Crónica 20

Páginas México Canadienses, crónicas de un viaje que se ha vuelto vida.

Crónica 20

Tuve la oportunidad de cenar con uno de los directores de cine canadienses, de origen armenio, internacionalmente más conocidos. La cita fue organizada por mi amiga del alma Jazmin, quien es también directora de cine, no tan famosa, pero en mi opinión, de igual talento, si no es que mayor, pero cuyo don de public relations no es tan descarnado como el que se necesita para “brillar explosivamente” en esta industria. De la existencia del director famoso sé desde mis años mozos, cuando viviendo en la Ciudad de México, iba, generalmente sola, a la Muestra Internacional de Cine. Recuerdo que su película Exótica marcó una especie de momento de madurez en mi capacidad crítica, por la manera como me afectó y por la manera como, quizá por primera vez, tuve una opinión absolutamente independiente, ajena a la influencia de los comentarios un tanto agresivos y siempre absolutos emitidos por las personalidades cultas con las cuales me crié.

Gracias a Jazmin, quien me ha introducido al mundo de las fiestas donde van las celebridades torontonianas, he podido conocer personalmente al cineasta, así como a su esposa, actriz también canadiense, de origen armenio, criada en Líbano y que es reconocida mundialmente, salvo por supuesto en Canadá, donde nunca trabaja debido a su look exótico y leve acento en el inglés. Mi contacto con ella ha sido menor que con su marido, pues su personalidad es aparentemente más tímida y siempre parece estar torturada por algún tipo de dieta extraña (la última sólo le permitía comer manzanas), que sólo las actrices hacemos y que nos ponen de mal humor o nos vuelven anti sociales. Sin embargo siempre me he sentido atraída por su historia, pues creo identificarme, salvo con su éxito europeo, ya que cada vez que platico con ella vuelve de algún proyecto asaz interesante, en Francia o en Alemania, donde actúa en filmes e incluso dirige teatro.

La última vez que coincidí con la pareja fue hace un año, durante el estreno de una obra en la cual yo era la actriz estelar y ellos eran parte de una lista de invitados destacados en el mundo artístico, como Margaret Atwood, que nos honraron con su presencia. A pesar de un estreno tan glamuroso gracias a que la obra fuera dirigida por la ex prima bailarina, Verónica Tennant, quien aquí es una personalidad tipo Alicia Alonso, mi carrera y la de mi coestelar no fueron catapultadas, tema agrio que no me gusta tocar porque me lleva a reconocer mi también incapacidad natural de hacer public relations y “brillar explosivamente”. Esa noche, el famoso

cineasta se quedó a la fiesta del estreno, mientras que su esposa desapareció inmediatamente en cuanto la obra terminó, lo que me hizo pensar, o que la odió, o que fue asaltada por un ataque de hambre que no podría saciar con los canapés grasosos servidos en el evento. Nunca lo sabré, pero esa noche fue una gran decepción no haber podido conocer su opinión sobre mi esfuerzo actoral. Por eso, cuando mi amiga directora me invitó a la cena, dije que sí inmediatamente.

La cita fue a las 7 de la tarde en un restaurante nuevo llamado OMAW, cuya comida aparentemente Cajun, incluía una lista de ingredientes que abarcaban todo el globo terráqueo, moda actual en Toronto un tanto difícil para personas que, como yo, y tal vez la famosa actriz, tenemos el estómago ligeramente delicado, ya que los efectos de un jambalaya con soya, tamari, chicharrón, coles de Bruselas y demás ingredientes universales, pueden ser fulminantes. Las personalidades arribaron puntualmente y de muy buen humor, Jazmin y yo los esperábamos desde hacía veinte minutos, ella con whisky sour en mano y yo con una copa de vino espumoso canadiense bastante bueno, cuyo propósito era calmarme los nervios.

Inmediatamente la plática se centró en la Ciudad de México, lugar al que habían sido invitados por la realeza intelectual mexicana y que, por primera vez en su vida, la pareja de famosos había visitado el pasado noviembre. No podían creer la riqueza cultural y la belleza de la Ciudad, se sentían avergonzados, esa fue la palabra que usaron, por haber ignorado todo este tiempo la existencia de un lugar tan cercano a Canadá pero al mismo tiempo tan maravillosamente diferente. Estaban asombrados con el tamaño de la Cineteca Nacional, con la cantidad de jóvenes asistentes, con la majestuosidad de Bellas Artes, del Edificio de Correos, con el esplendor de Teotihuacán, con la locura del Zócalo. Estaban impactados con la integración visible y cotidiana entre los mundos indígena y europeo. Sentían pena por la manera cómo en Canadá los habitantes originales fueron despojados de su cultura, hechos a un lado, alcoholizados, maltratados y definitivamente excluidos como parte fundacional de la identidad canadiense. La actriz habló de cómo siempre le ha sorprendido que el discurso del gobierno canadiense es dirigido hacia los derechos de los inmigrantes, nuevos pobladores de otras latitudes, y no hacia el de los habitantes originales, quienes continúan sufriendo abusos. Habló de cómo, cuando adquirió la ciudadanía canadiense, tuvo que jurar obediencia a la Reina de Inglaterra en francés, pues era el idioma que sabía, y de cómo esa ceremonia siempre le ha parecido surreal y desconectada con lo bueno y lo malo que es realmente Canadá.

Me llenó de orgullo ser mexicana, no me importó ser actriz y sentir que era únicamente mi profesión lo que me daba derecho a estar ahí. Procuré, sin embargo, omitir los temas negros de México y disfrutar las críticas a Canadá. No hablé de la corrupción, la violencia descarnada, las desapariciones, la visible y cotidiana desigualdad ente los mundos indígena y europeo, la discriminación. Son temas tan reales pero trillados que no quise sacarlos a colación.

Al terminar la velada, agradecí de todo corazón a Jazmin por invitarme a ser parte de un momento tan agradable y por ser la persona que más que nadie me ha ayudado a también pertenecer a este norte, que por lo que corroboro, anda muy norteado.

P. Rivera.

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