TORRE LATINOAMERICANA Fernando Curiel

 

 

Seas o no seas chilango, hacer turismo en la Ciudad de México (nanay de CDMX, quizá CDMXEXDF), demanda una guía de emociones que empiece en el mirador de la Torre Latinoamericana, ya de sesenta años. Cuando niño pueblerino, nacido en plena Segunda Guerra Mundial, México del lado de los Aliados (aunque muchos compatriotas del lado del Eje), se contentaba uno con las alturas del Alcázar del Catillo de Chapultepec o, de perdis, con las del viejo edificio de la Lotería Nacional.

Lo digo por experiencia. Taloneados, chancleteados, Londres, París, Atenas, Praga, Nueva York, Venecia, Varsovia, Venecia, Dubrobnik, Zagreb, Austin, San Antonio y anexas, afirmo que a las ciudades no se entra por sus puertas sino por sus miradores. De ahí, pal’real. Pero donde, adolescente, lo aprendí, fue trepado en la Torre Latinoamericana.

Sepa usted que se inauguró un Día del Niño, 30 de abril de 1956. Quizá porque tiene mucho de juego de niños, de esa curiosidad que, si te descuidas, el tiempo mata. Primer Rascacielos del país; casi 182 metros de altura; 44 pisos; 3 sótanos; 3,200 toneladas de acero.

Puerta al Zócalo, a través de la Avenida Madero, antes (siempre) Plateros. Puerta a La Alameda Central vía, un trecho, de la Avenida Juárez. Tan moderna que su fisonomía aéreo-dinámica (Neo-gótica si usted quiere) y sus materiales se mantienen incólumes. Su diseñador, arquitecto Augusto H. Álvarez, la ancló para aguantar las oscilaciones y trepidaciones de nuestro subsuelo, volcánico cuando no telúrico.

Se empezó a construir en 1948, a los dos años de la pachanga alemanita (aprovecho para recomendarle un ensayo superior de Carlos Monsiváis que, entregado con fórceps, le publiqué en la colección Práctica de Vuelo). Pero a quien le toca la inauguración anti-sísmica es al sucesor de Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortines. Este último a dos años de entregarle los trastos a otro Adolfo, López Mateos.

Que sea un día claro. No uno de estos de contingencia ambiental que, caso único en el mundo civilizado, se (mal) trata con mañas políticas en vez de conocimiento científico. Si usted, turista capitalino, sobrevivió a baches y asaltos, bulling y bloqueos; si su escalera eléctrica del Metro no se paró de súbito o empezó a subir cuando los usuarios bajaban; y

alcanza la esquina de Niño Perdido (dizque Eje 1) y Madero; dispóngase, privilegiado, al ascenso en veloz elevador.

Si tiene suerte, la hora la marcará el Reloj de la Torre. Que por ahora no tiene la competencia del Big Ben de Londres, porque el Ben entró en reparación. Reparación inglesa: puntual. No como el caso del cercano “Caballito”, pobrecito, en manos de caballerangos chambones e ineptos que lo mantienen, todavía, encerrado. O el caso del Hemiciclo a Juárez, ahí en La Alameda Central, pintado, su mármol, ¡con pintura COMEX! (o cosa que se le parezca).

Ascienda, pues, al Mirador. Circular.

Que de lo que se trata es de embriagarse de vistas, en todas direcciones. Se vale que piense, afligido, en la Ciudad de México de 1956, 1965, 1973. Se valen discretas lágrimas que no empañen los cristales de los telescopios estratégicos.

¡Ay, close-up, del maravilloso Palacio de Bellas Artes! ¡Ay, big-long-shot, del Cerro del Chiquihuite y sus antenas transmisoras! Y el Zócalo. Y la Villa. Y Catedral. Y la Plaza de la Revolución, campamento vacacional (en días laborales) de la CNTE.

Una vez en tierra firme, asómese a la Camisería Bolívar. Me saluda al dueño, tercera generación. Y como ya le anda de hambre, le sugiero, en Regina y Topacio, Casa Chon. Me sumo. No voy desde que al extinto Manuel Camacho, en plan de Regente, le dio por ir para la foto en La Jornada. Y, para colmo, más fotos, se jaló al presidente Salinas. Ambos de baños de pueblo que alejaron a los comensales.

Otro día le platico del incumplido proyecto de Carlos Slim de convertir la Latino en hotel. Eje de una plaza bajo la sombra de Santo Domingo. Me quedé con la hipotética reservación.

 

Antena Torre LatinoamericanaVersión 2Bellas Artes

MaderoMonumento a la RevoluciónEl CaballitoEje Central. Palacio de Bellas ArtesZócalo

 

 

Fotografías de Octavio Olvera

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