Crónica 13

Páginas México Canadienses, crónicas de un viaje que se ha vuelto vida.

Crónica 13

 

Semana Santa en Toronto, Viernes Santo. Como cada año, si estoy aquí en estas fechas voy a la procesión de la Pasión de Cristo organizada y fundada por la comunidad italiana desde hace 54 años. La caravana sale desde la Iglesia de San Francisco de Asís que está en la calle de Grace, se dirige hacia el norte hasta la calle Dundas, gira al oeste hasta toparse con Montrose donde se desvía al sur, llega a la calle de College, dobla al este hasta topar con Manning, va de nuevo hacia el norte hasta Dundas donde vuelve al oeste hasta encontrar otra vez Grace, gira al sur y terminar en la misma iglesia, es decir, la ruta es una vuelta a la cuadra.

La procesión supuestamente cuenta los catorce momentos, o quince si se cuenta la resurrección, del via crucis de Jesús, aunque este año parece que la historia se ha reducido a seis momentos: cinco representados por actores disfrazados de Jesús, y uno más, la resurrección, representado por una imagen. No es precisamente una peregrinación que me impacte o me mueva, pues mi punto de comparación es siempre la celebración que se lleva a cabo en Taxco, Guerrero, lugar al que fui cada año durante mi niñez y adolescencia, pues mi abuela paterna vivía ahí, en la calle de la Veracruz para ser más precisos y eran esas fechas una ocasión obligada para visitarla.

La procesión de Toronto siempre me ha parecido un poco risible pues no parece que haya seriedad por parte de los participantes. No hay coherencia en los disfraces, ni parece haber una razón importante para ser honrado con el papel de Jesús. Cada año desfilan distintos personajes cuya actitud parece ser de pena ajena más que de orgullo. Este año el primer Jesús que desfila, el que entra a Jerusalén en el Domingo de Ramos, tiene el pelo rubio y aceitoso, le llega hasta la cintura y porta una barba negra tupida espantosa, es difícil saber cuál es la parte disfrazada, si el cabello o las barbas. El hombre no deja de sacarse cosas de la boca con los dedos, como si tuviera un regimiento de cabellos atacándolo; mi acompañante lo bautiza como el Cristo gato, pues efectivamente se lame como felino acicalador. Otro Jesús, el encadenado y latigado por los romanos, no deja de hacer bromas con sus verdugos, los cuales se ríen a pierna suelta, en un momento se les acerca un señor que parece miembro de los Blues Brothers a informarles cuando deben comenzar la escenificación de los latigazos. El hombre de negro habla con una especie de radio comunicador mientras Jesús y verdugos se abrazan en círculo como si estuvieran en un juego de futbol americano. Otro Jesús es tan gordo que camina con dificultad y tiene que parar cada cinco pasos para recobrar el aire. Asimismo las doncellas que lo acompañan, tapadas con manteles de color pastel, de la nada comienzan a pelearse: “esta es la  última vez que me hablas así” —le dice una mujer en verde pistache a otra chica mucho más joven en rosa claro, quién abre la boca en señal de shock. Otra señora en café capucchino voltea hacia la joven y le dice en voz baja: “No te preocupes, está loca”. Al principio pensé que era parte de la dramatización de la historia, pero no, era en verdad un pleito entre egos femeninos. El Jesús que más me impresiona es el que antecede a la imagen del Cristo resucitado pues porta una bata blanca con gorro, tipo boxeador, lentes oscuros y tenis; camina con tal fiaca que se ve, viene directamente del bar. El único Jesús serio y que por cierto es el único que repite su papel año con año, es el que carga la cruz, pues a pesar de su maquillaje ridículo, sus tenis Nike y su ropa térmica, efectivamente soporta una madera pesada y puede verse en su actitud que esta labor significa una honesta y verdadera acción de honor.

Mis experiencias en Taxco siempre fueron muy distintas. Mi padre con su infatigable entusiasmo curioso nos llevaba a toda la familia a ver a los flagelados y a los crucificados con rollos de espinas. Nuestro via crucis familiar empezaba el jueves a las once de la noche pues era la procesión más cruel y tétrica y hasta la fecha la que recuerdo como más significativa. El viernes continuábamos viendo desde la calle, pero a veces se nos permitía observar desde el balcón del entonces Bar Paco, ahora Acerto, donde los adultos bebían cerveza y tequila, mientras los niños tomábamos coca cola con helado de limón.

El sábado era obligatorio ir a la Parroquia de la Veracruz a ver la representación de los romanos arrepentidos por haber condenado a Jesús. Mi abuela vivía exactamente al lado de la Parroquia, por lo que recuerdo que cada Sábado de Gloria nos reuníamos en la cocina con la ansiada espera de escuchar la música que los romanos tocaban al bajar por la empinadísima calle de la Veracruz. Aunque estuviéramos con medio bocado de huevo en la boca, en cuanto oíamos las flautas, salíamos corriendo a la calle para seguir a la comitiva disfrazada con túnicas cortas y sandalias. Veíamos siempre la ceremonia que concluía con naranjas y un desayuno al cual, obviamente, los espectadores nunca fuimos invitados. El sábado continuaba para mí con un aire alegre.

La procesión que me parecía menos favorita era la del Domingo de Resurrección pues, aunque era la menos sangrienta y la más corta, anunciaba el regreso a la Ciudad de México después de una comilona con barbacoa de chivo comprada en el mercado. Siempre ha sido muy difícil decir adiós y esos domingos implicaban despedirme de mi abuela y de las vacaciones. Mis padres ya sabían que inevitablemente habría que parar a mitad de la carretera para que yo pudiera expulsar toda la barbacoa y las emociones que una vez más habían mostrado ser excesivas para mi sensible ser. Ahora recuerdo con mucha nostalgia esos años y aunque me gustaría no ser una snob en cuanto a estas celebraciones torontonianas, es difícil, pues viví de manera muy intensa lo negro de las túnicas, el rojo de la sangre de los penitentes y el humo del incienso quemado en esas celebraciones taxqueñas; además, en ese entonces, formaba parte de una familia que seguía en unión.

P.Rivera

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