medirse con Madero, ídolo de la hora!

Sufrimiento por el prisionero de Santiago Tlatelolco, receptáculo de intrigas sin cuento; sufrimiento por el Héroe sacrificado a las puertas de Palacio Nacional; sufrimiento por la ingratitud que lo devoraría; sufrimiento y vergüenza por ver a Rodolfo ministro de Justicia del torvo Victoriano Huerta, titiritero con Lane Wilson tras la decena trágica.

¿Por qué olvida Ud., o lo más grave ignora, que Huerta intentó cooptarme, comprarme, con el señuelo de una secretaría privada? ¿Qué renuncié al cargo de secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios, bastión de la resistencia ateneísta? ¿Qué tuve que poner pies en polvorosa, esposo y padre de una criatura que, ya todo un hombre, sembraría de cardos la senda de una vejez de por sí contristada por un corazón jarrito de barro?

¿Aquilata Ud., inepto murmurador, lo que fue hacerme taquígrafo de lujo de la Legación de México, mientras me perdía la excitación de París, Meca con la que soñábamos desde Plateros? ¿Tener que escapar a España por culpa de las bombas alemanas y el despido despiadado del cuerpo diplomático, al triunfo del Constitucionalismo? ¿La pobreza de años en aquel Madrid duro de trato salvo unos cuantos para siempre entrañables, gélido, sin calefacción, de provisiones de papas podridas, de calles lodosas, hasta que Vasco, en el candelero de los sonorenses, me dio la mano? ¿Y tener que torearlo, a José, cuando decidió meterme en su equipo de la Secretaría, sabiendo yo que no subsistiría en aquella corte de obedientes aduladores?

Viví, en efecto, como celebridad, en Argentina y Brasil. Pero a costa de mis ahorros, endeudándome, y perdiendo para siempre el último amor, húmeda tersura, que me regaló para quitármela una vida de responsabilidades y sacrificios.

¿Por qué Ud., que tuvo a la mano, mano torpe, mis papeles en la Capilla, no desmonta la campaña injusta que desde mi vuelta diplomática a Francia se desató en México contra mía; falsos rumores, habladurías, dicterios, enormidades, culpas que eran de mi señor padre y de mi irrefrenable hermano? ¿Por qué no expurga en lo que me encontré a mi regreso definitivo a México, en 1939, despedido del servicio exterior, endeudado, con las puertas de Argentina y España cerradas a piedra y lodo, piedras proto peronistas, lodo franquista?

¿Qué me encontré? Silencio, incomprensión, desdén, murmuraciones malévolas como las de Ud., envidillas ruines en vez de reconocimiento y palmas ganadas a pulso. Sutil o grosero pero siempre mexicanísimo ninguneo. ¿O se imagina que la Casa de España inmediatamente corregida a El Colegio de México, y el Colegio Nacional, fueron miel sobre hojuelas?

Por su atolondrado magín, en la élite becaria, ni siquiera pasan los dos golpes finales. No que Arreola tan dispuesto mal conformara un capítulos de Parentalia en Los Presentes, colección de otra parte benemérita. No. De lo que hablo es de que Guzmán, quien ya me había malherido con una dedicatoria cruel y falsa, me confirmara que, en efecto, desoí la oferta del presidente Madero, abrumado por tantos frentes abiertos, de que si yo garantizaba que mi padre se retiraría a la vida privada, lo dejaría en libertad. Martín lo recordaba porque fue testigo. ¿Cree usted que no jugué con la imagen del general, en vez de caído ensangrentado junto a su caballo Lucero, par entre los empresarios de Monterrey?

Y faltaba el tiro de gracia. Le hago llegar Parentalia a Jesús Silva Herzog, director de Cuadernos Americanos, revista de cuyo consejo formaba yo parte y sesionaba en la Capilla. Jesús traslada irresponsable la redacción de la nota a un joven, al igual que Ud., falto de luces. Que me hace decir que mi padre traicionó a la Revolución Mexicana. ¡Insensato! Caí enfermo, recaí enfermo al leer semejante calumnia.

En verdad, en plata, ¿tiene Ud. una puta idea de tanto naufragio?

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