Crónica 18

Páginas México Canadienses, crónicas de un viaje que se ha vuelto vida

Crónica 18

La noche del domingo había preparado varios itacates que la mantendrían con energía durante la filmación ya que no le era posible comer cualquier cosa debido a una dieta imbécil que había comenzado un mes atrás. Mientras lavaba arugula, berza, apios, jitomates, pepinos; cocinaba quinoa y horneaba unos panqués de trigo sarraceno con coco y nuez de castilla, le invadió una sensación erotizada de felicidad con la vida, de pronto, todo a su alrededor le parecía atractivo, hermoso y satisfactorio. Se percibió sensual, íntegra, feliz e ilusionada ante la idea del futuro. Analizó al instante este sentir y dedujo que debía ser la voz de un ego apapachado por saber que al día siguiente trabajaría, pero la chispa duró poco, apenas unos segundos antes de volver a ese gris constante que la acompañaba desde hacía mucho tiempo. Logró conciliar el sueño con rapidez ya que no sentía mariposa alguna en el estómago.

El lunes se despertó a las cinco y media de la mañana, se acicaló, desayunó omelette con vegetales, sustituto de café (una mezcla pulverizada de chicoria y diente de león cuyo sabor era amargo pero sin los efectos de la cafeína) y un gran trozo de pan de harina de coco. Preparó las prendas que llevaría para vestir a su personaje, pues la producción no había tenido dinero suficiente para hacerle pruebas o darle ropa. Se lavó los dientes. Subió a su auto, sacó su celular para activar el GPS, ¿qué sería de su vida sin GPS?, no podía acordarse de cómo eran sus viajes antes de este instrumento ya tan integrado a su cotidianeidad como el cepillo de dientes. Programó la dirección del lugar hacia donde se dirigía.

La locación estaba a una hora de su casa, en la villa de Kleinburg (lugar de las colinas pequeñas), en la ciudad-suburbio de Vaughn, Ontario. Ese lunes la temperatura, como en los días anteriores, volvía a ser de tres grados, el día era oscuro, lluvioso y húmedo. Sintonizó la única estación de radio que escuchaba, la CBC, pues le recordaba a Radio UNAM o a las estaciones del IMER debido a su contenido cultural y un poco tradicional —nostalgia de sus días breves como estudiante de leyes, cuando escuchaba música clásica en su bocho rojo cereza durante su trayecto matutino a la Facultad.

El programa estaba dedicado a una mujer de 32 años invadida de cáncer quien había decidido relatar su enfermedad y el tiempo de vida que le quedaba a través de un cómic, el cual había resultado exitosísimo. La voz de la chica era increíblemente joven y alegre, difícil imaginarse el horror de su realidad. Había un tráfico espantoso, tenía forzosamente que pasar por el cuello de botella que se viene formando desde hace varios años en la Calle Eglinton rumbo al oeste, gracias a la construcción de una nueva línea de metro, para poder integrarse a Allen Road y conectarse a la carretera 401 que finalmente la sacaría del downtown de Toronto. El GPS indicaba salidas y conexiones por las que jamás había manejado, pero el paisaje era exactamente el mismo: una inmensidad grisácea perturbada por camiones gigantescos, postes eléctricos, bodegas y estacionamientos de fábricas de todo tipo. Finalmente se acercaba a Kleinburg y su entorno comenzó a transformarse en uno mucho más amable, no sin antes ser bienvenida por los nuevos desarrollos de casas idénticas e infinitas que ahora ocupan lo que un día fue la mayor parte de la tierra de cultivo de esta región cercana a Toronto. Se vislumbraban ahora árboles, colinas y riachuelos, afluentes del Río Humber, que coquetamente presumían el paisaje típicamente Canadiense. En Kleinburg, le habían contado, estaba el McMichael Canadian Art Collection, cuyos muros albergaban la mayor colección de arte del grupo conocido como “El de los 7”; grupo de artistas dedicados, entre 1920 y 1933, a pintar únicamente paisajes de este país, creando así el primer movimiento nacional artístico de Canadá. Lamentablemente no era este el viaje adecuado para hacer turismo.

Finalmente dio con la calle donde estaba la casa que serviría como set para todas sus escenas. Habían varias construcciones idénticas, enormes pero de gusto plano e insípido, la mayoría con garage para tres coches, jardines inutilizables gracias al frío que reina casi todo el año, pero con albercas gigantescas. La calle parecía una especie de Beverly Hills wannabe que casi todas las ciudades aduladoras de la cultura gringa poseen. Estacionó su coche y se dirigió a la aventura. La recibió una chica muy joven con un peinado afro francamente espectacular, le dio la bienvenida con calidez y la llevó a lo que sería su camerino —el cuarto del hijo menor de la familia que habitaba la casa—. La habitación estaba oscura, había una litera y un mueble repleto de trofeos de karate. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra se dio cuenta de que en la cama había un bulto, se asustó, por un momento imaginó que el niño seguía ahí, enfermo, dormido o muerto. Salió inmediatamente a informar a la chica afro que el cuarto no estaba vacío, ella también se sorprendió. Las dos mujeres reingresaron y tocaron el bulto, se cercioraron de que eran almohadas, la cama no había sido hecha, a diferencia de las otras recámaras, asignadas a otras actrices, donde había luz y camas perfectamente tendidas.

La filmación fue como lo anticipaba, difícil para su autoestima a pesar de su esfuerzo por mantenerse positiva; puro alimento de reproches. Cuando llegó la hora del almuerzo, regresó a su

auto donde sacó su comida preparada y volvió a prender la radio. El sol se asomaba tímidamente a través de una atmósfera ahora fresca y dulce, respiró profundamente. Mientras comía revisó en su celular su correo electrónico; había recibido uno especialmente atinado para su estado de ánimo, se soltó a llorar controladamente por temor a destruir el maquillaje. Se pidió perdón por estar ahí y regresó al trabajo cumpliendo como toda una profesional.

P. Rivera

crooonica

One thought

  1. Quizá sea tiempo de que contemples la idea de crear un papel-guión obra que te motive y apasione y tu misma busques ponerlo-ponerte en escena, en teatro o cortometraje querida Paula.
    Hermoso collage P.P!

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