Crónica 17

Páginas México Canadienses, crónicas de un viaje que se ha vuelto vida

Crónica 17

Ha llegado a mi vida. El gran cliché finalmente ocurrió. Voy a interpretar, en una película de comedia, a una trabajadora doméstica mexicana que inmigró, posiblemente de manera ilegal, a los Estados Unidos. Por alguna extraña razón, en mis once años de carrera actoral en el extranjero, me había librado de este papel. El acontecimiento me tiene envuelta en varios tipos de emociones, entre una especie de orgullo sádico, depresión y entusiasmo. La audición me llegó justo el día de mi cita con la curandera “Largo” (ver Crónica 16). Al regresar a mi casa, después de esa sesión tan brutal, me encontré con el mail de mi agente Virginia, donde se me solicitaba hacer una grabación casera de dos escenas, no había presupuesto suficiente para que la productora contratara una casa de casting que se encargara de filmar las pruebas. Mi primera reacción fue sentirme humillada ante tal petición y decir no, me acordé del entusiasmo con el que veía mi futuro cuando empecé a actuar profesionalmente, recordé el pacto que hice conmigo misma de mantenerme sólida en mi visión, en el diseño de carrera que imaginaba. Y luego el gran golpe de realidad, las cosas no han salido necesariamente como me las imaginaba, por culpa mía, por el destino, por varias y complejas razones, las ofertas no llueven por lo que es difícil negarse. Hice la audición advirtiéndole a mi agente que lo hacía un poco a regañadientes dado el cliché absoluto con el que el personaje estaba escrito.

La prueba requería que mi inglés fuera absolutamente rebuznado y así lo hice, cambiando un poco los diálogos con algo que me sonara más natural; decir, por ejemplo, “mi amor”, escrito como “mi amorrrrre”, fue algo que eliminé en mi interpretación. La audición me salió bien y fui informada casi inmediatamente por vía telefónica que había conseguido el papel. Cuando el nombre de mi agencia palpitaba en la pantalla de mi celular supe que venían importantes noticias pues nuestros intercambios cotidianos son únicamente por mail. Mi agente, en tono total de burla me dijo: “Tengo la oferta más excitante del año para ti”, y citó el nombre de la película, la cual es algo así como “Mamás Mugrosas que Cantan” (por miedo a líos legales no puedo describir aún la trama de la película, pero lo haré una vez que haya salido a la luz, si es que sale a la luz). Ante la risa de Virginia me reí también y le dije: “Si puedo hacer dinero interpretando el cliché, pues bienvenido sea el trabajo”. El tono alegre de ella cambió de inmediato: “Bueno, esa es la cosa, en realidad no hay dinero en este proyecto pues es más bajo que de bajo presupuesto. La risa se me fue y rogué a Virginia su consejo, ella opinó que trabajo era trabajo y que siempre era

mejor estar activa, que permanecer sin un papel para interpretar. Así que sin más acepté. Inmediatamente después, las voces macabras internas cuchicheaban que era obvio que hubiera obtenido el trabajo pues ¿qué otra actriz latina con un poco de dignidad habría audicionado para un papel que sólo fomenta y contribuye a la ignorancia sobre lo vasto y complejo que es el mundo de los inmigrantes latinos? Las voces políticas internas decían que ya era tiempo de que activamente me pusiera a cambiar las cosas y dejar de traicionar a mi cultura; pero la voz interna de la niña de tres años daba brincos de felicidad por la oportunidad de disfrazarse y de pasársela bomba interpretando a alguien distinto, jugando, creando y básicamente no tomándose la vida, ni a ella misma, tan en serio. A fin de cuentas no hay papeles malos, sólo actores. Si tan sólo pudiera haber más ocasiones para esta niña de hacer su trabajo expresivo, no sólo interpretando lo que es obvio tanto en el cine, como en la televisión y el teatro canadienses; pero esta es una batalla, si no perdida, cuando menos sí abandonada por mi entusiasmo actual pues, a fin de cuentas, yo soy la extraña viviendo en un país con otra cultura aparentemente muy distinta a la mía. Y mi frustración es, en parte, por la comparación que hago del mundo mexicano del cual provengo, un mundo burgués, educado, privilegiado y snob que se percibe un poco como europeo, y el mundo de los canadienses al que ahora me siento pertenecer, es similar; me veo igual que los oriundos de Canadá, pero para ellos la barrera del idioma y la calidez cultural siempre nos mantendrán a distancia.

Mis escenas se filman la semana que entra y aunque recibí el guión, hace ya algunos días me rehusé a hacerle mucho caso. En otros momentos de mi carrera mi reacción inmediata ante el nuevo trabajo hubiera sido entusiasta, imprimiendo todo, organizando todo; en este caso me ha dado por comportarme de manera ecológica y sólo he decidido imprimir las páginas donde mi personaje habla, así como sólo la información relevante a mis días de trabajo. He ignorado completamente el concepto de que una película es un trabajo de equipo, pero, en fin, no me culpo tanto pues mi dieta anti-cándida mantiene mi perspectiva de la vida en una niebla densa, gracias a la ausencia de café y dulzura. Ruego por que los días en el set sean tal y como los quiere la niña interna sabia, luminosa, juguetona, y no como los anticipa la negrura de las voces autocompasivas y sin sentido del humor que opinan sin piedad. Ya veremos cómo me va.

P. Rivera

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