Crónica 21

Páginas México Canadienses, crónicas de un viaje que se ha vuelto vida.

Crónica 21

Vivo en Canadá desde el último año de la década de los noventa, mi iniciación fue en la ciudad de Vancouver, la cual francamente detesté desde la primera semana, a pesar de su geografía espectacular. Recuerdo que esperando el transporte público, en la popular esquina de Burrard y Robson, después de mi primer día en la escuela de danza, me dije en voz baja: “me equivoqué, no quiero estar aquí”. Sin embargo, dada mi historia de renuncias y proyectos sin terminar, tuve el sentido común de entender que no se valía echarme para atrás, había agotado ese privilegio.

A Toronto me mudé en el 2006 y afortunadamente las cosas han sido distintas, encontré amistades maravillosas, oportunidades laborales y una ciudad que aunque no es romántica cuando menos es interesante.

A los que vivimos aquí, el resto de Canadá nos considera insufribles; y confieso que algunos personajes sí que los son. Hay una epidemia de quejas, hay tal privilegio de espacio que a la menor sensación de limitación, la gente agrede y lo hace siempre educando con gritos al transgresor. El problema más común es la lucha entre los ciclistas y los automovilistas. Los primeros, quienes jamás usan casco o luces, se creen tanques de guerra; los segundos no hablan de otra cosa más que del miedo que le tienen a los primeros.

Desde que llegué a Toronto vivo en el barrio de Little Italy, donde de Italia y de italianos queda poco. Describo algunos de los personajes y espacios cotidianos en mi vida:

La vecina italiana. Prepara galletas cada semana. Observa mi casa noche y día: quién entra, quién sale, quién no sale. Asume, lo sé, que las tentaciones son alimento diario de mi vida; quizá por eso la mitad de las galletas que hornea son siempre para mí.

La vecina griega. Habla un inglés casi irreconocible. Desde las cinco de la mañana está en su patio trasero, trabajando la tierra como si viviera en las montañas rodeada de ovejas. En la primavera siembra jitomates y lechugas. Tiene árboles de duraznos. Las pocas veces que he cruzado palabra con ella generalmente es porque tiene alguna historia negra que transmitir: la mordida brutal de un perro a un niño, o la muerte por atropellamiento de un gato vecino.

La vecina yogi. Reciente adición a la calle, ella y yo hemos coincidido varias veces: la conocí en una clase de técnica Meisner hace un par de años, después me la topé en el tranvía y finalmente un día en frente de mi casa.

—¿Dónde vives? —Me preguntó.

—Aquí —contesté— ¿y tú?

—A tres casas.

Debido a tantos encuentros fortuitos, una vez que la tuve de vecina, imaginé el inicio de una nueva amistad. Me entusiasmé con la posibilidad de una relación con alguien más o menos de mi edad, pero la fortuna no nos ha sonreído, ahora apenas y nos topamos.

La barbería Hipster. Acaba de abrir hace un par de meses en un espacio enorme que solía ser una tienda de abarrotes “dada al catre”, donde era común encontrar latas caducas o restos de materia fecal de roedores en las bolsas de pasta. Peor aún, miles de tarjetas fueron clonadas en su cajero automático “marca patito”. El edificio estuvo vacío por años. Finalmente los peluqueros decidieron rentarlo. Tienen una mesa de billar y arte en las paredes, parece una especie de galería bar. Sin embargo el ambiente culto, macho y malo sólo se siente los sábados, cuando la mesa de billar es usada en su mayoría por niños y sus padres jóvenes, quienes toman refresco (está prohibida la venta de alcohol), cuidando de no mojar sus tupidas barbas de leñador recién lavadas.

Bickford Park. Hasta hace unos años este parque también parecía abandonado, excepto por los orgullosos dueños de perros quienes estábamos acostumbrados a soltarlos y dejarlos correr libremente. Ahora, gracias a que la colonia se ha vuelto “deseable”, el parque está invadido por equipos amateur de béisbol y soccer. Es común ver a los canes y a los deportistas perseguir la misma pelota, lo que con frecuencia causa argumentos violentos que intentan limitar la libertad de movimiento de nuestras mascotas. El gobierno de la ciudad decidió construir un parque dedicado a los cánidos al extremo sur del Bickford Park, pero resultó ser un fracaso. Los perros grandes no hacen más que pelearse entre ellos por el espacio tan confinado, y los pequeños no hacen más que lastimarse las patas debido al tipo de rocas que tapizan el suelo.

El templo Budista Kadampa. Fue construido en lo que fuera una Iglesia Unida. Está pintado de blanco con relieves en dorado. Los Budas que adornan el espacio son también dorados y hermosos. Antes uno podía ir, sentarse a meditar, tomar clases de Budismo por una bicoca, incluso había la posibilidad de unirse al almuerzo vegetariano por cinco dólares. Ahora un grupo de jóvenes británicos ha puesto orden corporativo al templo, los precios han subido más del doble, el almuerzo kármico ya no existe y las clases de meditación, a pesar de ser más caras, son muchísimo menos útiles, pues no enseñan ninguna técnica a seguir, ya que este conocimiento otorgaría libertad al practicante y eventualmente la capacidad de hacerlo en soledad.

El Gatto Nero. Café cuyo dueño —Carmen— es toda una institución. Fue el primer lugar en Toronto del cual me convertí cliente frecuente. Es de los pocos espacios todavía italianos. El café es maravilloso, así como también las pizzas. Aquí hicimos la película Tony Gitone ya que Carmen nos dejó filmar en el lugar sin cobrarnos. El poster de la película, en el cual estoy yo como Vanessa Luna, rodeada por los otros personajes, adorna el café. Aquí me tratan como princesa y me consideran famosa. Me encanta.

Y así pues un vistazo rápido a lo que es mi colonia.

P. Rivera

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