POSTALES GRIEGAS DÉCIMO CORTE

POSTALES GRIEGAS

NAVAJA de Fernando Curiel

Creta/

La ciudad centellea bajo un sol salvaje. Pasífae deja el Palacio y sigilosa, presa del deseo, se encamina al pastizal aledaño. No tarda en descubrir la vaca inmóvil, artilugio de madera y cuero, que le construyera alcahuete Dédalo; y, a unos metros escasos, el toro blanco, hermoso como un Dios, por el que se masturba a espaldas de su marido hediondo a mosto. Corre a hurtadillas, despojándose de la túnica. Abre la compuerta corrediza del lomo y se introduce. Sus piernas abiertas se ajustan perfectamente a las traseras del juguete. La ventea el astado. Ella escucha el trote resoplante. Tiembla mientras la monta y desgarra, brutal deleite. Gime Pasífae. A un orgasmo sigue otro y otro y, a éste, muchos más. Un caldo espeso le anega el bajo vientre. Muge. De esta suerte fue concebido el Minotauro.

 

Costas de Itaca/

De regreso al hogar con las manos vacías Ulises, astuto, aburrido, inventa la Odisea.

 

Laguna estigia/

Con menos kilos de peso y más estatura a causa de los coturnos recién estrenados, Reyes, nuestro Alfonso Reyes, paga su óbolo a Caronte:

—¡Carajo, Grecia! ¡Grecia al fin!

Exclama mientras, jubiloso y grácil, salta a la barca de maderos carcomidos.

 

Argos/

El chillido de Agamenón, sacrificado como un cerdo, quiebra el cristal del aire.

 

Ítaca/

Viejo, dispéptico, Ulises escapa por las tardes a la playa solitaria para remembrar la locura de Ayax, los lances de Aquiles, la matanza final en los ultrajados aposentos de Príamo, la isla palpitante de sirenas. De nuevo en el Palacio ayuda a su mujer a poner la mesa para la cena. Vino pasado por agua, pan de cebada insípida.

 

Polis/

Toda Acrópolis —Atenas, Argos— señala el punto supremo de la caída a plomo.

 

Delfos/

Al diablo abluciones, al carajo presentes, a la mierda dirección propicia del viento y la afligidísima congoja. El oráculo de la montaña nada auguró sobre mi pasado.

 

Isla de Circe/

La terrible hechicera ya no distingue entre hombres y cerdos.

 

Lesbos/

Como en todas las islas, la noche cerrada ayunta mar y tierra. Mismamente las doncellas Atis y Arignota confunden bocas y crespones, jugos. No lejos del lecho en el que Eros las desvela ardientes, escribe Safo, su mentora.

Alumbrada por la segunda lámpara de aceite resinoso se pregunta qué flor crecerá en el abono de su tumba próxima. ¿El asfódelo? ¿La dalia? ¿El mirto? ¿La rosa?

Sin lugar a dudas —entrométome— la azucena. El color, el sabor, el aroma, la textura del pecho femenino.

 

Ilión/

Helena, llena eres de Grecia.

 

Sounión/

Poseidón emerge finalmente, a no sé cuántas brazas de distancia, enloqueciendo las aguas sosegadas. Chorrean Nerinas y Tritones. Avanza en dirección de su templo: bosque de columna, proa encallada. Su aliento nos empapa las ropas. Se detiene a considerable distancia. Posa. Lo fotografiamos los turistas hasta que se sumerge desdeñoso y divino, reventando las aguas.

 

Troya/

Ninguno de los dos bandos lo ignora. El talón de Aquiles es Patroclo.

 

Proa al Tíber/

Harto de Zeus y su intrigante progenie, prendado de Dido (desgracia para él más tenebrosa que Troya), Palinuro se vale de la noche para caer al ponto, huir bajo las ondas cómplices, llegar a la costa y cambiar de identidad.

 

navaja 2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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