ES/TRAGOS DE AMOR DÉCIMO CORTE

ES/TRAGOS DE AMOR

DÉCIMO CORTE

NAVAJA de Fernando Curiel

 

 

1

Monte de Venus que batía el viento de mi boca.

 

2

Si me reblandecía y sollozaba, tú te alejabas, flor de cardo; en cambio, si eras tú la que lo hacía, te fundías en mi pecho y me hundía en musgo suave. De eso pido mi limosna.

 

3

Aquel perfume que el afán de nuestros cuerpos maceraba. Floral, levemente excrementicio.

 

4

Distinguida señorita:

Le escribo con el sólo propósito de olvidarla.

 

5

Cerrabas los ojos para encontrarte con él ahí donde yo jamás llegaba por más que me esforzara.

 

6

Renacías en mí al perro en celo.

 

7

Orgasmos que te arrebataban de mis brazos.

Bien que me acuerdo.

 

8

Recuerdo mejor su grupa que su cara.

 

9

Juntos, te dije, hasta que la vida nos separe.

 

10

¿Recuerdas cómo me sujetaba a tus firmes hombros mientras pasaba, cintura abajo, la tempestad?

 

11

Desde el pináculo de sus nalgas observaba la ola que se alzaba y rompía en la nuca: sombreada playa.

 

12

Piensa que te amé como Lara a Mujer.

 

13

Al vestirte te despojabas, vidita mía, de tu mejor prenda.

 

14

Alma, Milagros, Consuelo. Doy fe de su existencia.

 

15

También se hace leña del corazón caído.

 

16

Creatura del canto salomónico, Amal, lengua aromatizada con canela, sinuosa arena, satín tostado, licor de dátil y clavo, duna lunar, viento estremecido, sangre estremecida, diciembre del 87. Espejismo.

 

17

Honorable señora:

El placer se nos fue en dimes y diretes.

 

18

Nada, ni la celebridad henchida de viento prócer, goteante de pachulí, se asemeja al instante en que posaste tus ojos en los míos.

 

19

No nos atreveríamos, corazoncito, más allá de las seguras costas; fines de semana que, dique, interrumpían los lunes. Ni siquiera al soltar las amarras —noches de mar embravecida— dejábamos de pensar en tierra firme. Puro amor de cabotaje.

 

20

Lamía y maduraban a ojos vistas las ciruelas de tu pecho.

21

Cruzarás, sábetelo, tarde o temprano, el umbral de mi casa. Te abrirás de piernas. Te revolcarás gimiente y puerca. Pero el deseo habrá cambiado de dirección.

 

22

Las venas henchidas bogaba yo, toda la noche, en círculos concéntricos.

 

23

Dulce y final, sorpresivamente adolescente, se ató el cabello color de trigo. Los rayos del sol se enredaron en la pelusilla de la nuca húmeda ofrecida al tajo. Lo propiné cual verdugo yihadista… Aún hoy me duele su mirada. A unos pasos hervía el Pacífico nicaragüense.

 

24

Íntegro y tigre saltaba a su pecho retumbante.

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