CRÓNICA 14

Páginas México Canadienses, crónicas de un viaje que se ha vuelto vida.

Crónica 14.

De pronto se me ocurrió que quería tener un pájaro en mi casa. Habían varias señales que apuntaban hacia esa decisión: soy Libra, por lo tanto mi símbolo es aire; siempre he admirado a los colibrís y en Navidad mi madre me regaló uno de plata precioso que no me quito nunca. Asimismo durante mi visita invernal a la Ciudad de México fui al Bazar del Sábado en San Ángel donde los pajaritos amarillos me leyeron mi suerte. Las estrellas que me pronosticaron no fueron precisamente maravillosas, pero su estructura de bola esponjada amarilla me dejó conmovida y enamorada. Platicando con mi padre sobre mi nueva idea de tener un pájaro (cabe destacar que tengo ya dos perros) le vino a la memoria la casa de su niñez, donde —me contó—solían tener pajaritos cantadores en jaulas de madera. Inmediatamente imaginé un escenario que necesitaba traer a mi vida: una cocina blanca, luminosa, con ventanas de madera desde donde podía verse un día de primavera espectacular, cielo azul claro, árboles frondosos y verdes donde crecían naranjas, las cuales podían ser alcanzados con tan sólo asomarse y extender un poco el brazo. Se respiraba una brisa fresca y se escuchaba el canto alegre de varios pajaritos cuyas jaulas de madera colgaban del techo. Una mujer treintañera de cabello café oscuro portando un vestido blanco amplio con puntitos azul claro y sandalias caminaba por la cocina deleitándose en ese espacio de alegría y vida. La mujer era una especie de mezcla entre mi abuela y yo. Así pues, decidí que en cuanto regresara a mi casa en Toronto compraría un pájaro y lo tendría en una jaula de madera y mi cocina y el mundo de fuera inmediatamente se convertirían en ese espacio imaginado que en cierta forma había sido real.

Al estar de vuelta en Canadá, donde a pesar de ser abril sigue nevando un día sí y otro también, comenté con mis queridísimas amigas Vincenza y Nigella mi idea de comprar un pájaro, lo hice por separado pero su reacción fue la misma: “Así que vas a ser de esas personas que tienen perros, pájaros, gatos, changos”. “Sí —les dije—, voy a ser exactamente como Frida Kahlo, guajolotes, pollos, cabras, de todo”. Broma aparte nunca esperé una reacción así, pensé que dirían: “!Qué bien!, nos encantan los pájaros, te ayudaremos a cuidarlo cuando no estés”. Una vez más me di cuenta que mis fantasías, mis gustos, mis memorias, aunque las pueda percibir y oler tan emotivamente no son transferibles; esa imagen de primavera en un lugar y espacio cálidos, posiblemente México, en los años cincuenta, donde la protagonista es una mujer capaz de vivir en armonía con la vida, es sólo mía.

A pesar de la poca solidaridad de mis amigas y después de hacer una breve investigación sobre los tipos de pájaros que pueden tenerse como mascotas, me lancé a una tienda de animales decidida a comprar un canario cantador. El lugar estaba a una media hora hacia el norte de donde vivo, también lo encontré por internet. Se llamaba Marta’s PetStore. La tienda en realidad no estaba en Toronto sino en el viejo pueblo de Weston, ahora un suburbio triste donde parecen vivir una gran cantidad de inmigrantes de pocos recursos. Estaba situada al lado de una estética para uñas llamada Gaby y un bar donde la clientela no parecía nada recomendable. Bajé del coche y me adentré en lo que afortunadamente resultó ser una tienda para mascotas interesante por los animales que vendían, así como por su dueño, un hombre de estatura baja, con voz de barítono, amable y conocedor, al cual le gustaban las preguntas concretas. Le dije que quería un pájaro, que nunca había tenido uno y que un canario que cantara sería posiblemente lo que buscaba. Me mostró los únicos tres que tenía, me aseguró que cantarían. Uno canta más que los otros dos y definitivamente tienen que estar solos en una jaula, pues la razón de su canto es que buscan a su pareja. Yo no sabía eso y me pareció espantosamente cruel el concepto de que la expresión de la agonía amorosa del pájaro fuera lo que nos hace felices a los humanos. Como no me vio muy convencida me enseñó otros tipos de pájaros, unos pinzones blancos y unos periquitos que en inglés les llaman lovebirds porque establecen vínculos con su pareja y procuran siempre estar juntos. El dueño tenía una adoración especial por uno de estos periquitos al cual sacó de su pecera, porque no era jaula, y le dio de besos en la cabeza. El perico efectivamente parecía responder al cariño; me lo puso en la mano e inmediatamente mi reacción fue de pánico, grité y moví las manos como si me estuvieran atacando los pájaros de Hitchcock. “Tal vez la que necesita entrenamiento es usted” —me dijo el hombre. Y entonces entendí que en realidad le tengo pánico a los pájaros, pero en lugar de, después de esta revelación, comportarme como una persona sensata, agradecer su ayuda e irme del lugar, decidí comprar al periquito. La emoción del dueño era tal que me escogió todo lo necesario, una jaula espantosa y enorme, un perchero para colgar la jaula también espantoso, un juguete de papel para el pájaro, semillas, arena. Mis acciones comenzaron a ser robóticas, decía que sí a todo mientras le daba mi tarjeta de crédito para que me cobrara una cifra estratosférica que definitivamente no había planeado pagar por mi mascota aérea. Antes de marcharme con mi nueva adquisición, la hija del dueño me mostró cómo tenía que darle una leche de polvo al perico pues era todavía un bebe. Con una destreza envidiable la chica tomó al animal y con una jeringa repleta de papilla amarilla le dio de comer al

perico y le limpió el pico como si en realidad fuera un bebe. Al salir de la tienda con perico en mano y mientras la nieve caía, sentí todo menos felicidad. Volví a mi casa con la sensación de estar dentro de una nube gris, mis perros ladraron cuando vieron al pájaro, creían que era un juguete al cual les estaba prohibido acercarse. Nadie entendía nada, ni los animales ni yo. A la mañana siguiente y en un momento de lucidez, me di cuenta de mi verdad. Regresé a la tienda para devolver al perico a pesar de la decepción profunda que le causé al dueño quien me miraba incrédulo. Ahora entiendo que mi fantasía de un mundo cálido y armónico tendrá que ser vivida de otra manera. Tal vez escribiendo un libro.

P. Rivera.

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2 thoughts

  1. Te felicito por tu sentido de responsabilidad y regresar al Perico, Personalmente me parece trágico que un Ave, la que sea, este ENJAULADA, nacieron para VOLAR LIBREMENTE…el EGOÍSMO humano no tiene límites es una abominación enjaular a los Animales!!!

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