Crónica 25

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Ponerse una borrachera con mezcal es una experiencia comparable con tirarse a un hoyo cuyo fondo está hecho de pantanos agusanados, lágrimas, reproches y la voluntad de tapar al sol con un paraguas negro. Cuando menos esa ha sido mi experiencia. Alguna que otra persona me ha contado que es lo opuesto, que emborracharse con mezcal es tan puro como lavarse por dentro con agua de manantial, que el placer y la ilusión por la vida se acentúan y que al día siguiente la cruda no existe, que la experiencia es curativa.

Observo a tres jóvenes muy bien vestidos, una chica y dos chicos. Deben de tener entre 30 y 40 años. Lo deduzco por la repetida referencia que hace uno de ellos, al que se le asoman las canas, al Moroco Topo, personaje de la caricatura “El Inspector Ardilla” que yo veía de niña. Los tres son fresones, por cómo hablan, por cómo se comportan: dueños de un mundo. Se nota que están reunidos después de un día arduo de trabajo, son colegas de algún tipo de empresa de diseño o quizá de una galería de arte. Es difícil no enterarse de su presencia pues se encargan de llamar la atención de todos los comensales que coincidimos esa tarde de viernes en la Pizzería Cancino de la San Miguel Chapultepec. Es una tarde primaveral, más bien veraniega. La gente en la Ciudad de México andamos con sandalias, de manga corta o sin ellas y algunas mujeres con vestidos cortos. La chica viste uno de éstos, de mezclilla, así como unos botines de gamuza preciosos de color miel, tiene un cuerpo cuidado, de joven disciplinada, luce el cabello largo con rayos claros. Los dos chicos, ambos trajeados, la asedian, en especial uno, el de pelo no cano, quien con su cuerpo intenta constantemente estar más cerca de ella.

Cuando comienzo a interesarme en su dinámica llevan encima apenas un par de cervezas XX Lager, conservan porte y dignidad. Conforme la conversación avanza aumenta en volumen y me percato que es porque se han decidido por incluir mezcal a su menú de bebidas. La Pizzería Cancino, cuyo espacio es una especie de terraza arbolada digna de Malinalco o Tepoztlán, alberga también, en el edificio de atrás, las oficinas del Mezcal Unión, quizá ellos en realidad trabajen para esa empresa agavera y no para el mundo del arte y el diseño. Nunca lo sabré, pero sí sé que es esa marca de mezcal la que beben. A medida que los vasos, en realidad ex veladoras, son más, las referencias al Moroco Topo también aumentan, así como la utilización del nombre propio del chico sin canas por la joven mujer:

—Ya Patricio, ya entendí.

—¡Que ya, Patricio!

El chico con nombre, ahora conocido por todos ahí presentes, a su vez responde:

—Escúchame con atención lo que te voy a decir.

—¡Te dije que me escucharas!

—¡Que me escuches! ¡Carajo!

La chica tiene las uñas de muñón, o de mecánico, como diría mi padre, su hermosura y privilegio no le quitan la inseguridad y por lo visto Patricio lo sabe, pues insiste en que él tiene la clave de la salvación de su vida y exige una y mil veces ser escuchado. Ella lo acredita pero sin dirigirse directamente a él:

—Es que si no fuera por Patricio no sé qué hubiera hecho.

Patricio se arrima aún más a la chica, quien sigue conservando una prudente distancia física entre ellos.

Vuelve a escucharse como si fuera un disco rayado la voz del chico canoso:

—Como el Moroco Topo.

—Como el Moroco Topo cabrón.

—Como el Moroco Topo.

Quizá sea personaje de moda.

La chica comienza a llorar, a disculparse por existir. Momento perfecto para Patricio quien finalmente logra abrazarla, ella lo rechaza no con agresividad sino con un sentido de autoprotección. Su llanto es en verdad profundo y voluntarioso, reconozco el clavado al hoyo pantanoso y agusanado que el mezcal la ha obligado a dar. Las pupilas de los dos hombres giran como si estuvieran en una sesión de hipnosis. El canoso comienza a comerse también las uñas, reconozco también la ansiedad que la bebida de agave ocasiona. La borrachera es tensa, ansiosa, dramática. Aparentemente se dicen las netas.

Me tengo que ir, no puedo presenciar la conclusión del rápido deterioro de los tres, pero cercioro, con ojo casi clínico, la transformación que esta bebida tan de moda entre los citadinos pudientes es capaz de ocasionar no sólo en mí. Mis episodios mezcaleros tristes, en los cuales casi siempre acabo en posición de tortuga inundada en mi propio llanto, me parecen ahora normales. Qué alivio saber que no soy la única a la cual esta bebida tan francamente deliciosa, no la cura de nada.

P. Rivera.

3 thoughts

  1. Tambien he visto los ojos negros girando de la gente tomada de Mezcal. Pero no sabía si fuera ellos por ser bajo la influencia o yo :0/

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