JUNTO A LOS ESCOMBROS TRECEAVO CORTE

 

navaja 2

JUNTO A LOS ESCOMBROS

TRECEAVO CORTE

 Navaja de Fernando Curiel

PARTE I

Las fuerzas enemigas tomaron la ciudad muy de mañana. Procedían de las costas de Guerrero y Michoacán, en el Pacífico. Nos emboscaron en la luz húmeda de septiembre con la urgencia y la cólera del rayo.

               En cosa de segundos dinamitaron los pilotes de los hoteles Regis y Hilton; demolieron decenas de edificios y vecindades; reventaron los rieles de los tranvías; cortaron los cables de alta tensión; derrumbaron postes, bardas, semáforos, antenas, anuncios murales; azolvaron el alcantarillado; destruyeron la Central Telefónica de la calle Victoria; quemaron cines y teatros, destecharon mercados, descuajaron árboles añosos; el Centro Médico cayó como un castillo de naipes.

               Su paso fue señalado por espesas columnas de polvo calizo, y llamaradas, a lo largo del Casco Viejo, San Juan de Letrán, Avenida Juárez, División del Norte, La Roma, Tepito, Narvarte, Hipódromo y las colonias populares asentadas en el lecho desecado del lago (Morelos, Valle Gómez, López Mateos, Boturini).

               El impudente mapa de la muerte. Miles de niños, mujeres, hombres atrapados, desmembrados, prensados por toneladas de cemento y varilla y piedra (leve tezontle de pronto granito).

               Ayes, ronco llanto.

               El enemigo repitió el ataque al día siguiente a la hora, igualmente artera, de la anochecida.

Secreto público

Ningún psicólogo social o antropólogo urbano o historiador de las mentalidades o economista de coyuntura o tecnócrata de la anexión podrá explicar, razonablemente, científicamente, cabalmente por qué carajos permanecemos aquí. Retrepados a dos mil y pico de metros de altura sobre el nivel del mar, sofocados en invierno, al borde de un estiaje total, respirando toneladas de mierda, sobre un suelo arcilloso que o se anega o resquebraja o hunde o trepida.

               Simplemente nos empuja una visión.

PARTE II

Por esos días, yo amaba a una muchacha que miraba en escorzo, suave, como humectada, sin otro perfume que el de la piel tendida al sol. Nos alimentábamos de largos silencios, yogurt, vino, galletas. Nos despedíamos al filo del amanecer. Aquel del 19 de septiembre emboscaba la matanza.

Inscripción mural

SE HA MARCHADO YA EL ÚLTIMO BRIGADISTA

PERO YO TE SEGUIRÉ DESENTERRANDO

Primera fundación

Observa, ¡oh sobreviviente!, a la tropa progenitora. Fanática y astrosa, en taparrabos, abandona las laderas rocosas de Aztlán, al norte del territorio (¿o de Chicomostoc, más al centro?), para bajar hasta aquí.

               Hasta aquí: valle lacustre, ombligo émulo de la luna.

               Obsérvala avanzar a troche y moche, sufrir persecuciones y sed, maloler, alimentarse de alimañas lodosas, para cumplir el sueño domiciliario de Huitzilopochtli. Dios precarista si lo hubo.

               Obsérvala acercarse al islote del comienzo escuchando, con el corazón en el cogote, los aletazos del águila devorando a la serpiente.

PARTE III

Minutos antes del ataque, el pueblo capitalino congregábase alrededor de los altares humeantes. Atole y tortas de tamal. Sangre y carne de aquellos Dioses renacidos, no hacía mucho tiempo, en el pleno centro, detrás de la Catedral, cabe la plaza de la Constitución. Templo Mayor.

Segunda fundación

Tenochtitlán es un montón de escombros en llamas; cadáveres arcabuceados, escudos rotos, tapizan las calzadas; los canales y las acequias teñidos están de sangre; los sobrevivientes golpean, huérfanos, muros condenados a la demolición.

               Por el contrario, el campamento de los invasores ejércitos victoriosos, al sur, es una égloga perfumada. Coyoacán: jazmín, hueledenoche.

               Una vez enfriada la olla del puchero, que tragan a puñados, Hernán Cortés y sus secuaces deciden el sitio de la ciudad nueva. Hispana y católica.

               Encolerízanse, enronquecen, escupen, blasfeman.

               ¿Qué razón impone, ultimadamente, el regreso a la isla pululante de gusanos y lutos, en vez de los deliquios y las certidumbres de la tierra firme? ¿La sola lógica imperial, afanosa de avasallantes símbolos?

               No.

               A Cortés, vuestra merced disculpe, lo agarra por los cojones el delirio azteca que fundó Tenochtitlán.

Inscripción mural

TIEMBLA COMO NUNCA

ANTES

HABÍA TEMBLADO

AQUÍ

PERO MI CORAZÓN

YA NO TREPIDA

CUANDO TÚ PASAS

 

PARTE IV

7.18 a.m. Anda en sus dieciséis años. Os digo que el peinado de pájaro quetzal, los anteojos negros, las cadenas que gotean bisutería hindú, la camiseta sin mangas con la leyenda “I Love Big Apple”, el cinturón de latón, los pants Adidas, los calentadores Pussy Cat y los tenis Panam —todo pepenado aquí y allá, el navajazo a la víctima incluido— contrastan con el señorío de la calle Isabel la Católica.

               Pero él siempre recala en esta zona de la ciudad.

               ¡Qué no se había metido en el cuerpo las últimas horas! Pastas, mezcal, carrujos de marihuana. Se lleva a la nariz la bolsa de cemento e inhala hasta que el cerebro arde. Trastabilla, golpeado por una oleada de náusea. Inhala de nuevo el cemento. Las piernas se le doblan. La mirada se le vidria.

               Jadeante, sin soltar la bolsa de plástico, se apoya en la pared que instantáneamente, 7.19 a.m., lo aplasta.

Íntima

Vivía yo a la sazón por donde la avenida San Jerónimo comienza a empinarse, camino al Cerro del Judío. Quizá, porque, a metros escasos de mi estudio, un inglés mexicano armaba un velero, que luego botaría en el Golfo de México, percibí claramente que la casa rompía sus amarras y empezaba a deslizarse, a bogar sobre las olas de tierra en dirección del Periférico.

               Balanceo.

               Crujir de maderos.

               Borrascoso viento a estribor.

               Naufragio.

Tercera fundación

Era, ¡ay!, esta locura, en su origen republicano, apenas un Casco Viejo rodeado del inmenso y despoblado Distrito Federal. Más mal hemos hecho sus habitantes que el blandengue subsuelo sísmico.

Corte abrupto

En la radio Tatiana cantaba: Coooooooonnnnnntiiiiiiigooooooooo noooooooo voooooooooyyyyy aaaaaaaaaa baiiiiiiiiiilaaaaaaaaaaaaaarrrrrrrrrrrrrr/ Sóllllllllllllllloooooooo meeeeeee puuuuuuueeeeeedeeeeeeeeesssssss connnnnnnnnnnntemm m m m m m m m m m m m  p l a r r r/ Soooooooyyyyyyyy uuuuuuuuuna chiiiiiiiiica deeeeeeeeee ficccccccccción n n n n n n n n n/ úuuuuuuullllllllltiiiiiiimooooooo griiiiiiiiiiito deeeeeeee rooooobb (silencio).

Inscripción mural

¡LA RENTA ES  DE QUIEN LA PAGA!

PARTE V

Él es oriundo de la Ciudad de México. De la calle de Manzanillo, colonia Roma, para no dejar cabos sueltos. Niño aún, su señora madre lo llevó a vivir al estado de Guerrero. Las vacaciones escolares —las de aquel calendario de los años cincuenta del siglo pasado, el XX— atesoraban la promesa, cumplida, de regresos nunca suficientes a la capital, con los tíos maternos y paternos y sus hijos, los primos y las primas que iría perdiendo como se desgaja una floresta en el corazón. Hablo de antes del trazado de la Super a Cuernavaca, cuando salir del delirante anfiteatro montañoso taxqueño, o penetrarlo, tomaba sus cinco o seis horas.

               Regresar a la Ciudad de México, establecerse en ella, en pos de la poma del arte, el narcótico de la fama, la lumbre amorosa, la tentación del poder, la reforma anarcoliberal del mundo, se convirtió en la apuesta de su adolescencia cerril.

               Y el día llegó —la noche mejor dicho. Siendo las veinte horas y cacho de la noche, desde el kilómetro 28 de la carretera, allá por el lugar conocido como El Cantil, alelado en su asiento del autobús Estrella de Oro, atisbó allá abajo, ceñido por el círculo de montañas, el piélago de luces en que ansiaba quemarse. Era 1959. Juró no sé qué extravagancia. Prometió no sé qué portento. La terminal se encontraba en Fray Servando Teresa de Mier, en pleno centro. Entró a la ciudad, para ya no abandonarla —salvo el periplo europeo, sólo eso faltaba—, por la calzada de Tlalpan.

               Hoy es septiembre de 1985, toda una vida después. La Roma, Fray Servando, Tlalpan, secciones enteras de la capital amontonan ruinas, hieden a cadaverina, a Tlatelolco; exhiben a la luz del sol impávido sus vísceras reventadas. El golpe brutal vino de abajo, del fango. Pisando las calles como los marineros los puertos, quiero decir bamboleándose, el sabor del viejo sueño —sabor justiciero, aventurero—, se le trueca derrota y podre y ceniza.

Inscripción mural

SOMOS EL SUEÑO SOÑADO POR UN EXTREMEÑO

DESPUÉS DEL PUCHERO

Jaculatoria

Carrizal fangoso

Adoratorio misérrimo

Chinampa florida

Urbe lacustre

Venecia americana

Muy Noble y Leal

Ciudad palaciega

Villa Olímpica

Matadero

Erial

Rencor vivo

Capital de la FIFA

Cielo profanado

Ventarrón de heces

Grieta

Fosa común

Inscripción mural

ME BAMBOLEO AUNQUE EL SUELO ESTÉ PAREJO 

PARTE VI

De hecho, en las esquinas populosas de las grandes avenidas —Reforma, Insurgentes, Universidad, Río Churubusco, División del Norte— había empezado ya, de tiempo atrás, la ocupación de la plaza. Que será a degüello.

Vestigio

DISC  PE LAS MO ES TI S QUE LE CAU  ES T OB A

Cuarta fundación

Una garra nos atenazó el cuello y nos prosternó ante el abismo que abrieron las grietas. ¿Qué chingados vimos? Unos encontraron únicamente sus muecas de payasos lamentables (maquillaje de cal cuarteado por los ríos de llanto). Otros advirtieron, todavía más desolados, una oscuridad sin fondo (que amenazaba ensancharse). Los más, empero, aunque lo ignoremos embotados por el duelo, columbramos una ciudad fragante y luminosa, a ritmo de peatones, ciudad civil, espejeante de aguas límpidas, verdeante de natura, resonante de tranvías, ceñida por eminencias nemorosas. Una ciudad conmiserativa, tónica, recobrada, indisputadamente nuestra. Ni de los Dioses Aztecas ni de la Corona Española ni de los Poderes Federales ni de los Partidos Políticos ¡Nuestra! Al fondo, enclavados en el aire translúcido, los dos volcanes (su memoria, su misterio).

               De lamentarse son, ay, las cuarteaduras, la sangre derramada, el general quebranto, el llanto, el despojo, las grutas del alma, los penachos de varillas retorcidas (nueva, pavorosa estética urbana). ¡Oh, ciudad zaherida, tomada, aplastada, batida, hollada, depuesta, diezmada! Pero más de lamentarse sería el olvido que también arrasa.

Efemérides

Cuando se trazaban los Ejes Viales, allá en los setenta, a la del Valle, sus moradores la rebautizamos: ¡Colonia del Valle de Lágrimas!

Erotismo urbano

Apenas salvó el pellejo, corrió, alma que lleva el diablo; saltó escombros; burló cordones policiales. En un tris apareció jadeante en la calle Ródano de la Colonia Cuauhtémoc. Suspirando, se cercioró que la Diana Cazadora seguía en pie, intacta, flechándole todavía el corazón.

Inscripción

YO SOY DAMNIFICADO

DESDE ANTES DEL TERREMOTO

 

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