Crónica 8

Páginas México Canadienses, crónicas de un viaje que se ha vuelto vida.

Crónica 8

 

Es viernes y hago una cita con Nigella, mi mejor amiga, después de no vernos desde hace tres meses, pues ella se encontraba en Montreal y yo en la Ciudad de México. Ella nació en Montreal y es de ascendencia italiana, irlandesa y francesa —pura pasión—; vivió ahí casi toda su vida hasta que se fue a Nueva York a estudiar actuación. Cuando volvió a Canadá decidió radicar en Toronto pues es una ciudad con más oportunidades que Montreal. La conocí hace casi diez años y fue ella quien me ofreció ayuda y amistad cuando recién me instalé en Toronto. Recuerdo muy bien los nervios que sentí cuando la llamé a su celular por primera vez y me sugirió que, en lugar de quedar para un café, quedáramos para ir al gimnasio, específicamente al YMCA. En ese entonces Nigella también acababa de llegar a Toronto y las dos traíamos ciertos kilitos de más que eran una combinación de edad y estrés por empezar una vida en una nueva ciudad. En nuestro primer encuentro decidimos hacer dieta y ejercitarnos juntas para que después de unos meses pudiéramos ver los resultados. Así fue como empezó nuestra amistad, con un propósito positivo en común.

Al pasar el tiempo logramos bajar de peso y para celebrar, nuestra rutina se convirtió en que cada viernes, después de ir al YMCA, nos íbamos caminando al café Gatto Nero, lugar emblemático situado en la esquina de las calles College y Crawford, cuyo dueño, Carmen, es toda una institución. Allí tomábamos un capuccino acompañado de un croissant relleno de pasta de almendra. Esa rutina concluyó a las pocas semanas cuando notamos que las lonjas volvían a pasos apresurados.

Como con todas las relaciones humanas, al principio nuestra amistad no era muy cómoda, pues nos estábamos conociendo y las dos, siendo actrices, teníamos cierta timidez en admitir nuestros verdaderos apetitos por la vida, en específico por la comida, en el caso de Nigella por el pan y las galletas de mantequilla y, en mi caso, por las papas fritas y el vino tinto. Los primeros meses competíamos la una con la otra por demostrarnos que éramos verdaderamente disciplinadas ya que teníamos la idea de que ser actriz significaba sufrir, vivir a dieta y quejarnos mucho. Curiosamente una vez que las dos enflacamos dejamos de tener un propósito en común, pero nuestra amistad se fue y se ha ido profundizando y relajando. Ahora ya son tantos los años y hemos compartido tantos aprendizajes, desilusiones, cambios y alegrías que casi nos hemos convertido en hermanas.

Hoy nos vemos en Body Blitz, uno de los lugares preferidos de Nigella. A mí me gusta pero no tanto como a ella. Es un balneario techado, exclusivo para mujeres donde hay un circuito de aguas curativas que incluye un cuarto de vapor y otro de sauna. Siempre está hasta el gorro y hoy más por ser viernes. Creo que es precisamente tanta energía femenina la que me cuesta trabajo en este lugar, pues el usar traje de baño es opcional y la mayoría escoge no hacerlo, por lo que estamos obligadas a observar las formas más extrañas y no siempre las más bellas. Al ser un espacio de relajación y curación, está muy mal visto que las mujeres cuchicheen y platiquen y, por supuesto, esa es la razón por la cual yo voy con Nigella, para chismosear. Ya en varias ocasiones alguna de esas mujeres encueradas me ha recordado que no se debe hablar en áreas como el sauna y, como si fuera yo un animal mexicano recién llegado a tierras canadienses, esas mujeres siempre optan por indicarme con su dedo índice que mire la señalización colgada en la pared que ilustra una boca tapada por un dedo diciendo shhhhh. Cuando me ocurre esto me siento terriblemente ofendida e inmediatamente en mi mente no hay más que palabras groseras que hacen referencia a la flacidez, blancura y amargura de esas mujeres de primer mundo que se han atrevido a callarme.

En fin, el problema es que no aprendo y cada vez que estoy en estos lugares de silencio me vienen a la mente los mejores chismes o chistes, o recuerdo algo importantísimo que contar y pues lo hago y pues me callan.

La dinámica del lugar es como sigue: al llegar se paga en recepción, te preguntan si quieres un té o un licuado y a qué hora quieres que te lo lleven. Los tés tienen nombres como Revitalizador, Energizador, Balanceador. Los licuados son auténticas bombas alimenticias que a mí me dejan en mal estado. Una vez pedí uno que tenía plátano, leche de soya y otros ingredientes más que me ocasionaron, después de tomarlo y al entrar en las aguas calientes, que mi estómago dejara de funcionar y se me formara una bola de gas en el colón que me tomó dos días desinflar. Una vez que se decide por el té o licuado, te dan una llave para un locker personal y finalmente se entra al templo de las aguas curativas. La primera parada es el vestidor, donde está el locker asignado, dentro del cual hay dos toallas, una bata y unas sandalias de plástico. Una se pone el traje de baño o sólo la bata, orina y se da un regaderazo antes de entrar a la alberca más grande, que es la de las sales de Epson. Después de quince minutos, se hace el cambio hacia el cuarto de vapor con aroma a eucalipto. Aquí es donde está estrictamente prohibido hacer cualquier ruido; pero de verdad que es imposible no reír a causa de los ruidos

ocurridos cada vez que alguien se sienta en las bancas húmedas del cuarto, pues al hacer contacto nuestros traseros con la superficie mojada se producen efectos gaseosos que obligan a una a convertirse en la niña de seis años que se carcajea con los chistes de flatulencias.

Terminada la tortura del silencio en el cuarto de eucalipto y gases, una debe darse otro regaderazo y meterse rápidamente a la alberca de agua helada. Aquí sí se te quitan las ganas de hablar. Al salir como paleta congelada, el ritual requiere de diez minutos de descanso donde una se sienta en unas sillas tipo playa; es también el momento adecuado de tomarse el té o el licuado. Después del descanso sigue el cuarto de sauna, otro claustro de silencio donde no hay nada obvio que la haga a una reírse.

Después del sauna otro regaderazo, otro brinco a la alberca de agua helada, otro descanso y para terminar se mete una a la alberca de té verde que está a temperatura de pelar pollos; de ahí otro chapuzón al agua helada y se ha terminado el circuito curativo. Hay regaderas grandes, secadoras de pelo, cuarto de maquillaje, todo lo necesario para salir de ahí relajada, limpia y muy educada…

Continuará…

P. Rivera

 

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One thought

  1. Tanto silencio obligado para una mexicana, ciertamente nos obliga a rebelarnos……no te culpo en lo absoluto!!Sin duda los «primeros mundos» inventan muchas «reglas para orinar». La portada-collage de la crónica es hermosa!! Gracias paula y P.P. !!

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