Crónica 9

Páginas México Canadienses, crónicas de un viaje que se ha vuelto vida.

Crónica 9

La chica nos sirve el café expresso americano que ordenamos, son las 10 de la mañana del sábado, el lugar está bastante concurrido para ser un día tan frío. El look —crudo-no me he bañado hace cuatro días y qué— de la joven mesera no es algo extraño de ver en el mundo de los restaurantes hipsters torontonianos, que en realidad son casi todos, pues no hace mucho que esta ciudad ha explotado como una de las mecas de comida indigerible y étnica. El café de Nigella llega, no en la taza sino en el platito, es decir, todo el líquido negro se ha derramado, la chica se ríe y nos dice: wow!, your coffee didn’t make it (¡Guau!, tu café no la hizo). Y así sin más, se da la media vuelta y se va. Me quedo anonadada, pensativa, incluso amargada. No sólo existe la expectativa de pagar por un café de cinco dólares cuyo líquido no está dentro de la taza, sino que también estaremos obligadas socialmente a dar una propina del 15% por un servicio que no fue capaz, ya no digamos de traer otro café con café dentro de la taza, sino de traer una servilleta o mínimo de disculparse o bañarse. A Nigella no parece molestarle tanto como a mí el evento, usa su única servilleta, la que envuelve sus cubiertos, para limpiar el litro de café derramado y sin más se toma los 20 mililitros que le quedan. Ella sigue en total relajación después del día en el balneario de aguas curativas que tuvimos ayer.

Minutos después la misma chica nos trae el desayuno: para Nigella unos huevos Benedictine; para mí lo mismo, pero con salmón. La calidad de los alimentos es buena aunque esté todo aventado en el plato, estilo escamocha, como diría mi abuelo. Recuerdo que es por el sabor de la comida que sugerí el lugar. Easy Restaurant se llama, en honor a la película Easy Rider de 1969 con Peter Fonda y Denis Hopper; sirve desayunos todo el día por lo que sólo abre de 8 a.m. a 6 p.m. y el servicio, bueno pues el servicio en mi opinión refleja la naturaleza socialista de Canadá, es decir, el comensal no sólo sobre paga, sino que está a cargo de la propia limpieza de su mesa y de apoyar moralmente a la servidora, quien no disimula en lo más mínimo las lagañas y los nudos en el cabello que porta orgullosamente como prueba de su noche de juerga.

Nigella y yo hemos vuelto a reunirnos hoy a pesar de haber pasado todo el día de ayer juntas. Parece ser que en realidad nos hace falta platicar después de tanto tiempo de no vernos. Pero yo no me siento muy hablantina, a diferencia de ayer, cuando nadie podía callarme, de hecho reconozco que salvo la excepción ya mencionada, llevo días medio apachurrada. El clima

de esta ciudad no ayuda, a pesar de que todos los torontonianos me comentan que ha sido un invierno tierno, la oscuridad y el frío húmedo me paralizan. Pienso si en realidad no habré sido así toda mi vida y trato de recordarme en mi adolescencia en la soleada CDMX. ¿Alguna vez te ha aburrido tu eterna tristeza?, me pregunta Nigella con la boca repleta de huevo pochado cubierto en salsa holandesa. Sí, le digo, mucho, muchas veces. Lo bueno es que también tienes mucha alegría, me dice. Pues sí, le respondo, es cierto.

Envidio a veces el sentido de pertenencia de Nigella, envidio su ánimo repleto de éxtasis por caminar a través de las calles nevadas de la ciudad, su carácter puramente canadiense que a mi parecer se refleja en esa valentía para enfrentar los elementos y trabajar con ellos y a pesar de ellos. Para ella entre más frío y ventoso sea el día, más sentido de triunfo invade su ser. Entre más nieve haya que quitar de la entrada de su casa, mucho mejor. Recuerdo un día que emocionadísima me mostró una de las faldas más horrendas que he visto en mi vida, era literalmente un sleeping bag negro cuya función era envolver la parte baja del cuerpo y protegerlo del frío. Para Nigella, sin embargo, era éste un artículo al último grito de la moda que a su vez era funcional, la combinación perfecta. También admiro su capacidad para comprar ropa usada. En Canadá hay muchísimas tiendas de ropa usada y hay toda una cultura alrededor de esta actividad, a diferencia de la CDMX, donde la proliferación de estas tiendas parece ser consecuencia de la llegada del hipsterismo, pues francamente, la mayoría de nosotros los mexicanos con capacidad económica media, no tenemos la cultura de lo usado ajeno, hasta lo vemos con malos ojos. En la filosofía de Nigella, sin embargo, para lo único que vale gastar una buena cantidad de dinero es para zapatos, educación y comida, y esta última sólo a veces. Nigella está llena de filosofías que no están a discusión y esto también a veces lo envidio, su absoluta falta de duda ante lo decidido, pero esto nada tiene que ver con ser canadiense o no, es sólo su manera de ser.

La mesera, postrada detrás de la barra que está a unos cuantos centímetros de nuestra mesa, grita entusiásticamente que si nos interesa otro café. Nigella le responde que sí, el intercambio rompe la distracción de mis pensamientos, también le digo que sí. Nigella ha pulido su plato, se ve que le ha gustado el desayuno. —No has comido nada, me dice; con su tenedor ataca las papas fritas con romero que acompañan mi desayuno. La mesera llega con los cafés, esta vez con todo el líquido dentro de la taza. Miro a Nigella, siento que mis ojos se humedecen con luz y alegría, me invade un sentir enorme de cariño por ella, de ternura. Decido

despabilarme, después de todo la vida es un proceso y, por fortuna, en él estamos las dos. A los pocos segundos, con el café apenas servido y sin haber pedido la cuenta, la chica nos la avienta: no rush (sin prisa, cuando estén listas), nos dice. Creo que no lo estaremos por un buen rato, de eso me encargaré yo.

P. Rivera

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