Crónica 24

cronica 24

Amo ver fotografías viejas de mi familia. Las veo con ojo concentrado, intentando definir y conocer más sobre las personas con las cuales crecí. Desde muy niña he sido la coleccionista de estas imágenes. He procurado ser la que guarda, casi siempre de manera secreta, todo lo que me encuentro para poder revisar imaginar y crear historias de esas vidas, y aunque lo hago siempre en momentos distintos, hay un hilo conductor: el de tratar de construir mi leyenda.

Hace unos días fue la celebración de los cincuenta años de casados de una hermana mayor de mi madre y de su marido. Por coincidencia maravillosa pude asistir ya que me encuentro en México y la oportunidad de ver a primos, tíos y demás familia con la cual en realidad no hay cotidiana comunicación, es siempre una ocasión única. Durante el evento, que fue muy lindo, lo que más me gustó fue la proyección en loop de fotografías de la vida de mis tíos y de sus hijos, donde por momentos estábamos también mis abuelos, otros tíos, primos, mi madre, padre, hermano y yo. Pude imaginarme la riqueza de vida que las imágenes reflejaban, sentí que en general la trayectoria de esos cincuenta años parecía haber sido amable y que las bendiciones continuaban, con las nuevas familias, con los nietos, con más sonrisas, abrazos y demás demostraciones de amor. Cuando por momentos bajaba la mirada de la pantalla y observaba a todos los que estábamos presentes en la fiesta, sentí que nuestra materia física, el espacio que ocupábamos sentados alrededor de las mesas, elegantemente puestas, celebrando junto con los nuestros, era tangible e importante. Estábamos ahí porque nos correspondía estarlo y al vernos ahora todos con más años, en contraste con las imágenes donde algunos éramos niños y otros cuando menos más jóvenes, no hacía más que reiterar esa sensación de pertenencia.

México siempre ha sido difícil para mí. Lo amo pero me inunda en conflicto, no tanto el país sino mi historia familiar, la cual sigo intentado descubrir o cuando menos entender el por qué de los efectos que tuvo en mí. Por eso me encanta encontrarme con fotografías donde todavía soy niña, donde mis padres son jóvenes y aún somos la familia de cuatro que en mi fantasía es unida, aventurera y feliz.

Cualquiera que lea estas líneas creería que una gran tragedia destruyó esa historia armoniosa y aunque es verdad que en la familia, tanto de mi madre como de mi padre, han sucedido un gran número de infortunios y desgracias inalterables; en la mía lo que hubo fue un divorcio. Divorcio que como un terremoto, destruyó los aún endebles cimientos de amor propio y

seguridad personal debido en parte a mi personalidad y a que era una niña cuando ocurrió. Una manera de entenderme fue desarrollada a partir de ese suceso y por muchos años no me acordé de la inmensa felicidad que experimenté antes de él. La visión de mi persona se convirtió en la de la niña inadecuada y gordita que me convertí y no en la de la niña activa y traviesa que también fui. Ver las fotografías proyectadas en la fiesta me hizo recordar a las dos.

Después de cierta reflexión, de soñar con el pasado y de sentirme un tanto ansiosa, descubro que quizá aún sigo cargando con la vergüenza de aquél ser con sobrepeso que definió mi autoestima y con el cual me conecté gracias a una fotografía. Intuyo que su enorme necesidad por ser entendido de otra manera me ha llevado a tomar decisiones tan importantes como la de irme de mi país y la de convertirme en actriz, es decir, dejar de existir como el recuerdo de lo que fui en México. Quizá en este descubrimiento esté también la explicación a muchas de mis frustraciones y desesperanzas, a mi sentido de nunca pertenecer, no lo sé. Sin embargo entenderlo me está haciendo sentir bien, más ligera, como si me hubiera liberado de una carga vieja que no ha hecho más que apachurrarme.

La memoria fotográfica de mi infancia me ayuda a explicar de manera casi espiritual mi presente. Estoy y soy en el ahora. Pertenezco, así como todos los demás invitados a los cincuenta años de casados de mis tíos.

P. Rivera

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