EL PRESIDENTE VIAJABA EN TREN

EL PRESIDENTE VIAJABA EN TREN

AGENDA URBANA

Fernando Curiel

Una de las ciudades en verdad “clásicas” (mezcla de urbanismo y mitología), del planeta tierra (tan dado al catre), la Ciudad de México, ha sido expropiada a sus habitantes por partidos y políticos a cual más de coyunturales.

Digo que las últimas adversidades, de los ciclones a la palabrería electoral “constituyente”, pasando por el “smog”; son un llamado para que sus sufridos moradores nos la tomemos a pecho, en serio. Empezando por conocerla.

¿Suele Ud. visitar el Museo Tecnológico de la Comisión Federal de Electricidad? En el Bosque de Chapultepec, ese espacio algún día sagrado que hoy por hoy se disputan especuladores urbanos sin alma y una rueda de la fortuna que no habría que confundir con el London Eye.

Pues bien: al MT fue a dar lo que queda del Tren Presidencial Verde Olivo. Lujoso, Hoteles Reforma y Ritz juntos, Palacio Nacional Volante de Calles a Díaz Ordaz (dos “rudos”, qué duda cabe).

¡Ah, Chapultepec!

Los que éramos jóvenes en los 60’s, recorríamos en pandilla o “noviando” la Calzada de los Poetas y leíamos, en la falda del cerro del Castillo, a Octavio Paz y a Juan José Arreola. Y ya padres trepábamos a la tribu en el tren infantil.

Recuerdo haber visto el ascensor por el que Porfirio Díaz subía o bajaba a su despacho presidencial. Para acordar, papeles oficiales en portafolios de piel repujada, con los ministros Limantour, Sierra, Reyes.

Bien. Todo movimiento nacional requiere de un medio de transporte.

El Porfiriato, movimiento de élite, y la Revolución, movimiento social-popular, lo hicieron en tren.

La genealogía incluye un Tren Amarillo y un Tren Verde Olivo; entre ambos, un Tren Dorado. Ni más ni menos el que condujo al presidente Venustiano Carranza al desastre poblano (¿a quién se ocurre estibar a los Tres Poderes y al Tesoro Nacional?).

En 1925, don Plutarco ordena la construcción, último grito ferroviario, del Tren Verde Olivo. El contrato, que acaba en 475 mil dólares, recae en la American Steel Car

Company de Chicago, U.S.A. Lo amarra Alberto J. Pani, secretario de Hacienda, ateneísta, tecnócrata, dado a las pinacotecas.

Llegó a la capital (Ciudad de México, con todas sus letras, nada de CDMXEXDF) el año de 1927. Cinco carros suntuosos, cada uno podríamos decir, Pullman; incluido uno para 6 automóviles.

Se estrenó como carroza fúnebre de la finada esposa de Calles y, luego, del sacrificado presidente re-electo Álvaro Obregón. Y con el presidente provisional Emilio Portes Gil, sufrió aparatoso atentado, dinamitero, cristero, allá por tierras de Guanajuato en 1929.

En el Tren Presidencial Verde Olivo, recorren la República, sin parar, Lázaro Cárdenas y Miguel Alemán; menos, sus sucesores. Con López Mateos, el Olivo inauguró la ruta (que se quiso profética) Chihuahua-Pacífico. Con Díaz Ordaz pasa a retiro.

Yo, con la arbitrariedad propia del género novela, lo reviví en Manuscrito hallado en un portafolios, texto (se lo recomiendo) que le sigue ganando la carrera a la realidad por una nariz.

Después de restaurarse en 1941, en 1959 y 2013, el tren Verde Olivo espera a que Ud. lo visite para un viaje, mental, al siglo XX revolucionario y post-revolucionario. Anímese.

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Luis Spota, “La vida en el tren olivo, Palacio Nacional rodante”. Fotos de  Enrique Díaz, en Mañana.La revista de México, año IV, vol. XIV,  número 243,  24  de abril de 1948, pp. 36 – 43.

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