DOMINGO DE FUTBOL EN C.U.

DOMINGO DE FUTBOL EN C.U.

Fernando Curiel

Para Carolina y Martina, en la banca.

Domingo 8 de mayo del 16. Mi hijo Adrián, formidable cuentista y novelista, me invitó al partido Pumas-América, en Ciudad Universitaria. Se lo había prometido a mi nieto Mateo como regalo de su cumpleaños número diez. Viven en Mérida, Yucatán. Los Pumas estaban muertos para la Liguilla pero vivos para la Libertadores.

No iba a un partido desde que, años atrás, mi amigo Orestes Aguilar (¿dónde anda?), me sorprendió con boletos para el encuentro de las selecciones de Brasil y Uruguay, casi guerra transfronteriza. Ni más ni menos que en el legendario Estadio Centenario de Montevideo. Acababa yo de aterrizar. El Jet Lag desapareció como por encanto. ¡Vaya festín¡

Por supuesto que salió a cuento la anécdota de que Onetti, el gran Juan Carlos Onetti, sin oficio ni beneficio salvo la genialidad en la cancha de la página, una temporada se ganó el pan como taquillero en el Estadio Centenario. Me cuesta imaginarlo, tan quitado de la realidad extra-literaria.

La fiebre futbolera, a los tres, abuelo, padre e hijo, nos viene de mi padrastro, Amadeo Rocha, que amaba el futbol por sobre todas las cosas. Vida dura la suya, sin escuela, hijo natural, obrero, pero innato jugador cerebral. Ya en Taxco, el futbol le sorbió los sesos.

Entrenó equipos, formó jugadores, algunos profesionales (Gabriel Núñez a guisa de ejemplo), leía cuanta literatura técnica le caía a la mano, me hizo “crack” municipal (todas las posiciones de la delantera, disparos con la izquierda y la derecha), aunque tachado de inmediato de temperamental. Me destinaba, horror, a las fuerzas juveniles del América. Además, le dio por la vena pietista de casi adoptar jóvenes en peligro de trago o de billar (hoy sería el narco). Esto para irritación de mi madre, diseñadora y empresaria excepcional.

Instalados ya en una platea, Túnel 18, me abstuve, contra mi costumbre, de hacerla de guía de turismo. Que la construcción de CU movilizó ejércitos de arquitectos, ingenieros, alarifes. Que para el Estadio se aprovechó una hondonada natural. Que el relieve del muro oriente se lo debíamos a Diego Rivera (y quién sabe a quién, gracias, que no se cumpliera el proyecto de cubrir la totalidad del exterior del Estadio).

Menos aún presumí que, yo niño, mi padre me llevó a un partido del Marte, en la Ciudad de los Deportes, en la Nápoles; ni que vi jugar infinidad de ocasiones al mítico Guadalajara del Jamaicón Villegas, a la dupla Salazar-Portugal, al Cinco Copas (cuya teoría del control territorial de la portería, cuando la supe, me sonó a poesía matemática), a Fernando Calderón de la Barca (delantero también temperamental), casi niño a Pelé. Presente tenía la erudición futbolera de mi hijo Adrián.

Mateo en pleno alborozo. Gran ambiente. Confinada, la porra “Crema”. Desfile de hieráticas porristas anunciando productos y servicios. Mares de cerveza. Selfies a porrillo. Ingresan los equipos. Empieza el juego. Lo que va de ayer a hoy.

Misma fiel, devota, Afición; distinto concepto. Dominio de patrocinios y patrocinadores. Medianos jugadores millonarios, o casi (absurda la comparación con los sueldos de la planta académica). Todo menos futbol de pizarrón (manía de Amadeo Rocha que me resultó lección de política, manejo de escenarios), premeditado. También me sorprendió que los jugadores pasaran buen rato tirados en el pasto.

De pelotazos, el primer tiempo. Mejor el segundo, y final casi de alarido. ¡Goles! Un penalti puma perdido (vieja máxima: un penalti no puede fallarse, todo a favor del tirador, todo en contra del portero). Expulsado, amonestados. Compensaciones de tiempo, que, novedad para mí, cronometran, árbitro y cabina de control y animación.

Resultado: empate, uno a uno.

Misión cumplida.

 

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Fotos: Juan Antonio Moisén Ramírez.

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