Crónica 22

 

Éste es el primer fin de semana en Toronto que hace un calor de perros. Me aburro a mí misma con tanta queja climática, pero en verdad que los extremos este año han sido difíciles, como en todo el mundo, lo sé. Hace unos días fui a visitar a Vincenza a su casa, cuyo primer piso renta generalmente para restaurantes y después de mucho tiempo de tenerlo vacío, finalmente lo logró arrendar a un restaurantero que, dentro de poco, abrirá un lugar de comida vietnamita-francesa.

Mi amiga vive en la segunda planta por lo que cada vez que la visito forzosamente tengo que pasar por el negocio. Es una división un poco sui géneris pero es lo que le da carisma al lugar y, francamente, a ella también. Es difícil imaginarla sin el restaurante y viceversa. Ese día habían varios trabajadores desmantelando el de por sí destartalado local, para darle un look de “usado” o más bien como dice Vinceza: de bombardeado. Uno de ellos, un chico australiano, nos mostró con orgullo los avances destructivos del espacio. Durante la breve charla, nos platicó que llevaba seis meses viviendo en esta ciudad y no conocía un lugar donde la gente hablara tan obsesivamente del clima. “Date un tiempito más —pensé en mis adentros— y verás que es imposible no hacerlo”. Del temor de salir de casa por riesgo a congelarse, pasamos en cuestión de horas a temer salir por el riesgo a derretirse. Ni la cerveza se antoja, sólo agua y más agua. Con estas temperaturas es también imposible vestirse decentemente, lo que explica el look “campamento eterno” de la mayoría de los canadienses, todos andamos o como osos o en chanclas, camisetas y shorts, es decir, desaliñados por excelencia.

Pero también hay cosas buenas que llegan cuando el tenor acapulqueño es adoptado por la ciudad. Por ejemplo la posibilidad de ir a un partido de béisbol en el Rogers Centre, que tiene un impresionante domo que lo cubre la mayoría del año, pero se abre en esta época. Y como el estadio está a unos metros del lago Ontario, además de haber una brisa deliciosa, la temperatura es siempre unos grados menor a la del resto de la ciudad.

Mi amiga Jazmín y yo tuvimos la fortuna de haber comprado boletos para ver ayer el primero de una serie de tres partidos entre los Blue Jays de Toronto contra los Red Sox de Boston. Los boletos eran los más baratos y por lo tanto nuestros lugares estaban situados casi hasta la última fila, sin embargo, la vista del campo era espectacular. El estadio estaba a reventar con gente de todo tipo y edades, en su mayoría apoyando al equipo local.

Mi afición por el béisbol me vino aquí, pues antes me parecía un deporte aburridísimo y de hecho creo que aún lo es si sólo se ve por televisión; no hay como verlo en vivo, en medio de porras y abucheos, con cerveza, cacahuates y hotdog en mano.

El partido estuvo fenomenal, vi una gran cantidad de jugadas que nunca había visto, que sólo conocía en teoría, y descubrí que uno de los jugadores estrella y de lo más talentosos del equipo canadiense es orgullosamente mexicano: Roberto Osuna Gutiérrez. Los Blue Jays estaban a la ventaja sólo por dos puntos, por lo que el equipo decidió meter en el último momento a Osuna, su pitcher estrella, para que terminara de darle “cran” a los Red Sox.

Cuando salió al campo el estadio estalló en aplausos y fanfarrias. Pude ver su rostro en la pantalla gigante y entendí que era connacional porque uno de los fans, un niño de doce años, fue captado por la cámara con una bandera enorme de México. Sentí un orgullo espectacular y una especie de tranquilidad al saber que un mexicano es la estrella máxima del equipo canadiense. Fue como si me sintiera acompañada en mi trayectoria. Absurdo, lo sé, pues no conozco a Osuna y ser actriz treintañera es muy distinto a ser un atleta exitoso en sus veinte, pero eso sentí. La energía que el pelotero mexicano transmitía cada vez que tiraba la pelota era cautivadora, tranquila, meditativa, no cometió ningún error y logró que los Red Sox perdieran inmediatamente al lanzar tres strikes casi de manera consecutiva. La afición rompió en aplausos gritando: “¡Osuna!, ¡Osuna!, ¡Osuna..!” Nunca imaginé escuchar a tal cantidad de gente, en su mayoría anglosajona, venerar de tal manera a un extranjero, específicamente a un mexicano.

Al terminar el partido Jazmín y yo decidimos regresar a nuestro barrio en tranvía, pues anticipamos que por ser un viernes caluroso, la ciudad estaría a reventar y sería imposible conseguir un taxi. Sin embargo, no fue así. Las calles se veían vacías y se respiraba un aire tenso, callado, extraño. Nos dimos cuenta que sí había gente, pero la mayoría estaba dentro de los bares mirando atentamente por televisión otro partido importante, pero de basketball entre los Raptors de Toronto contra los Cavaliers de Cleveland. Era un juego decisivo: si el equipo de Toronto perdía quedaba eliminado del campeonato. El silencio de la ciudad era precisamente resultado del marcador adverso para los Raptors, quienes en el momento en que Jazmín y yo logramos asomarnos a un bar para saber el marcador, éste se encontraba 83-143 a favor de Cleveland. Toronto no pudo reponerse y tristemente perdió el campeonato. La gente, en duelo solidario, regresaba silenciosamente a sus casas.

Me quedé pensando que quizá la afición al deporte es la única identidad canadiense posible pues ante tal mezcla de razas, idiomas, culturas, costumbres, religiones, una cosa es segura, ayer en las calles y en el estadio, todos vestidos del mismo color, cantando al unísono temas espantosos como “We will rock you” o “La Macarena”, compartíamos un objetivo y un sentir en común, el de ganar y apoyar a nuestro equipo local. No lo sé, food for thought, como dicen aquí.

P. Rivera.

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