Crónica 19

Páginas México Canadienses, crónicas de un viaje que se ha vuelto vida.

Crónica 19

Es un viernes hermoso, iluminado por un sol pleno, las nubes parecen algodones y el verde de los pastos y los árboles es tan nuevo que brilla como si fueran de hechura artificial. Cuando los días son perfectos en Toronto, son literalmente como de cuento de princesas. La ciudad despierta, de un lugar fantasma se transforma, en cuestión de minutos, en uno habitado por millones. ¿De dónde sale tanta gente? Es imposible creer que todos vivamos aquí. Los ánimos se perciben celebratorios, se escuchan ecos de risas, voces animadas y toda esta energía coincide con un plan hecho hace unos días por “Las tres amigas” de salir a cenar y ponernos al corriente de nuestras vidas. Abril fue un mes de limitaciones y acogimiento para mí, por lo que me siento especialmente emocionada por poder pasar tiempo con Nigella y Vincenza. La cita es a las 5:30 en el Park Hyatt Hotel, ubicado en el cruce de Bloor y Avenue Road en Yorkville, zona ésta de las más prohibitivas en Toronto pues alberga a todas las tiendas exclusivas de marca como Gucci, Channel, Tiffany’s, así como al Four Seasons Hotel, Soho Hotel y otros lugares impagables para la mayoría de nosotros humanos de clase media. El Bar del Hyatt está en el piso 18 y es un espacio pequeño y acogedor, curiosamente nada pretensioso, con una vista espectacular de la ciudad y el lago Ontario. A la mayoría de mis amigos y amigas nos encanta, por su atmósfera tradicional y quizá falsamente sofisticada que nos hace sentir como si viviéramos en una ciudad legendaria tipo Nueva York. Como Vincenza y yo somos vecinas quedamos en caminar juntas mientras que Nigella nos alcanzará directamente en el Bar pues viene de cumplir con sus ensayos.

Hace unos días, Vincenza y yo hicimos una larga caminata por la misma ruta que nos llevará hoy al Bar. Aquél día nuestro destino final no había sido planeado, simplemente nos urgía entrar en contacto con el mundo y sus colores después de una primavera larga y helada cuyas temperaturas por fin empezaban a cambiar. Sugerí que nos encontráramos en la esquina de Clinton y Harbord y camináramos con dirección este, hacia la Universidad de Toronto, cuyo campus es de mis lugares favoritos para pasear, pues sus edificios y jardines crean una mezcla perfecta de espacios viejos, ordenados y tranquilos donde me imagino debe ser un privilegio pertenecer como estudiante o profesor; además de que sus límites territoriales no están marcados por lo que las facultades o colegios como los llaman aquí, se intercalan con la ciudad, convirtiéndolo en un espacio arquitectónico muy interesante. En frente de un campo deportivo

muy pequeño donde es común ver a universitarios jugar Soccer o Rugby, comienza un caminito muy corto pero hermoso y arbolado, conocido como Philosophers Walk que pasa entre el edificio del Conservatorio de Música y el ROM (Royal Ontario Museum), conectando las calles paralelas de Harbord y Bloor. Dentro del Conservatorio hay un café cuyo interior está rodeado de ventanales inmensos al cual adoro ir por su excelente diseño, café y pasteles. No es un lugar que comparta mucho con gente, pues me gusta mantenerlo en secreto, pero como Vincenza es mi amiga propuse que fuéramos. Resultó que ella ya conocía el lugar y aunque no le gustaba tanto como a mí, de todas formas decidimos entrar y tomarnos un café. Al cabo de una hora de plática sobre temas maravillosamente triviales, me acordé que desde hacía mucho tiempo necesitaba comprar un enchinador de pestañas marca Shu Uemura, pues el mío, que fuera regalo de mi madre, llevaba en uso más de quince años. Shu Uemura se ha vuelto una marca dificilísima de encontrar pero Sephora, tienda de productos de belleza adictivamente peligrosa, la tiene. Me acordé que había una sucursal justo en Bloor, calle en la cual prácticamente estábamos y que a pesar de su exclusividad de tiendas de marca, es también posible encontrar opciones más realistas tipo Zara, H&M, Gap, por lo que me pareció una buena idea continuar nuestro paseo con un poco de shopping aunque fuera enfocado y prudente.

Vincenza, quien en un principio aceptó mi plan a regañadientes, cambió de actitud una vez dentro de Sephora donde una personalidad compulsiva, que yo no conocía, se apoderó de ella y acabó comprando media tienda. Entre todos los productos que adquirió, el más espectacularmente absurdo fue un “hinchador de labios”, el cual era un líquido espeso y traslúcido hecho con lo mismo que están hechos los chiles, cuya función es inflamar los labios con una especie de reacción alérgica, para que parezcan como de Angelina Jolie. En corto, es un botox económico, si 42 dólares por 3 mililitros de producto puede considerarse barato. Vincenza es la última persona en mi vida que hubiera imaginado capaz de estar interesada en un producto así, por su personalidad práctica, lo que me reitera el hecho de lo mucho que me falta por conocer a la gente que quiero y la maravilla que es pasar tiempo con estas personas en distintos tipos de circunstancias y escenarios, como la improvisada caminata de ese día. Al terminar sus compras nos metimos a más tiendas donde a mí me entró la compulsión de probarme ropa, en especial en Club Mónaco y Anthropology, lugares que anteriormente me parecían posibles para mi poder adquisitivo y que ese día me di cuenta, ya no los son, injustificadamente, pues el producto no es para nada mucho mejor que las a veces baratijas de Zara.

Decidimos regresar a nuestro barrio caminando hacia la dirección oeste por la misma calle de Bloor, la cual va cambiando considerablemente cuadra con cuadra, del ambiente caro de Yorkville pasamos por todo tipo de atmósferas: tiendas espirituales, restaurantes vegetarianos, un club deportivo para la comunidad judía, cines viejos abandonados o de pornografía y uno que es sede del festival de documentales; hasta llegar a Korea Town, donde como su nombre lo indica todo es coreano.

Nuestra caminata de hoy no será un largo paseo pues tenemos la expectativa de llegar a tiempo, vernos guapas, no sudadas y creernos neoyorkinas. Sé que Vincenza usará su hinchador de labios. A ver qué opina Nigella cuando nos vea llegar, a mí con pestañas enchinadas como las que naturalmente lucen las vacas y a Vincenza con labios que al parecer fueron picados por un panal de abejas un tanto enojadas.

P. Rivera

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