Crónica 10

Páginas México Canadienses, crónicas de un viaje que se ha vuelto vida.

Crónica 10

Nunca tuve educación formal para ser actriz. No fui a ningún programa universitario donde aprendiera sobre teatro, literatura, historia. Me formé, podría muy cursimente decir, en la vida. Mis estudios de actuación siempre fueron en escuelas medio improvisadas, independientes, canadienses y mayormente enfocadas en lo práctico. Donde estuve nunca hubo la energía de culto prolongada que sé, existe en otros espacios donde los jóvenes pasan meses encerrados, los unos con los otros, explorando sus vidas y emociones, revolviendo un poco los mundos del arte y de la sanación, inventando una especie de espiritualidad confundida. Sí tuve, por supuesto, un quebrantamiento emocional que me obligó a observar de manera más enfocada mis reacciones ante la vida que hasta ese momento se me presentaba, y también experimenté un sentir de empatía con mis compañeros actores, enamoramientos absurdos y obsesiones insanas, o sea, lo normal que le sucede a un estudiante de actuación.

Cuando pasaba por esos momentos de revisión de historia familiar, de enojos y amarguras enterrados en lo más profundo, de tristezas y alegrías, de hábitos patológicos de comportamiento para sobrevivir a la niñez, estaba sola, incluso en el idioma.

Recuerdo muy bien que cuando fue mi turno en el ejercicio de los jueces, el cual consistía en construir un mundo con sillas vacías alrededor de uno, simbolizando cada una de las personas que en nuestra historia nos hubieran afectado profundamente, fui obligada a expresarme en inglés. Mi reacción inmediata fue de protesta, le recordé a la maestra que mis vivencias hasta ahora habían sido en español, que cómo podría expresar honestamente emociones tan primarias utilizando a la vez el intelecto para traducir lo que me estaba ocurriendo. La maestra opinó que sería injusto para todos los demás actores y para ella no entender lo que yo decía. Hasta el día de hoy tengo la duda sobre quién tenía la razón, si ella, por querer reiterarme que estaba en un país extranjero, o yo, quien en ese momento me sentía prematuramente obligada a comprometer mi naturaleza por un ejercicio formativo. ¿Qué hubiera importado que ella entendiera o no las palabras cuando era obvio que entendería las lágrimas, el enrojecimiento del rostro, la risa o la incapacidad de emitir sonidos?

Todos estos recuerdos relacionados con la supuesta figura de autoridad y guía artística con la que me topé en mis años de formación, me vinieron a la mente gracias a una aventura teatral a la cual fui invitada por Nigella y Vincenza. Una amiga de ellas actuaba y creaba un monólogo como trabajo de fin de año de un curso de actuación impartido por la compañía llamada The Watah Theatre. Nos encontramos en el centro comercial y cultural llamado Distillery District, donde también se encuentra la sede de la compañía. Este “distrito” es una especie de Plaza Loreto o Cuicuilco, pues también fue antiguamente una fábrica, pero no sólo con tiendas de ropa y restaurantes, sino también con sedes de compañías independientes de teatro y danza. El edificio que alberga a la compañía es un lugar mezcla de kínder abandonado, salón de eventos de la Iglesia Unida, condominios de lujo y clínica del doctor Simi. En la tercera planta, en uno de los varios salones con pisos de linóleo blanco, se encontraba la compañía. La entrada era por una puerta estrecha y al lado había un escritorio donde una chica joven revisaba la lista de asistentes. Al entrar al salón me di cuenta que nadie traía zapatos, me entró un pánico terrible, no tanto por que tuvieran hoyos mis calcetines, sino porque odio la costumbre canadiense de quitarse los zapatos, me da frío y me parece muy antiglamouroso. Afortunadamente no era obligatorio hacerlo y, al haber corroborado nuestros nombres, fuimos invitadas a pasar a una especie de salita de espera semicircular con sillas de madera que daban hacia un mural y hacia un tapete negro circular de piel de vaca, donde había dos cuencos de porcelana y una botella de plástico con Ron Bacardí blanco. Allí también se vendían sales para tina con aceites orgánicos, barras veganas, calcetines de lana bordados a mano y demás cosas que se contradecían en ideologías.

Después de una hora de espera finalmente se proyectó un video donde conocimos a la fundadora de la compañía, quien una y otra y otra vez, recitó, cantó, bailó y explicó que su compañía era un lugar de desarrollo actoral para gente que se auto identificaba como de origen negro, que todo lo que hacían estaba basado en vivencias personales convertidas en arquetipos y que su misión era también la de formar maestros que propagaran su método. Daba la impresión de que ella era la única integrante de la compañía. La misma mujer, ahora en persona, nos dio la bienvenida, volvió a explicar todo lo que acabábamos de ver y nos avisó que habría que hacer una ceremonia ritual antes de trasladarse al foro para ver el monólogo. Mientras ella, hincada en la alfombra circular vaciaba el agua de un cuenco en otro, debíamos invocar a nuestros muertos y decir sus nombres en voz alta pero sin interrumpirnos unos a otros. Milagrosamente incluso yo participé. Una vez vaciado el cuenco, la mujer salpicó con ron el tapete y nos comunicó que estábamos listos para vivir el bio-monólogo. Nos mudó a un foro pequeño donde la única que rio a carcajadas, comentó en voz alta y lloró con el monólogo, fue ella, los demás miembros del público requerimos de más tiempo para reaccionar ante lo que se nos presentaba. Salimos de ahí fumigadas, o cuando menos yo. La mente me giraba con miles de  preguntas y pensamientos sobre lo que son las escuelas de teatro, sobre el ego disfrazado de altruismo de sus fundadores, sobre la obvia e indiscutible elección de usar la propia experiencia de vida como inspiración y origen de la creación artística, sobre la mezcla excesiva que hay en el arte con otros temas como la sanación, la psicología, la superstición, el desarrollo espiritual y, por último, sobre esta especificidad de razas, credos e idiomas que quizá sea la verdadera esencia del teatro.

P. Rivera

CRONICA 10

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