Crónica 23

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Hace un par de años intenté regresar a la Ciudad de México para quedarme a vivir y no lo logré. En enero del 2015 volví clara y definitivamente a mi vida en Toronto, la cual en comparación con la mexicana ha resultado ser más posible y amigable. Ojo, que no es queja, sé que el fracaso del experimento azteca en mucho, si no es que en todo, fue mi culpa. En el proceso ambivalente que fue decidirme a regresar al norte pasaron varias cosas, pero la más importante fue un curso de escritura creativa al que me inscribí en la Art Gallery of Ontario (AGO) impartido por la poeta canadiense Lynn Crosbie. Ahí descubrí que esta actividad que practico desde niña, es de valor vital para mantenerme en un estado más o menos saludable y entendí, con claridad y entusiasmo, que en la forma de la palabra se vale todo, que mis deseos y frustraciones, enojos y alegrías encontrarían la libertad absoluta de existir.

Lynn Crosbie es una personalidad más local que nacional y su fama radica en la poesía rebelde y violenta que crea, así como en su conocimiento profundo de la cultura pop. Su look es peculiar pues siempre viste de negro, con telas gruesas, a pesar de que las estaciones cambien. Porta el cabello largo y desaliñado y su maquillaje es exagerado. Sabía de su existencia por historias que gente conocida en común me había contado y por un artículo que escribió sobre Madonna, publicado hace algunos años en el periódico Globe and Mail, donde defendía a capa y espada a la diva del pop. Sé también que dentro de sus actividades, como la de dar clases y escribir para periódicos, ha intentado incursionar en el mundo del cine como guionista, colaborando con el cineasta local Bruce McDonald, quien anda por el mundo nevado con sombrero texano y atuendo de roquero. El proyecto quedó en el limbo.

El curso en la AGO tenía el objetivo de que todo lo creado durante éste sería inspirado por el arte expuesto en la Galería, por lo que cada sesión, después de la lectura de los trabajos en voz alta, era obligatoria una visita a alguna de las salas de exhibición, con el propósito de encontrar inspiración literaria a través de la pintura, fotografía, escultura o instalación. Lynn nos aclaró que no se trataba de crear descripciones de las piezas de arte que nos llamaran la atención, sino de usar éstas como ideas fundacionales para el desarrollo de nuestras historias. Para mí este método resultó maravilloso y fructífero pues abrió la puerta y dio salida a todas las emociones tristes y frustradas, cultivadas durante mi vida pero en especial durante la aventura fallida de intentar volver a la vida mexicana.

El primer día del curso recuerdo haber estado muy nerviosa, pues no sólo me había comprometido conmigo misma a escribir de manera cotidiana sino a hacerlo en inglés. Se nos pidió que lleváramos una cuartilla, muestra de nuestro trabajo, que sería leída y discutida en esa primera sesión. Logré escribir de manera apresurada media página pero lo hice a mano para que pareciera que era una. Me resultó casi imposible hacerlo y no tanto porque no tuviera ideas, sino porque me moría del miedo de haberme dado el permiso de exponerlas al mundo y, en cierta forma, comenzar a sanar. Llegué temprano por lo que tuve el privilegio de ver cómo los otros alumnos iban apareciendo uno a uno, eran en su mayoría gente por arriba de los cincuenta y pocos mis contemporáneos. Al tener que introducirnos cada uno al grupo y a Lynn pude darme cuenta que en resumen habíamos dos tipos de gente: los tímidos y muertos de miedo como yo, pero valientes hasta la médula, y los que se creían Proust, nos hacían el favor de estar ahí y bostezaban con muecas de aburrimiento cada vez que Lynn aplaudía nuestros esfuerzos. Dentro de esta división había otra, la de nuestras actividades cotidianas, donde la variedad era notable: ingenieros, psicólogos, químicos, pintores, maestros e incluso escritores publicados.

El método de Lynn, no tanto de enseñanza sino más bien de análisis, estaba enfocado en estimular constantemente y de manera positiva nuestras ideas, bien o mal expresadas, de hecho una de las principales reglas del curso era que los comentarios hacia los trabajos de nuestros compañeros tendrían que ser constructivos, cautelosos y por supuesto libres de insultos. No todos los trabajos eran interesantes o buenos, pero lo que me encantó sentir es que en realidad no importaba, el mero hecho de escribir algo era motivo suficiente de celebración, por lo que poco a poco me fui atreviendo a hacerlo con menos miedo y auto juicio. Al final la mayoría de los alumnos, salvo un par que continuaron creyéndose Proust, logramos compartir un sentir luminoso de apoyo y entusiasmo por el éxito propio y del prójimo.

Siempre escribí sobre México, no importando que la pieza de arte utilizada como inspiración tuviera absolutamente nada que ver con mi país. Todo me recordaba sus sonidos, sus colores, sus olores, mi memoria se instaló en las historias fallidas, en los amores lastimosos y absurdos. Descubrí que al escribir en inglés sobre temas tan dolorosos me otorgó una especie de distancia maravillosa. Experimenté por primera vez con la poesía en prosa y puedo afirmar que me resultó natural hacerlo en inglés.

Han pasado algunos años desde que tomé el curso. Tres de mis compañeros y yo aún nos reunimos una vez al mes replicando la dinámica de Lynn. Leemos en voz alta y comentamos,

positivamente, los trabajos de los otros. La disciplina de escribir en inglés ya no es tan cotidiana como cuando estaba con Lynn, pero no la he perdido y la del español, en parte gracias a este espacio bloggero, ha crecido de manera significativa.

Lynn Crosbie cambió mi vida, espero poder decírselo algún día, así como ansío, con maravillosa curiosidad, el seguir habitando el mundo de las palabras tanto en inglés como en español.

P. Rivera.

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