SAL (SI PUEDES) SEXTO CORTE

SAL (SI PUEDES)

NAVAJA de Fernando Curiel

 

Nos seguimos tropezando con ella, bíblica Estatua de Sal, aún hoy, principios del siglo XXI. ¿Qué obliga a la mujer de Lot a mirar atrás y, por ende, inmolarse? Recuento algunas interpretaciones recientes, acogidas en el libro If (London, Penguin, 2013, 135 págs.).

Joachim Frey, comunicólogo canadiense, sentencia que la señora de Lot actuó guiada por el mismo impulso que mueve y hace arrojado, y a lo mejor célebre, a un corresponsal de guerra. Al margen de cuestiones puramente teológicas —el pecado, la ira divina—, lo cierto es que Sodoma Y Gomorra vivieron aquel día la experiencia alucinante de Londres bajo la lluvia de bombas alemanas, de Hiroshima calcinada, del norte vietnamita en los sesenta (o, añado, para no ir tan lejos, de nuestro San Juanico Ixhuatepec, de las Torres Gemelas de Nueva York). Ella miró atrás como una cámara atraída por un espectáculo a su modo grandioso: los Ejércitos Celestiales cumpliendo la Operación Limpieza. Imaginemos las desgarraduras del cielo; el llover del fuego color cobre; las columnas que empiezan a ascender cual brazos requemados, tardíamente suplicante. “De no salarse, la mujer de Lot habría inaugurado, en tiempos bíblicos, la estirpe formidable de las Oriana Falacci” (pp. 12-27).

Es evidente, lo habrás advertido, que en la de Frey asoma su uña nacarada una tesis por demás manida: la innata curiosidad femenina.

Teotonio Müller, alemán, historiador del urbanismo, habla por su parte de un vulgar accidente que por cierto, “muestra a las claras la falibilidad divina”. Resumo. Al correr casi desnuda, al huir con los suyos de la masacre, la señora de Lot, patricia poco acostumbrada a esos trotes, fue víctima lamentable del pésimo estado —adoquinado reventado, baches— en el que se hallaban las calles de la ciudad incluso antes de probar el acíbar flamígero. Tropezó, pues, la señora; giró su pesado cuerpo cuan largo era; nada pudo hacer la pobre; una fuerza incontenible la levantó en vilo en el aire caliente, oloroso a chamusquina, y la embadurnó de sal gruesa —“como de cocina”. Toda la posterior carga parabólica acerca de su desgracia no vino sino a tapar el pozo de la incompetencia, corrupción, de las autoridades responsables de las obras públicas dentro y fuera de las murallas. Esto, antes que un espíritu insumido o curioso (réplica a Frey), explica a satisfacción los hechos: “lo realmente sucedido aquel día inmemorial” (pp. 100-116).

No se nos escatima, por supuesto, la interpretación semiótica a cargo del argentino Aldo “Che” Davidoff. Elegida su familia para sobrevivir, merced a los méritos de Lot, al ataque aéreo —barrido de sodomitas, lesbianas, sibaritas, voyeurs—, la muy respetable y canosa mujer de Lot para en Estatua de Sal por motivos que exceden a la persona e, incluso, a cualquier ánimo parabólico. La verdad es mucho más “austera, simple”. Dios precisaba de una señal material —sólo material— más que de sus designios, por esencia inapelables e insondables, de la operación realizada. “¿Qué mejor que la petrificación de uno de los moradores, ramera o justo, incestuoso o matrona?” (pp. 76-94). Al tenor de esta interpretación, sustentada con un barroquismo técnico que he procurado atemperar, la mujer de Lot no es un misterio sino una mojonera. La repruebo con toda el alma.

Por fortuna, la antología londinense recoge también la perturbadora hipótesis del jalisciense Juan José Arreola. La comparto con los lectores. La mujer de Lot mira hacia atrás, juégase el todo por el todo en medio del ígneo chubasco, enfurece a Jehová, por una razón netamente sentimental. Matrona, ajada, gira sobre sus talones para buscar, entre las fumarolas que ahogan al propio viento, entre los ayes, ¡a su joven amante! La felicidad secreta y otoñal, volcánica, que pierde por culpa de la virtud —¡maldita virtud!— de Lot, “el marido exonerado del castigo pero no del climaterio” (pp. 128-134).

Hasta aquí lo valioso de If.

Post scriptum, ¿Y si, como sostiene Leopoldo Lugones, argentino experto en materias inefables, la sal aún no pudre ni el sexo ni el corazón de la estatua?

Piénsenlo los lectores.

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